Exceso de buen tiempo | José Antonio Mesa Toré

José Antonio Mesa Toré (Málaga, 1963) es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga, en la que fue profesor durante siete años. Desde 2011 es director del Centro Cultural Generación del 27. Formó parte del equipo editor de la revista Litoral durante casi tres décadas. Fue director de la revista Puente de Plata y lo es de El Maquinista de la Generación. Así mismo, ha dirigido numerosas colecciones poéticas y publicado obras sobre Picasso, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, José María Hinojosa, Darío y Manuel Carmona o la revista Litoral. Con Jesús Aguado y Aurora Luque, publicó la antología Y habré vivido. Poesía andaluza contemporánea. Es autor de los libros de poemas El amigo imaginario (1991, Premio Internacional de Poesía Rey Juan Carlos I), Tierra calma y La alegre militancia (Antologías de su obra, 1995 y 1996), La primavera nórdica (1998, Beca de ayuda a la creación del Ministerio de Cultura) y Exceso de buen tiempo (2017, Premio Internacional de poesía Ciudad de Melilla).

VIDA EN EL AIRE

¿Dónde puse esta vez la vida? ¿Dónde
he vuelto a olvidarla? ¿En qué momento
se me fue de las manos? ¿La perdí
de vista, se escapó, me la quitaron?
No quisiera perderla para siempre
porque de tanto usarla le he cogido
cariño. Mala o buena, es mi vida
y para mí la quiero a cada instante.
Me entristece no verla, me enfurece
no dar con ella, porque fue un regalo
que me hicieron, un cálido presente
de sueños sucesivos, de trabajos
y de días, quizás de besos fríos
remontando las noches del deseo.

Y ahora la he perdido. Y me he perdido.

Puede que la dejase en otros ojos,
debajo de una lágrima, cegada
por su bendita luz; o desviviéndose
en un cuerpo más justo que este cuerpo
sin vida; en un país de nieve, muerta
de miedo, tan pequeña y miserable
bajo la alfombra sucia del destino.
Como sal en la herida, como lluvia
sobre el fuego sagrado del amor,
mi vida, ¿dónde está? ¿Dónde la puse
esta vez y por qué me he olvidado
de la dichosa vida nuevamente
si la tenía toda por delante?

ELOGIO DE LA EROSIÓN

…pero esta dedicatoria es para que la lean los demás:
éstas son palabras privadas que te dirijo en público.

T. S. Eliot
(Trad. de José María Valverde)

En la caverna a oscuras la lenta letanía de una gota
de agua ha ido horadando la aridez de la piedra
hasta hacer de ella un dócil recipiente
donde ahora florece, luminosa, la vida.

En la helada columna de alabastro
la fe del peregrino está labrando un hueco
al insistir su mano en la huella de otras manos
–como la suya trémulas ante el amor divino–,
y así ilumine acaso la penumbra del templo
y las cuencas vacías de los ojos
que aún aguardarán la hora de la Resurrección.

Aquí, sobre el pecho su cabeza dorada
tantas noches reposa, que en mi piel ya se aprecia
la angélica hendidura de sus sueños;
y por la carne toda, la nieve de sus labios
ha abierto un hondo surco de fuego inmarchitable,
una concavidad donde el tiempo se adensa.

Tantas veces su cuerpo bajo el mío,
tantas lunas desnuda sobre mí,
que el deseo ha dejado a flor de piel
marcas, señales, tactos, rozaduras
–cómplices y privadas– que ahora yo desvelo
en la luz de este impúdico poema.

Una noche, sedientos, nos bebimos el vino
rojo de la pasión y en el cuello lustral de la botella
clavamos una vela por que nuestro deseo
no conociera nunca la oscuridad del templo,
el frío en la caverna, de la muerte su hedor.

Desde entonces un solo cuerpo somos,
cera abrazada por siempre al cristal.

ESPERANDO LA ANUNCIACIÓN DEL ÁNGEL

Lc 1, 26-56

La habitación es hosca.
Acre el olor que sube de la servil moqueta:
tantos pasos perdidos, fatigados del viaje
que a ningún puerto lleva, se alojaron aquí;
en tantas ocasiones favorables reptó seguramente la lujuria
entre estas sábanas acartonadas;
tantas noches estuvo a oscuras y vacía
como nicho a la espera del descanso de un cuerpo,
que pese a poseer la llave de su puerta
va siendo muy difícil sentirse como en casa.

Duermes sin sueño, y sé que tu sueño no es plácido
porque tu sangre sueña prolongarse en el tiempo
aunque seco esté el fruto de tu vientre;
y maternal aguardas, abrazada al dolor
como una mujer más, el llanto milagroso
del ser que floreciendo en ti –fuera de ti–
dará a su madre –a ti– vida inconmensurable.
Pero el ángel no viene,
y si al amanecer entra donde nosotros
ningún mensaje trae.
…………………………………..Treinta y tres días pasan
desde que lo esperamos en esta tierra extraña,
a la orilla de un río, oyéndose a lo lejos el mar Caspio
tocar con sus nudillos las puertas del Oriente.

Sentado en el alféizar, he velado
las aguas estancadas de tu sueño
y ahuyentado los copos de nieve que caían como plumas
de fantasmales alas en tu frente.
Señor, ¿no tiene la paciencia un límite?
Noche tras noche salta al vacío mi sangre,
corre por las arterias de los gaseoductos
que a cielo abierto cruzan calles desangeladas,
viviendas de madera renegrida
por el fuego o la angustia de asomarse otro día a la existencia,
parques asilvestrados, plazas cuyas estatuas
se hundieron en el barro de la Historia,
hasta llegar al páramo donde nuestra hija duerme
arrullada tan solo por el gregario llanto de los desamparados.

Frente a las chimeneas que apuntan a la nuca de la luna,
frente al desordenado enjambre de unas lápidas
amarillas de tiempo y jaramagos,
un pobre carrusel gira sin alegría:
remolino de música y caballos temblantes junto a las escombreras.
Hasta mí llega el eco de su galope estéril.

Así la soledad gira entre estas paredes sofocantes:
matrioshka que se agranda y multiplica
en tu seno vacío
porque el ángel no viene,
porque el ángel, Señor, un día más se olvida de nosotros
en esta tierra extraña, a la orilla de un río
que llaman dulcemente Madre Volga.

PÁJAROS EN EL NIDO

(Alcaucín. Años sesenta/Mijas. 2014)

A la memoria de mi madre, Amelia;
a Amélie, mi hija

Entre la miel morena de sus piernas
acurrucaba yo mi infancia a la intemperie
y en las escalerillas encaladas
que subían al cielo de las tardes,
de la huerta cogido por su mano,
ella iba poniendo en mi boca sedienta
pulpa, gajos, amargo, dulce fuego
del amor compartido.

Las hebras de aquel sol las creí ya agostadas.
El nido, allá en la noche helada de las tejas,
para siempre vacío.
Su mano, descansando bajo tierra.

Pero incluso el olvido vuelve sobre sus pasos
y enciende antiguas sombras, las tardes que eran mosto
resbalando gozosas por la piel irisada.
Así en el alma nueva un viento tan lejano
pueda acaso esparcir viejas semillas.

Mira cómo se acerca la pequeña Amélie
y en la palma borrosa de tu mano
pone la pedrería púrpura casi negra
de una granada, el sol de una naranja,
este racimo de uvas goteante de miel,
tan amargas, tan vívidas, tan dulces.
Para que seas tú quien las lleve a su boca.

ALFILER Y MARIPOSA

Y vino primero una, y se posó muy leve en la hoja en blanco
como si recelase de aquella desnudez
o sintiera el dolor del nacimiento;
y luego, a su llamada, le siguió otra, y aun otra todavía,
y fue así hasta contarse por decenas, por miles;
y aunque se las veía salir de la mayor oscuridad,
sus alas jaspeadas signos eran de luz.
Y era que las palabras volvían a tu mano,
convocadas de nuevo –tantos años después–
sobre el papel mojado de la vida.
Y de nuevo creíste en ella y en ellas.

Al placer recobrado de escuchar el sonido de la lluvia
tras la larga sequía sofocante,
¿cuál otro se le iguala?
Está el aire más cierto, más desnuda la tierra,
y su olor te regresa al hueco sosegado
donde el tiempo –tu tiempo– se origina.

Mas para qué engañarnos: siempre es vano el empeño
de quien con la palabra ansía devolver la vida al día
que es ya solo memoria, sueño, estatua
de lo que tal vez fuimos y nunca más seremos.
Quien clava el alfiler en una mariposa,
¿atrapa la Belleza o tan solo es el dueño
de un hermoso cadáver?

Y sin embargo, cuando pasas la noche en blanco
dándole caza al vuelo ciego de las palabras
para ponerle nombre –una vez más siquiera–
a todo cuanto es digno de honrarse bajo el cielo,
al apagar la lámpara ningún placer se iguala
a ver cómo en los dedos fosforece
–tan frágil y tan breve– el oro virginal de una quimera.

Colaboración enviada por Juan Carlos Abril (España) | Extraído de Exceso de buen tiempo, Colección Visor de Poesía (XXXVIII Premio Internacional de Melilla) | Imagen de ©Juan Carlos Abril | Buenos Aires Poetry, 2020.