Antonio Manilla: El lugar en mí | por Juan Carlos Abril

La búsqueda de la sencillez de aquel mundo, ya irremediablemente ido, posee un vocabulario especialmente interesante, por ejemplo en los «filandones», que eran reuniones invernales y nocturnas en las que las mujeres hilaban y los hombres hacían trabajos manuales, y donde se contaban historias; las «sebes», que son cercados de estacas altas entretejidas con ramas largas; el «tendejón», especie de choza o chamizo, y otras que podríamos entresacar aquí, vocabulario rural que ayuda a crear ese clima de otro tiempo, esa atmósfera aludida y que tan bien maneja Antonio Manilla¹ para pellizcarnos, con habilidad lírica e inteligencia emocional.

por Juan Carlos Abril

La poesía de Antonio Manilla (León, 1967) presenta desde sus inicios con Una clara conciencia, allá por 1997, una serie de características que de una manera u otra, y con variaciones y evoluciones internas, se siguen apreciando en El lugar en mí.

Construido con la estructura de las cuatro estaciones, más un extenso poema prólogo titulado «En un jardín plagado de quimeras» (pp. 17-21) y un poema epílogo, «Alegrías perdidas» (pp. 109-110), el poeta ha preferido comenzar en la plenitud del «I. Verano» para acabar de manera ascendente, «En la estación creciente» (pp. 93-94) en la «IV. Primavera». Cada estación conlleva una simbología que se va expandiendo en cada poema. «Todavía algún gato confundido / trepa hasta allí cuando sale de caza / siguiendo el husmo de un espectro, igual /que yo al mirarlo y darle cualidades, / aun sin querer, de símbolo.» (pp. 73-74, de «Nido vacío»). O refiriéndose a los «Vilanos» (p. 95): «Suspensos en el aire, / son los símbolos // de una melancolía / no deshecha.» (ibíd.). Si desde la retórica clasicista —y de eso sabe mucho, y bien aprendida, Antonio Manilla— se hablaba de que la naturaleza imita al arte, a partir de las vanguardias históricas se invierten esos términos, y es el arte el que imita la naturaleza. Aunque no nos engañemos, porque aquí se presenta sin estridencias. El lugar en mí nos habla desde un verso sereno —no exento de «Tormenta», pp. 99-100, esa «tempestad serena» garcilasiana— y a la vez de estirpe apasionada, de una identidad que busca referencias a las que asirse, cuando el tiempo ha comenzado a hacer de las suyas. Quizás el otoño sea ese momento de nostalgia y melancolía de por sí, en el que todo se cuestiona: «A veces siento / orgullo de nosotros, / felices e inconscientes, / jóvenes y felices, / si nos recuerdo. // Aquel rayo que fuimos / iluminó un instante / la vida entera.» (pp. 63-64, de «Fulgor»). En esa relación del lugar respecto al yo se podría resumir esa indagación del sujeto poético en unas raíces identitarias, en ese cronotopo que alude a un tiempo y a un lugar determinado, líricamente evocado. Antonio Manilla sabe bien, desde la elegancia, tocarnos desde la complejidad de los sentimientos, volviéndolos legibles. Y esa esa una virtud extensible a toda su poesía…

En El lugar en mí no solo se ha ido la juventud, y la poesía queda como testimonio para cantar esa pérdida, sino también algunos seres queridos, como el padre («Juro que estaba alegre», p. 57), y algunos «Amigos» (p. 37), que se sentaron o se sentarán «alrededor del fuego» (ibíd.) en celebración estival. Ahora no están —por las razones que sea— y, lo peor, no se les espera. Se trata del autor a solas, o mejor dicho, de la soledad del poeta —personificada— y del poeta mismo, que dialogan en un momento de verdad bajo la luz de luna y beben vino para olvidar las penas, en el recuerdo de los desaparecidos. Son los mismos amigos y las mismas situaciones que se repiten en el poema epílogo, en el mismo verso «alrededor del fuego» (p. 110), último del poemario, y envuelto en la nostalgia. «De todo aquello, ahora, nada queda / en pie: tan solo esta nostalgia que, / al cabo, es otra forma de derrota: / la pálida memoria / de un tiempo ido.» (ibíd.). Ese tiempo ido hace referencia a un mundo fundamentalmente rural, y que podría enclavarse, como lugar simbólico, en el territorio de los Argüellos (p. 99), una comarca histórica y de las más tradicionales de León, en el norte, limitando con Asturias, producto de la unión de los valles donde nacen los ríos Torío (véase «Paseo junto al Torío», pp. 59-60), Bernesga, y Curueño. «Estamos en el río y amanece, / alzan su vuelo tímido / los primeros cristales que arranca el sol al agua.» (p. 29, de «Mundo revelado», cuando «todo se torna vínculo», p. 31). Mundo revelado y de nuevo interpretado. El poeta busca con sus palabras «acuerdo entre contrarios equilibrios» (ibíd.). No en vano se recorren varios lugares de la zona leonesa, y el poeta entona una suerte de evocación con algunos tintes costumbristas —engastado en una sólida vocación romántica, tardorromántica, posromántica o podríamos decir neorromántica, como esos «viajeros perdidos en la noche» (p. 46) del estremecedor poema «Fanal» (pp. 45-46)— no exenta de cromatismo y claroscuros, a lo Pequeño mundo antiguo, la novela de Antonio Fogazzaro y, por supuesto, «sin espejismos metafísicos» (p. 25, de «Regato»).

La búsqueda de la sencillez de aquel mundo, ya irremediablemente ido, posee un vocabulario especialmente interesante, por ejemplo en los «filandones» (p. 19), que eran reuniones invernales y nocturnas en las que las mujeres hilaban y los hombres hacían trabajos manuales, y donde se contaban historias; las «sebes» (p. 43), que son cercados de estacas altas entretejidas con ramas largas; el «tendejón» (p. 77), especie de choza o chamizo, y otras que podríamos entresacar aquí, vocabulario rural que ayuda a crear ese clima de otro tiempo, esa atmósfera aludida y que tan bien maneja Antonio Manilla para pellizcarnos, con habilidad lírica e inteligencia emocional. No hay que dejar de destacar las composiciones levemente arromanzadas, como «Emily sueña con alas» (pp. 87-88) y las estructuras cancioneriles, con maestría conseguidas, como en «Palabras de ventisca» (pp. 83-84), donde se repite el sutil estribillo «Lo que silba es el viento», o «Grajillas y cuervos (San Martín del Camino)» (p. 91), que abundan en ese universo campesino, acercándose a él a través de la oralidad.

El lugar en mí es un poemario para leer y disfrutar, para paladear y degustar. Antonio Manilla es uno de los poetas más importantes de su generación, y su amplia trayectoria, jalonada por la solidez, así lo demuestra.


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¹Antonio Manilla (León, España, 1967) ha publicado ocho libros de poesía y obtenido premios como el Francisco Valdés de Periodismo y el Emilio Prados, Ciudad de Salamanca y Generación del 27 de poesía, así como disfrutado la Beca Valle Inclán de literatura que concede el Ministerio de Asuntos Exteriores en la Academia de España en Roma. Autor de la biografía oficial sobre el magnate hispano-mexicano Antonino Fernández y del ensayo Ciberadaptados, también ha realizado incursiones en la literatura infantil y juvenil con los títulos Mi primer libro del Real Madrid e Historia del Real Madrid para jóvenes. Actualmente es coordinador de poesía en la revista digital Epicuro y en 2020 publica una serie de doce biografías titulada Mentes maravillosas. Con su primera novela, Todos hablan (en prensa), obtuvo el XIII Premio de Novela Corta Encina de Plata.

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Manilla, Antonio (2015). El lugar en mí, Madrid: Reino de Cordelia. XVIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca, 110 pp. | Buenos Aires Poetry, 2020.