Un viejo pozo y otros poemas | Kim Sa-in

Kim Sa-in (Boeun, Chungcheong del Norte, 1955) es un destacado poeta, crítico literario y profesor de escritura creativa de Corea del Sur. Estudió literatura coreana en la Universidad Nacional de Seúl. A principios de la década de 1980, por su oposición a la dictadura militar, estuvo varios años preso. Entonces comenzó a escribir poesía y, al ser liberado, cofundó la importante revista Poesía y Economía. Entre sus poemarios, comprometidos tanto con la sociedad como con la poesía, se destacan Cartas nocturnas (1987), Gustar en silencio (2006) y Junto al burro joven (2015). Ha publicado además libros de crítica y de ensayo, como Una lectura profunda de las novelas del parque Sang-Ryung (2001), Un tazón de arroz caliente (2006) y Sentir la poesía (2013). Ha sido profesor de escritura creativa en la Universidad de Mujeres de Dongduk y la Universidad Nacional de Seúl. Fue profesor visitante en el Instituto Coreano de la Universidad de Harvard y participó en el Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. En la actualidad dirige el Instituto de Traducción de Literatura de Corea. La presente traducción se hizo a partir de la previa al inglés de Brother Anthony of Taizé y Susan Hwang, Liking in Silence (Buffalo, New York: White Pine Press, 2006).

Nadie sabe

¿A dónde fueron mis viejas tierras?
¿Y el jardín, esos caminos, húmedos incluso a la luz solar?
¿Y mis viejos arroyos, con su gravilla horneada por el sol?
¿A dónde fue mi vieja colina, con el fuego fatuo que llegaba con la noche?
¿Los mayores del barrio, dignos hasta con camiseta y pijama? ¿Mis hermanas, con su
………….risa floral?
¿Mis hambres? ¿El olor cortante de las berenjenas verdes?
Mi madre joven entonces con sus abundantes penas,
mis hermanos con sus pantorrillas duras, ¿dónde se dispersaron?
¿Mis viejos jacks y bolitas, la escoba que me dio golpes en la espalda, los antebrazos
poderosos de mi padre, la chica presumida de la casa de al lado?
¿A dónde fueron las viejas tumbas, las pálidas pulsatillas y los cortes de barro con que
………….antes jugaba?
¿Y los viejos atardeceres de primavera? ¿Las colas de zorro que crecían bajo los enormes
………….álamos, las pequeñas chimeneas, el humo lánguido y crepuscular?
¿Y mi cuarto, estrecho y oscuro? Mi abuelo oscuro, su tos oscura, y los baúles oscuros
………….de mimbre, ¿dónde se dispersaron?
¿A dónde fue el viejo yo? ¿Por qué calles vagaba, disperso, un niño con los pies negros
………….churre saliendo de unas botas de goma?

La profundidad de un paisaje

Sopla el viento, las hojitas
de hierba tiemblan y se conmueven,
pero nadie les presta atención.

Con el temblor solitario, un instante
en la vida de esas cosas tiernas, un atardecer
en el universo por fin se desdibuja con la noche.
Entre esta orilla y la otra del temblor,
entre el primer instante y el último, está la quietud
infinitamente vieja del pasado, o quizá una quietud joven
que pertenece al porvenir,
levemente manchada, apenas visible
bajo la luz del sol primaveral de esa quietud lánguida.
Anhelo dormirme cien o dos cientos años,
o tres meses y diez días por lo menos.
Y junto a mi infinito, a mis tres meses o diez días,
puede ser que pasen sin hacerme caso
mariposas o abejas, insectos sin nada de qué jactarse,
como en un sueño.

Creo que reconoceré un olor conocido que llevan las antenas
o las alas o las patas de esas pequeñas criaturas;
es tu mirada, más profunda aún en alguna otra vida.

Mariposa

Una mariposa se acerca
― ¿qué es lo que lleva en el dorso?
No sé; ¿un fragmento de las sombras sigilosas del mediodía
menguante en un rincón del patio, un rincón de la casa desierta?
¿Puede ser el llanto de un niño abandonado,
quien babea el arroz y la sopa de kimchi que comió?
¿Puede ser un llanto como capas de mugre que gotean,
acumulándose en la barbilla, en el dobladillo?
Lleva en el dorso un mediodía que nadie cuida, penetra
la soledad mientras vuela. ¿Hasta qué punto
en la tierra llegarás, mariposa?

Había días en que tenía ganas
de arrodillarme silencioso ante ella.

Acacia

¿La fragancia viene de una estrella lejana?
¿Había días en que, claro, dábamos vueltas
como dos animales mansos en torno a esa estrella?
No recuerdo,
Acacia.

¡Expresión vacía!
Las venas azules en el reverso de tus manos,
hermana pequeña en el pueblo que dejé atrás.

Gunha-ri en invierno

Cruzan caminos cenicientos
entre casas abandonadas.
Árboles se yerguen junto a los caminos
como escobas que nadie usa.
Bajo los muros descuidados
los cubos rojos de la pasta de chile Sunchang,
las bolsas negras de plástico y los trozos de poliespuma
yacen medio enterrados en el polvo.
A un lado del muro, abre una puerta sin guarda
un viejo jorobado, vestido con un abrigo de piel.
Lentamente va a alguna parte.
Un perro desamparado se balancea detrás de él.
De súbito se abre la puerta del carnicero junto a la barbería;
alguien tira agua a la calle, cierra la puerta.

Entonces se levanta la puerta de lona pálida como el polvo
y un joven soldado de verde oliva con un paquete
de cinco ramen en la mano y una sonrisa brillante
atraviesa la encrucijada.

Deshielo

Más allá del Paso del Venado y del Monte Simhak
está el Embarcadero de Jogang.

Entre los muelles desnudos que se enfrentan
al invierno la nieva cae
en astillas blancas de hielo

y posados sobre ellos, las cabezas
orgullosamente en alto como Jeon Bong-jun,

a matar o morir
a matar o morir, una bandada
de ánades reales flota río abajo.

Tres días después del velorio

Dos raciones de frijoles negros se fríen en un sartén.
Después que se cocinan y se sirven,
el padre de ochenta años, su hijo menor, y su nieta se sientan,
comen los frijoles.

Mamá se ha ido,
vienen las lluvias del verano,
pero nadie se preocupa por
la nueva tumba,
simplemente se saborea los frijoles.

Tres generaciones se sientan en torno a los frijoles
y con la mirada vacía ven la televisión,
la televisión que palpita, que salta.

Enterrado en el mar en Yerae

Cuando cerré los ojos, pude ver un mar blanco.
¿Estaba orgulloso tu cuerpo desnudo de tu cara roja?
¿Vas a creer que rechinaba los dientes deseándote?
¿Vas a creer que me comí las uñas, en vano, en vano?
Avergonzado de mi edad avanzada.
Con desinterés camino, mirándote con el rabillo del ojo.
¿Qué debo hacer?
Eres una muchacha, mi boca se llena del sabor de albaricoques ácidos,
mi cuerpo febril como el de un monje impuro;
¿debo decir, temblando: te deseo?
Al carajo, soy el tipo que se deshizo de su corazón.
Ante tu pureza cegadora
trago mis lágrimas furtivas como un animal herido
y mi mal solo empeora.

Un viejo pozo

Escribo que soy como una vieja araña,

un cuenco quebrado que descansa en el jardín de una casa vacía,

un sendero a la orilla del río cubierto de escarcha al amanecer,

un cuervo en una tarde en medio del invierno,

la estatua barata del Almirante Yi Sunshin en una escuela clausurada.

Soy como el viejo cenicero de un taxista en las afueras de un pueblo,

un viejo pozo que nadie visita,

y al lado una esponja descartada hace mucho.

Escribo que soy como Cheoyong, quien cierra el portón y débil se aleja.

Como el aullido de un perro que da vueltas en torno a tus pantorrillas.

Escribo que soy como el orine que uno evacúa cuando despierta solo a media noche.

No escribo en absoluto que estoy solo.

Dedicado al silencio

Atravesaste el río y te quedaste dormida;
cansada, roncas suavemente
mientras yo me apoyo en los copos de nieve
que caen en el río más allá de la ventana,
y vago, siguiendo una canción occidental sin corazón.
Por miedo de que tu sueño titubee,
vacío la última copa con cuidado,
consciente del gorjeo que hace mi garganta.
Al haberte enterrado dormida en la otra orilla del río,
aquí disfrutamos de esta paz solitaria,
no pensamos ni en esto ni en lo otro,
la niebla del amanecer
se levanta atronadora.

Traducción del inglés de Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez | Buenos Aires Poetry, 2020.