En las aguas de Caronte: La poesía de GUADALUPE DUEÑAS | por Araceli Toledo Olivar

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En las aguas de Caronte:

La poesía de Guadalupe Dueñas.

Por Araceli Toledo Olivar

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No se tiene una completa seguridad del año en el que María Guadalupe Dueñas de la Madrid vino al mundo, pero sí se sabe con certeza que ella nació en Guadalajara, Jalisco. En Obras completas (2017) de Guadalupe Dueñas, se incluyó una entrevista realizada a María de los Ángeles, hermana de la escritora, en ese apartado, ella elucida al respecto: “Nadie sabe en qué año nació Lupita. Ni mis hermanas ni yo. Unas veces me decía una cosa y hacíamos las sumas y no […]”  (34).  Dueñas contaba con más de cuarenta años cuando incursionó en el ámbito literario. Además de desarrollarse como escritora, Guadalupe trabajó como guionista de televisión, editora y consultora de teatro. Entre sus textos publicados figuran: Tiene la noche un árbol (1958), No moriré del todo (1976), Imaginaciones (1977) y Antes del silencio (1991). Si bien ninguno de estos títulos contempla la obra poética de la autora, es pertinente enfatizar la importancia que la poesía tuvo para la narrativa de la escritora. Se tiene entonces que, los títulos de los libros publicados en 1958 y 1976, están ligados a Muerte sin fin de José Gorostiza y a “Non omnis moriar” (No moriré del todo) oda de Horacio, respectivamente. Alfonso Méndez Plancarte, amigo de Dueñas, lanzó fuertes criticas a la poesía de la tapatía. De viva voz, la autora rememora ese capítulo literario en una entrevista:

Mi mayor anhelo hubiera sido escribir poesía y me consuelo al pensar que la poesía no es exclusiva del lenguaje métrico, por lo que abrigo la esperanza de que alguien la descubra en mis trabajos. Cuando enseñé mis engendros al padre Méndez Plancarte me aconsejó que los enterrara bajo tierra. Obedecí y creo que ha sido una de las pocas cosas cuerdas que he realizado en mi vida; empero, no dejo de reconocer que hay sobre todas las artes un sentimiento preponderante: LA POESÍA. Quítesele ésta a cualquier manifestación artística y se viene a tierra como una estructura de cristal a la que le falta la pared maestra. (Dueñas 540)

Afortunadamente, pese a las desalentadoras observaciones de Méndez Plancarte, en 2017 el Fondo de Cultura Económica dio a conocer una publicación que reúne la obra completa de Dueñas. Los poemas de la tapatía figuran en dichas páginas, en un apartado de textos inéditos. El inicio de esta sección presenta un prólogo de Patricia Rosas Lopátegui. En él la investigadora comenta: “Guadalupe Dueñas soñó con ser poeta. Leyó, admiró y escribió sobre Edgar Allan Poe, Ramón López Velarde, Emily Dickinson, Concha Urquiza, Federico García Lorca… y mientras escribía largos poemas fue amiga de Octavio Paz, Salvador Novo, Pita Amor, Rosario Castellanos y Luis Cernuda” (539). Debe señalarse que en la poesía se ven plasmados los temas que, con una pluma apasionada, Dueñas exploró en el cuento. Algunos de ellos, tal y como lo señala Lopátegui, son: “La muerte, la culpa, la soledad, la imposibilidad del amor y el lado tenebroso de la vida cotidiana” (Dueñas 541). De manera particular, me interesa centrar mi atención en el tema de la muerte. Aspecto medular que enlaza los poemas a continuación presentados.

                                                                                          

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Se llega a la muerte a través de la comunión con la tierra. Lo que podría tomarse como un final, marca de igual forma, un principio. La muerte representa, asimismo, la expiración del cuerpo, además del subsiguiente dominio del paraíso o del infierno en el reino espiritual.  En “Yo soy mi sola muerte”, se percibe una voz poética que se asume como una parte limitada del mundo, como un pliegue dentro de su propia sombra:

                                              

No soy la rotativa
crisálida de angustia
ni soy este destino
frustrado de holocaustos
con la sutil mentira
tradicional de engaños
ni soy esta añoranza
del hijo que no tuve
de nardos y luceros
la rosa de cien alas
con llanto en cada ojiva
ni soledad de náufrago
berreando luz amarga
de un faro inconsolable
tampoco sensitiva
mandrágora del ansia,
ni soy este camino
de valladar sin ruta.
Yo cuajo en el instante
que plasma lo finito,
alcanzo mi existencia
el SER que el hombre busca
robando de misterio
la realidad sin fraude.
Yo soy en esa hora
esencia de la esencia
tatuada en la floresta
de una infinita rama
colmada la pregunta
mi llanto anochecido
asciende hacia la altura
y surjo en sola muerte
absoluta e inmortal.
Yo cotizo mi vida
sin ayer ni mañana
palpando lo que he sido
soy cuando ya no existo
soy lo que ya no existe
yo soy mi propia muerte.
……………….(Dueñas 579-80)

                                                            

La Barca de Caronte Jose Benlliure y Gil (1919)                                                         José Benlliure y Gil, La barca de Caronte (1919)

                                                                                              

En los versos anteriores, sobre todo en las últimas seis líneas, se hace énfasis en el dominio que la muerte tiene sobre la vida, más allá de los tiempos conjugados, pues la muerte es el ciclo, el origen de todas las cosas: “Yo cuajo en el instante/ que plasma lo finito, / alcanzo mi existencia/ el SER que el hombre busca […] (Dueñas 579). No se percibe una voz impregnada de añoranza, ni lamentaciones que invoquen sueños truncados. Se ambiciona, en todo caso, la trascendencia del SER a partir del eco generado por la unificación de esencias, como puede serlo la fusión de la naturaleza humana con la vegetal. Se espera, por tanto, que sea la propia muerte quien registre la cita que avivará la conexión de Hermes, señor de las sombras, con Caronte, barquero de las aguas del inframundo. Caronte, de acuerdo con lo expresado por Robin Hard en El gran libro de la Mitología Griega (2004), es: “Considerado como un daimon o divinidad menor. Su deber es asegurarse de que sólo se permita pasar al mundo de los muertos a los que estén debidamente cualificados” (166). Lo anterior significa que en tanto hombre, mujer, joven, niño o anciano, lo perdurable, más allá de la vida (cuando se cruzan los límites divisorios del mundo de los vivos y de los muertos), es la psyche (alma-aliento). La psyche es el soplo que abandona la materia (cuerpo) cuando se presenta la muerte: “Es el aliento de partida y el espectro que toma posesión como continuación del ser de la persona muerta” (Hard 167). Podría pensarse entonces que en “Yo soy mi sola muerte”, el sujeto poético plantea una forma de permanencia a partir del fragmento de psyche que, por elección quede grabado en la sustancia vegetal: “esencia de la esencia/ tatuada en la floresta” (Dueñas 579).  En ese sentido, en “Del hueco de la noche sube un olor agreste”, se propone otro tipo de continuidad para el círculo formado por la vida y la muerte.  Partiendo de la complicidad que la voz del poema pueda tener con elementos naturales como lo son el agua, el aire y la tierra; se pide, en primer lugar, que el nombre grabado en una tumba sea “descubierto” por el agua que la asea, o bien por el viento que aleja al habitante de dicha tumba, del anonimato. A la tierra se le pide el encapsulamiento del nombre en una plancha de cemento, de manera que su médula, su identidad, se preserve eternamente como si éste fuera un insecto atrapado en una cuenta de ámbar:

Del hueco de la noche sube un olor agreste
y leños enjutos enseñan sus camillas
como si alguien hubiera lavado el camposanto
o como su un viento tardío desnudara la tumba
hollando indiferente el hogar de los muertos.
Arriba las estrellas tan borrosas y exiguas
con las rosas gigantes de una rama
que oscila en la selva sin fin de los espacios.
¡Oh pájaros de luto de solitaria muerte
y canto nunca oído,
aterradas criaturas sin regazo!
qué piensa de la noche,
embriagadas de palabras de efímero sentido.
Piedra sepulcral hermana de una esfinge
los corazones exhaustos maldicen la esperanza
voy por dentro oscuro y es una tormenta doble,
es tu jauría de luto aprisionada
en el lóbrego marco de mis venas,
llevo en el pecho un huevo abismal como la nada
por ojos dos pájaros negros
y la boca hermética como caja de caudales
igual que la que enseñan los muertos.
Aquí donde el olvido, caduca flor de sierra,
destruye los fantasmas en la boca del aire
en los labios del aire, con el llanto del aire.
………………………………………………..(Dueñas 587)

Llama la atención la presencia del pájaro negro como símbolo asociado a la muerte. Se aprecian dos aspectos del ave. En primer lugar, se le reconoce como psicopompo; esto es, como el acompañante de los muertos en la travesía hacia el otro mundo. Mercurio, por ejemplo, es considerado el dios psicopompo de Grecia y Roma. Además del pájaro negro (podría hablarse de un cuervo), el ciervo y el caballo son también animales psicopompos. Específicamente, en Malasia, el pueblo Semang experimenta terror cuando un ave nocturna hace su aparición, porque con su llegada, se manifiestan los fantasmas que reclaman la vida de sus padres. Propician la muerte de sus progenitores para que el desamparo causado por la muerte sea más llevadero. Los pájaros de “Del hueco de la noche sube un olor agreste”, son también, seres desvalidos. Tal vez porque intuyen que pertenecer a los reinos de la muerte opaca toda probabilidad de esperanza: “¡Oh pájaros de luto de solitaria muerte/ y canto nunca oído, / aterradas criaturas sin regazo!” (Dueñas 587). En versos posteriores, los pájaros que en un primer momento fueron presagios funestos, se convierten ahora en los ojos que, articulados por la muerte, ayudan a sus portadores a cruzar las penumbras del otro mundo. Esta particularidad podría considerarse como una iniciación fúnebre. Entendiéndose de esta manera: ante la inexistencia de los ojos humanos cuya función es ver a través de la luz, se tiene en su lugar, en la cuenca ocular, un par de pájaros negros; es decir, una especie de lazarillos psicompompos. En “Divagaciones”, se hace alusión directa a los cuervos, nuevamente el color negro de los pájaros es distintivo de su carácter mortuorio:

Bajo el sudario de alas de cuervo
hay en la noche fantasmagórica
una locura de embrujamiento,
será el retorno de un alma ausente
quizá el regreso de amados muertos
viejas ciudades que nadie ha visto
cárcel del aire mi pensamiento.
Notas de un arpa que no se escucha
sopla la noche su gran secreto,
los nubarrones semejan nidos
de sangre negra, presentimientos
con que se entinta la azul tiniebla
mientras la luna fosforesciendo
pasea en la noche su cráneo lívido,
más silenciosa que real espectro
bocas en llanto desde el abismo
sopla la angustia sobre el silencio
extiende el río su helado lecho
en fermentado cause de musgo.
…………………………….(Dueñas 572)

El poema está trastocado por un ambiente espectral; por la invasión de la noche; por la lobreguez que se apropia de cada uno de los recovecos reales y/ o presentidos; por la visita inminente de las almas de los muertos y por la locura ocasionada por las premoniciones que se desprenden de la imagen del cuervo. Asimismo, la oscuridad se observa como el punto clave de encuentro entre el desasosiego de los vivos y el silencio de los muertos que devendrá en desolación. En ese sentido, el imaginario hindú ubica a los cuervos como agentes ligados a la muerte; es decir, la cercanía del cuervo y la sensación producida por su graznido, configuran un cúmulo de intuiciones, que a su vez hace visible la naturaleza infortunada del acontecimiento que, irremediablemente, causará estragos irreversibles. En “Divagaciones”, la transparencia vidente del cuervo se materializa en la tela mortaja que sabe de nostalgias, de infortunios, de soledades: “Los nubarrones semejan nidos/ de sangre negra, presentimientos/ con que se entinta la azul tiniebla/ mientras la luna fosforesciendo/ pasea en la noche su cráneo lívido, / más silenciosas que real espectro […]” (Dueñas 572).  La luna es la inmensa fogata que, en complicidad con la oscuridad y la zozobra, genera una atmósfera tensa, de aire casi irrespirable. Guadalupe Dueñas invoca a la muerte a partir de una voz que, además de mostrarse amedrentada por dicha presencia, se revela obnubilada por el halo sombrío que recubre el encuentro. Sobre el tema, en El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana, Jaime Labastida asevera al respecto: “Ningún poeta lírico se enfrenta a la muerte como si fuera una entidad abstracta y difusa. Se enfrenta a ella como la súbita y dolorosa encarnación que el descarnado rostro de la muerte asume en un semejante […] Todo poeta lírico sabe que en su propio rostro se dibuja ya una de las tantas muecas de la muerte” (122).

En síntesis, en “Divagaciones”, “Yo soy mi sola muerte” y “Del hueco de la noche sube un olor agreste”, la muerte se considera como la última etapa del alma. Condición que brinda a la persona extinta la posibilidad de regresar a este mundo mediante un vehículo incorpóreo, como puede serlo un espectro, fantasma o aparición. Se tiene también la oportunidad de extender los remanentes del ser a través de la salvia de las plantas. Esto último puede entenderse como el deseo de seguir siendo a partir de las huellas impresas en la sutileza de la cotidianidad. De suerte que, el olvido, no llegue a evaporarlo todo. La esperanza se fragua a partir de los vestigios que los muertos depositarán en las plantas y en las lápidas que recordarán a los visitantes los nombres de quienes son polvo con la tierra.

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OBRAS CITADAS:

Chevalier, Jean y Alain Gheerbranta. Diccionario de los símbolos. España: Herder, 2012.

Dueñas, Guadalupe. Obras completas. México: FCE, 2017.

Hard, Robin. El gran libro de la Mitología Griega. España: La esfera de los libros, 2008.

Jünger, Fredrich Georg. Mitos griegos. España: Herder, 2006.

Labastida, Jaime. El amor, el sueño y la muerte en la poesía mexicana. México: Siglo XXI, 2015.

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Araceli Toledo Olivar. Investigadora y profesora mexicana. Licenciada en Lengua Extranjera por la Universidad Madero (UMAD), Maestra en Literatura Mexicana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y Doctora en Literatura Hispanoamericana por la misma institución. Ha sido docente en la BUAP y en el Bachillerato Internacional 5 de Mayo (BUAP).
Ha colaborado en publicaciones para la Universidad Autónoma Metropolitana UAM y la Universidad Estatal de Louisiana (LSU). Actualmente, es miembro del Colegio de Lingüística y Literatura (BUAP).