Los senderos que se bifurcan & otros poemas | Valeria List

Valeria List (Puebla, México,1990). Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde actualmente estudia la maestría en Letras Españolas.
Trabaja en el departamento de Publicaciones del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas de la UNAM.
Es cofundadora de la agencia de diseño y servicios editoriales Ahuehuete.
En 2019 fue becaria de la T.S. Eliot Summer School de la Universidad de Londres, así como del programa Elipsis para jóvenes escritores y editores del British Council.
Su primer libro, La vida abierta, recibió el Premio de Poesía Joven de la UNAM en 2019. En 2020 publicará Calgary en Editorial Sombrario.
Escribe en su blog, http://www.huellademyo.wordpress.com.

Poemas inéditos

Cara de Buda

Para Méraly

Cara de Buda dijo debo ir a lndia. Mis palmas queman:
la espera ha terminado.
Cara de Buda escucha que viene un auto y finge ser paciente
pero su corazón está acelerado.
Cruza la calle volando y nosotros la seguimos como hormigas.
Cara de Buda calla cuando el ego le gana
entonces su cara exuda esporas y me lastiman.
Su presencia abarca tanto que dudo que pueda desintegrarse en vida,
como el yogi elevado que ponía y disponía banquetes en el campo.
Cara de Buda abre las bocas que tiene en las manos y roba las uvas del supermercado.
Voltea a verme, retando: ¿esto te parece importante?
Luego se contonea y en verdad parece un elefante sagrado.
Cara de Buda siempre está en casa y su casa es la nuestra.
Es como el sacerdote de Levrero que pertenece a todas partes
porque la fe le acredita la entrada.
Ella me enseñó las matemáticas:
si tienes algo en el mundo, entonces no tienes nada.
Sin tocarme, me quitaba la ropa y yo me avergonzaba de haberme tapado tanto
entonces, ella soltaba unas buenas carcajadas.
Cara de Buda no atiende por vías terrestres.
Yo la llamo y ella escucha sonidos que vienen de otros lados.
A veces, sin embargo, me hace caso:
se percata de que su amiga torpe la llama.

Bellas Artes

En el museo hubo asentimientos de cabeza
frente a grandes obras occidentales
y apenas una pared con cuatro cuadros de Oriente.
Pregunta el guía
estos cuadros son como poemas,
¿qué son los poemas?
Y un visitante contesta
palabras que expresan sentimientos.
Tú volteas a preguntarme con la vista
si eso son los poemas
o si son más bien esto,
una mesura avergonzada
por salir con alguien
sin la locura apasionada
que hace a un ser volverse loco,
arrancarse la furia y darla con las manos a alguien
hasta que no quiera más
y salga huyendo,
cosa que tú jamás harás
porque nos queremos tan apenas
que para los orientales
sería la medida exacta.

Los senderos que se bifurcan

Discuto con amigos sobre Borges
(acaso más bien discuten ellos
y yo hago intromisiones).
El diálogo fluye rápido
me siento como una niña
esperando el momento indicado para
saltar a una cuerda en movimiento.
El primero habla del Borges joven,
que salió con Norah Lange
(dice que en una fiesta llegó Girondo
y se la llevó para siempre.
Se dice Yirondo, le corrige el otro).
Asegura que ése es el gran Borges.
Yo estoy de acuerdo con el otro,
el que dice que el segundo Borges es el grande.
Mi salto es decir:
ése es el grande. Borges pudo ver lo que vio
porque se quedó ciego.
Seguimos hablando sobre lo profundo tras los ojos y las palabras.
Luego pagamos, nos despedimos y pido un taxi.
Me sorprende que el chofer
siga la ruta hasta mi casa
en vez de secuestrarme antes de llegar.

De La vida abierta

***

Si muriera ahora mismo
con la punta de una lasca en el pecho

¿me mirarías entonces y lo confesarías todo?

¿brotarían prismas de tu propio pecho y lo confesarías todo?

como si la herida fuera tuya
¿sangrarías diamantes rojos, confesándolo todo?

***

Veía a mis amigas acomodar sus personalidades al contexto.
Otra cosa se fundaba allí, donde el sol nos dejaba beber sin
embriagarnos y sin embargo las drogas nos exacerbaban.
Una noche hubo gritos y llanto. Al día siguiente, estábamos
escindidas pero seguíamos caminando juntas. Sólo se
escuchaba el sonido de nuestras chanclas.

Una parte de nosotras está estancada. A pesar de los cambios
estructurales, el pequeño daño nos mina. Se vuelve dolor en
lo más cercano, en el amor, vivir con la duda, con las palmas
abiertas a la espera. Creer que en la playa lo más importante
es lo que no está.

***

Vivíamos en un pueblo empedrado donde nunca pasaba
nada. Decidimos capturar a los dos hombres que llegaban
cada año por el único camino de acceso: un arco.
Desde lejos, parecían dos monjes translúcidos de color gris.
Uno niño y otro adulto. Los captores salimos en caravana
con un camión de redilas lleno de niños alebrestados. Yo me
adelanté y toqué al monje niño en el hombro. Él perdió la
translucidez y me guiñó un ojo. Llevaba una arracada gruesa
de oro en la oreja. Me pareció más un pirata que un monje.
El gris, alcancé a ver de cerca, era pintura en su rostro.

El cura del pueblo nos hizo entregar a los monjes, y nos
castigó. Los dirigentes tuvimos que pararnos en la puerta de
madera de la iglesia, que sobresalía bastante del suelo; desde
ahí, dejarnos caer de rodillas, y luego arrastrarnos así hasta el
altar.

Cuando pasé arrastrándome junto a las bancas, fui dejando
una lacra de sangre. Las mujeres que estaban sentadas me
regalaban sus rebozos, y yo les prometí que volvería por ellos
porque no podía andar de rodillas con ellos. La iglesia nos
castigó pero el pueblo estaba contento.

Cuando llegué al pie del altar, alguien le pasó un libro de
poemas recopilados al cura y empezó a recitar:

Nunca habrá otro grano de arroz que sea como tú.
Encontré éste en el campo y no volveré a ver
esa blancura en los ojos.

Poesía México | Buenos Aires Poetry, 2020.