El cuerpo iluminado | Laura Pugno

Poeta, narradora y traductora literaria, Laura Pugno nació en 1970 en la ciudad de Roma. Durante su amplia trayectoria ha trabajado la novela, el ensayo, la dramaturgia y la poesía. Bajo el ala de este último género, publicó Il colore oro (Le Lettere, 2007), DNAact (Zona, 2008), Bianco (Nottetempo, 2016), I diecimila giorni: Poesie scelte 1991-2016, I legni (Pordenonelegge/Lietocolle, 2018) y La mente paesaggio (Perrone 2019). Actualmente reside en Madrid.

El cuerpo iluminado

La madera, dice, es para los vivos, y puede quemar:
ellos siguen hablando del fuego
y así se irán, junto a vos,
desde la oscuridad hacia una luz deslumbrante

desde el bosque podrás siempre volver:

mirá por donde la luz se espesa,
el curso del río
hacia donde

el nombre del mundo es océano,
sol que les late encima,
ola,

resplandor si el aire mismo
es luz, el agua es luz
sin descomponerse
el cuerpo en la mente,

así a los que rezan
y a los demás en cambio,
nosotros,

vos y yo,
movidos por el mundo,
la palabra
que disolviste en el sol, en el cuerpo
que podés tocar,

se mantiene ahí dentro,
impronunciada

que el fuego deje de incendiar,
se vuelva luz,
lente con vidrio quemado,
el sol posa como sol

y sobre tus hombros entra
como en un patio,
es patio
cerrado entre paredes
muy altas,

ojo dorado entre párpados:
ves el agua opaca
y de nuevo la nieve

y lo dicho,
dicho por última vez, encontrará
forma nueva,
te cae encima dulce

como si la palabra se precipitase,
se densifique en el agua que tomás,
el vaso
atravesado por el sol

en el cuarto, la ventana abierta
con nieve de afuera todavía,
y las palabras
en el paisaje, como
piedras o sueños
solo
rocas blancas, unas pocas
en el bolsillo:

decís que volverán
y ya volvieron,
buscan su dulce por dentro,
permanecen de pie en el umbral

hasta que no propongas entrar
te llamen,

sos vos, ahora,
es tuya la fuerza

cerrás la palabra
en tu mano, contra la palma
siempre caliente y seca,
escuchás el temblor,
sos vos,

ahora vas hacia la puerta y es
un día soleado,
dejá libre
cada cosa a la que regreses
en el devenir, cuando te quemen

y créetelo, porque aunque no lo creas
es eso lo que permite la luz

Il corpo illuminato

il legno, dice, è per i vivi, può bruciare:
continuano a parlare del fuoco,
così andranno, e con te
dall’oscurità a una luce abbacinante,

dal bosco riesci sempre a ritornare:

guardi dove la luce si addensa,
il corso del fiume
fino a dove

il nome del mondo è oceano,
sole che vi batte sopra,
onda,

lo scintillio se l’aria stessa
è luce, l’acqua è luce
senti scomporti
il corpo nella mente,

così quelli che pregano,
e agli altri invece,
noi,

io e te,
mossi dal mondo,
la parola
che nel sole hai dissolto, nel corpo
che puoi toccare,

presa dentro,
impronunciata

che il fuoco smetta di incendiare
torni luce,
la lente ustoria vetro,
il sole si posi come sole

sulle tue spalle, entra
come in un giardino,
è giardino,
chiuso tra mura,
molto alte,

occhio dorato tra palpebre:
vedi, l’acqua opaca
e di nuovo, neve,

e il detto,
detto per ultima volta, troverà
forma nuova,
ti cade addosso dolce

come precipitasse la parola,
si addensasse nell’acqua che bevi,
il bicchiere
attraversato dal sole,

nella stanza, la finestra aperta
su ancora neve di fuori,

e le parole già
nel paesaggio, come
pietre o sono
solo
sassi bianchi, una manciata,
in tasca:

dici che torneranno e sono
già tornati,
cercano il dolce dentro,
restano in piedi sulla soglia

finché non dirai di entrare,
chiamerai a te,

sei tu, ora,
è tua la forza

chiudi la parola
nella mano, contro il palmo
sempre caldo e secco,
senti il tremito,
sei tu,

ora vai verso la porta ed è
una giornata di sole,
lascia libera
ogni cosa a cui ritornerai
nel diventare, quando ti bruceranno,

e credilo, anche se non lo credi
è questo, che consente la luce

Poesía Italiana, Traducción de Fermín Vilela | Buenos Aires Poetry, 2020.