Despedida | Jorge Teillier

No demasiado conocida fuera de Chile, la obra de Jorge Teillier (1935-1996), puede considerarse como parte de un pequeño canon —junto a José Watanabe y Eugenio Montejo — que se alejó sin estridencias de la desmesura nerudiana y del experimentalismo parriano que marcó el sello de la poesía de los años setenta y ochenta en Latinoamérica. En consonancia con la estética de Rilke, la poesía lárica conserva la memoria de la muerte que habita en las cosas pasadas. El permanente misterio, seductor e intraducible que transmite su poesía, estriba en que las cosas dotadas de vida llaman “heideggerianamente” a quien lee, como si viniesen del porvenir. Es por ello que no puede decirse sin más que esta sea una poesía del pasado, sino una de intercambio permanente de mensajes entre voces de una sociedad de codifuntos, donde el poeta es el sobreviviente a la violencia de la modernidad. Si hay nostalgia en Teillier, es del futuro, donde las cosas dotadas de vida, vividas, son el reverso a las cosas producidas en serie. Como ha dicho el mismo Teillier, un mundo de cosas muertas que hablan de “lo que no nos ha pasado, pero que debiera pasarnos”.

Despedida

…el caso no ofrece
ningún adorno para la diadema de las Musas.
Ezra Pound

Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
camino conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuya cara suelo ver en sueños
iluminada por la triste mirada de linternas
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto-

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.

Extraído de Jorge Tellier, El árbol de la memoria, 1961 | Introducción de Rodrigo Arriagada Zubieta para Buenos Aires Poetry, 2020.