Nuestra América: El posicionamiento estratégico y la política de la traducción | Katherine M. Hedeen

Katherine M. Hedeen (Salem, Oregon, USA, 1971) es traductora, ensayista y profesora universitaria. Se especializa en poesía hispanoamericana y ha realizado numerosos estudios sobre autores contemporáneos de esta región. Ha traducido al inglés y prologado libros de Rodolfo Alonso, Juan Bañuelos, Juan Calzadilla, Marco Antonio Campos, Luis García Montero, Fayad Jamís, Hugo Mujica, José Emilio Pacheco, Víctor Rodríguez Núñez e Ida Vitale, entre otros, así como dos antologías de la poesía cubana contemporánea. También ha traducido al español libros de Mark Strand, Margaret Randall y John Kinsella, así como las antologías de la poesía indígena estadounidense En esa redonda nación de sangre, y de la poesía galesa contemporánea Nuestra tierra de nadie, ambas con varias ediciones. Es la editora de poesía en traducción de la revista literaria The Kenyon Review así como de la editorial Action Books, en Estados Unidos. Ha recibido en Gran Bretaña el premio PEN Translates, y en su país, la beca National Endowment for the Arts en dos ocasiones, por sus traducciones de Los poemas de Sidney West de Juan Gelman (2009) y de El amor desenterrado de Jorgenrique Adoum (2015). En la actualidad es profesora titular de literatura hispanoamericana en Kenyon College, Estados Unidos.

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En una entrevista publicada recientemente por la revista Buenos Aires Poetry, Víctor Rodríguez Núñez, poeta cubano contemporáneo a quien traduzco frecuentemente al inglés, afirma lo siguiente:

la huella de la poesía latinoamericana en la poesía norteamericana es casi imperceptible. A veces se nota un gesto de Vallejo, de Neruda, de Borges, pero nada más que eso. Los poetas del norte nos dieron la espalda, y esto no es sólo un problema de hoy sino de siempre. Pero nosotros los conocemos a ellos, y ellos no nos conocen a nosotros, y esto nos da ventaja.¹

Rodríguez Núñez concluye que semejante desconocimiento por parte de “los poetas del norte” se relaciona con la carencia general de poesía en traducción publicada en Estados Unidos.

La división y las tensiones entre el norte y el sur que señala Rodríguez Núñez, me lleva a lo que escribió otro poeta cubano hace ya casi 130 años: “Nuestra América” de José Martí (1853-1895). En este ensayo seminal, escrito en 1891 precisamente en Estados Unidos (en sus palabras, desde “las entrañas del monstruo”), Martí advierte a los intelectuales latinoamericanos sobre el poder invasor imperialista y neocolonialista de una nación que había servido, hasta entonces, como modelo político para los movimientos independentistas de la región.

En oposición al poder estadounidense, y con un gesto descolonizador sin precedentes, Martí les propone a los intelectuales del sur un posicionamiento estratégico desde “Nuestra América” (el título es en sí una crítica de la usurpación del gentilicio de un continente entero por parte de Estados Unidos). Semejante posicionamiento reclama el rechazo de la copia de ideas y prácticas extranjeras, y la afirmación del pensamiento y la acción autóctonos. Igual de importante, el ensayo sirve para recordar a los intelectuales nuestro-americanos que la contemplación también es acción; que esta actividad, que suele considerarse erróneamente como pasiva, es en realidad vital para su lucha: “Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada […] las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”².

He optado por resaltar los puntos de vista de estos dos intelectuales cubanos porque son a los que vuelvo con bastante frecuencia al considerar mi labor como traductora de poesía hispanoamericana al inglés. Por una parte, Rodríguez Núñez elabora sobre la situación actual de la poesía hispanoamericana traducida en Estados Unidos (y los estudios hispanoamericanos en general) como una reafirmación imperialista y neocolonialista de ese país como el centro y, por consiguiente, la circulación unidireccional (o en el mejor de los casos, selectiva, cuando conviene) de las ideas desde el norte hacia el sur. Por otra parte, Martí me ofrece como traductora literaria la manera de responder a semejante situación mediante la posibilidad del posicionamiento estratégico, así como el reconocimiento de mi labor intelectual como una forma válida de acción social.

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Valdría la pena al menos esbozar la situación actual de la poesía hispanoamericana traducida en Estados Unidos. Soy consciente de que hablo desde un relativo privilegio con respecto a lo que se traduce y lo que no se traduce, dado que el español ocupa un lugar prominente en el mundo editorial estadounidense de la traducción. No obstante, como sabe cualquiera que traduce en el país del norte, las cifras son deprimentes, no importa el idioma: aproximadamente el 0,7% de todos los títulos publicados anualmente son traducciones literarias. Para la literatura escrita en español, las cifras de 2019 fueron, según la base de datos 3 Percent³, 21 libros de poesía y 64 libros de prosa.

En cuanto a la poesía en español traducida al inglés y publicada en Estados Unidos, hay dos tendencias principales. La primera tiene sus inicios en la década de 1960, cuando poetas como Robert Bly, W. S. Merwin y James Wright, entre otros, empezaron a traducir y publicar poetas que escribían en español. Esto no es casual, por supuesto. Podemos considerar el “boom” de la traducción de ese momento como una respuesta de esos jóvenes poetas a la poesía estadounidense de su época, que consideraban rancia, convencional, formalista, desprovista de emoción y compromiso político (la Revolución Cubana, que triunfó en 1959, también ayudó a que los estadounidenses pusieran los ojos en la región). Y lo era, en buena parte. Sin embargo, el fenómeno tiene más que ver con las valoraciones norteñas sobre cómo los poetas sureños deberían escribir y, sobre todo, cómo semejante poesía podría beneficiar a su audiencia.

Del llamado “boom” hay dos poetas que siguen publicándose incluso con renovadas traducciones: Pablo Neruda y Federico García Lorca. Si bien una vertiente de su obra puede considerarse de vanguardia, revolucionaria en términos estéticos, se les conoce en traducción al inglés no precisamente por esto. De un lado, es debido al supuesto vínculo intrínseco con la sensualidad, la pasión, el sentimiento, la emoción y el cuerpo que les falta a “los americanos”. De otro, el compromiso político (y el de los poetas que escriben en español en general) se ha exagerado de una manera simplista y obvia. En otras palabras, la canonización de estos dos poetas es un gesto de exotificación, que resalta el tropo racista y neocolonialista de un lector estadounidense cansado de las dificultades de un país “desarrollado”, y atraído por una región más “primitiva” y apasionada. Bly sencillamente lo denominó como “surrealismo caliente”.

En cualquier caso, lo que quiero resaltar es que la configuración del canon de la poesía en español traducida al inglés destaca una obra que no suele ser ni compleja ni intelectual. Volvemos a la típica dicotomía colonialista / neocolonialista (así como de género): el sur equivale a lo sensual y lo irracional, una tierra pintoresca llena de corrupción, dictadores y guerrillas; el norte, a lo intelectual y lo racional, una tierra de democracia y libertad, y más específicamente, libertad de expresión. De hecho, la eliminación del español como un idioma culto imita la tendencia actual en Estados Unidos de considerarlo un idioma “práctico” y “más fácil” (o sea, el idioma que hablan los obreros, las criadas, los pobres) en comparación con otros idiomas “más difíciles”, y cultos, como el francés o el alemán.

La segunda (y más reciente) tendencia parece contrarrestar la anterior. Las editoriales estadounidenses de poesía independientes durante los últimos quince años han buscado poetas hispanoamericanos que se pueden considerar voces marginadas, una movida que se hace eco de la tendencia exitosa de la poesía basada en las políticas de identidad. En su búsqueda de los infrarrepresentados, las pequeñas editoriales norteñas terminan proponiendo un canon diferente, aunque de igual manera limitante, al escoger a poetas que, en términos de contenido, a menudo reflejan las preocupaciones y ansiedades acerca de la representación de los lectores estadounidenses “despiertos” y, en cuanto a la forma, privilegian un tono conversacional directo, fácilmente consumible (y traducible) o una estética “experimental”, también basada en las definiciones norteñas de lo que implica la experimentación. Una consecuencia inesperada de semejante cambio es que, en un esfuerzo por conseguir que su obra se publique en inglés, algunos poetas hispanoamericanos han comenzado a retocar su poesía para adaptarse a los gustos de moda entre los consumidores de poesía estadounidense.

Lo que me inquieta en ambos casos es la cuestión del posicionamiento. En definitiva, el objetivo principal de semejantes esfuerzos es que nosotros, ubicados en Estados Unidos, podemos escoger y saquear de la poesía hispanoamericana lo que nos convenga. Lo que sirva a nuestros propósitos, ya sea una reacción de lo que sucede en el mundo literario del país, o como una forma de marcar cierto tipo de consciencia social al uso. No obstante, la sutil superioridad cultural implícita en semejante curación persiste sin llamarla por su nombre. En mi opinión, tal configuración es solo un ejemplo más de la circulación cultural unidireccional entre el centro y la periferia.

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Como traductora debo reconocer mi posicionamiento, tanto en relación con los aspectos que son problemáticos como con su potencial para la subversión. Para mí está claro que disfruto de una posición privilegiada, basada en Estados Unidos, beneficiándome indirectamente de sus políticas y acciones neocolonialistas, imperialistas y racistas. Yo además soy una hispanista, especialista en poesía hispanoamericana. Recibí mi doctorado de una facultad de literaturas hispánicas, en lugar de las de literatura en inglés, literatura comparada o escritura creativa. Esto me da una perspectiva diferente de la de muchos traductores literarios del español al inglés. Gran parte del ímpetu detrás de por qué traduzco tiene que ver con conocer la poesía hispanoamericana y la obra de numerosos poetas reconocidos de la región, y quedar desconcertada al descubrir que no está traducida al inglés. Si bien una parte de mi enfoque se basa en lo que podría llamarse establecer un contra-canon, estoy más interesada en crear una alternativa a cualquier canon, ya sea en Estados Unidos o en Hispanoamérica. Tomo mis decisiones a partir de esto. La idea de la elección, aunque sea en apariencias obvia, está en el núcleo mismo del posicionamiento estratégico. En mi caso, significa elegir con mucha intención a poetas cuya obra se sale tanto de los criterios limitantes de un lector estadounidense sobre cómo debe escribir un poeta en español, como de las restricciones establecidas por los propios cánones poéticos hispanoamericanos.

De esta manera, intento responder a una circulación unidireccional de ideas centrada en Estados Unidos y, a la vez, al acercar poetas que deberían ser más conocidos en español a una audiencia de lectores en inglés, desafiar el propio canon de la poesía hispanoamericana. Se me recuerda a diario que la cultura literaria establecida de mi país, a pesar de sus reclamos actuales de diversidad, inclusión y progresividad, sigue siendo feroz y descaradamente solo en inglés, así como estando firmemente arraigada en el discurso y la práctica de limitar y controlar la ciudadanía (considere cuántos premios requieren la residencia estadounidense como parte de la elegibilidad). La poquísima cantidad de traducciones literarias es para pegar un grito. Pero también se producen murmullos, por ejemplo, no mencionar a los traductores en las reseñas de los libros traducidos, igual que no nombrar al traductor en las redes sociales. Y luego hay una cantidad de silencios, sobre los que, debido a cuestiones de espacio, no debatiré aquí.

Es precisamente por estos desafíos que los traductores literarios debemos considerar estratégicamente nuestro posicionamiento y, de la misma manera, tener la convicción de que nuestra labor es nuestra acción social, nuestra herramienta, las armas del juicio, como pedía Martí. En definitiva, para mí seguir esta conducta como traductora de la poesía hispanoamericana es intentar ser parte de una circulación multidireccional de ideas y valores: un intercambio, una relación dialéctica, un movimiento en solidaridad con la crítica expresada por Rodríguez Núñez al comienzo de este ensayo. Es optar por ayudar a cavar trincheras de resistencia en Nuestra América.

NOTAS

¹ https://buenosairespoetry.com/2020/01/22/los-poetas-del-norte-nos-dieron-la-espalda-entrevista-con-victor-rodriguez-nunez/

² José Martí. “Nuestra América,” http://www.josemarti.cu/publicacion/nuestra-america-2/

³ https://www.publishersweekly.com/pw/translation/home/index.html

Traducción del inglés de Víctor Rodríguez Núñez | Buenos Aires Poetry, 2020.