“Pound” de Armando Uribe Arce | por Jorge Teillier

Ezra Pound es, entre nosotros, uno de esos casos de poeta aún más conocido por su vida que por sus obras. Algo similar a lo que ocurre con Rimbaud. Porque, como el vagabundo de las Ardenas, el poeta norteamericano es un hombre cuya vida es tan fascinante como la obra, cuya vida, desde esa expulsión de la Universidad por cobijar a una muchacha desvalida (en el puritano ambiente de la primera década del siglo) hasta su encierro por el general Patton en una jaula primero, y luego, con todo fariseísmo por el estado norteamericano en un manicomio durante largos años, es asimismo una vida de poeta, que uno se siente tentado a conocer, como ya señalamos, antes que su obra. Para enfrentarse a esta vida y a esta obra, y más aun, a lo esencial que sobre tal vida y obra se ha escrito en lengua inglesa (y nada menos que por autores como James Joyce, Herbert Read, W. B. Yeats, Mario Paz) contamos ahora con este libro escrito con brillantez y desenfado indispensable por el poeta Armando Uribe Arce, tras cinco años de lectura de Pound. 

Siempre es interesante un libro de un poeta enfrentado a otro poeta. Sin duda, el conocimiento del amor es más efectivo que el del método, y los caminos del corazón son más sinuosos que los del intelecto. “Dos años, tres años, cuatro y cinco. En 1961 terminé los Cantos; en 1962, las Odas, leí los ensayos y panfletos políticos de la década de 1930; cerré por fin todos sus libros, exasperado, aburrido de mí mismo y de su modo de moldearme. 

No es posible librarse de la eternidad escribiendo un libro a su propósito. Pero sí es posible entender el tiempo en el cual se ha vivido y, a uno mismo en ese tiempo, ordenándolo en palabras, dividiéndolo en capítulos, llegando a la palabra fin. Tal es el propósito de este ensayo”. 

Con estas palabras cierra Armando Uribe el capítulo inicial de su libro (“Un lector de Pound“) y abre esa especie de gula para futuros lectores de Pound que es el resto de la obra. Porque la relación de interés se ha transformado con el tiempo en una relación de “amodio” (para inventar una de esas palabras-valijas que le complacían a Lewis Carroll-, y que deben complacerle al poeta amigo de calembours que es Uribe). 

Este capítulo inicial, al que le dedicamos primera atención, es la historia de la relación entre Pound y un joven poeta latinoamericano, que sí tiene una temprana relación con la lengua y literatura inglesas y, por ende, norteamericana. Capítulo no muy ortodoxo para la crítica fichesca o de inventario que estamos acostumbrados a soportar, pero sí dentro de los cánones de la creación que, finalmente, debe ser toda crítica. Claro que aquí interesa la relación de Pound-Uribe, porque quien escribe es un poeta y crítico de talento. En otros casos, el resultado sería deplorable. 

No es sorpresa ver cómo la lectura de Pound lleva a Uribe a interesarse y leer a Safo, Catulo, Horacio, Propercio y también Villon, Gautier, Corbiére… Porque una de las grandes virtudes de Pound es precisamente la de llevar al lector a conocer la poesía, despierta el interés hacia ella (y hacia la historia y la economía, diremos de paso), “Educador sospechoso, pero cuan persuasivo”, lo califica Uribe. 

La personalidad de Pound es (además de la de poeta) de gran difusor, transmisor y removedor de ideas poéticas. Pero no se limita a ello. Dirige revistas, crea movimientos literarios, que pronto echa al desuso. (Como ese Imaginismo, con sus tres famosos sistemas: 1. Tratamiento directo de la cosa, sea subjetiva u objetiva; 2. No usar absolutamente ninguna palabra que no contribuya a la presentación poética; 3. En cuanto al ritmo: “componer según el ritmo de la frase musical, no según el ritmo del metrónomo”). 

Pound ha sido “empresario de todas las artes y no sólo de la literatura”. Así lo vemos surgir en estas páginas de Armando Uribe, instalado sucesivamente en París, Rapallo, en correspondencia con H. G. Wells, W. R. Benet, E. E. Cummings, W. C. Williams, Simón Guggenheim, H. L. Mencken, etc.. como una especie de cowboy en Londres, luego entregado -por su obsesión antiusura- al fascismo, juzgado, condenado, encerrado durante doce años hasta volver a los Alpes italianos, respondiendo a un periodista: “Qué tal estaba en el Manicomio” con “Bastante mal, ¿pero en qué otro lugar puede uno vivir en América?” Uribe nos guía por el laberinto de Pound desde Lumen Spento, publicada en Venecia en 1908 en edición de 100 ejemplares, pasando por Hommage to Sextus Propertius (1928) que le parece poema clave de Pound y el más de su gusto, que entrega además íntegro en una pulcra traducción, hasta detenerse en el laberinto interminable de los Cantos, a los que se ha llamado una especie de nueva “Divina Comedia”, que pretenden ser síntesis de la historia universal, cantos definidos por Uribe como de “letras y de armas” y que el lector debe afrontar “con furia, con olvido, con paciencia”. Ante esta maraña deslumbrante de los Cantos, el ensayista acude al auxilio de otros, como Yeats, y en fin se detiene con cautela, no sin dar antes su opinión acerca de los mismos, pero sin adentrarse mayormente en materia. Sensata medida, tal vez, al enfrentar panorámicamente una obra que el mismo Pound aún no ha concluido, entregando en cambio el Homenaje a Propercio, considerado por muchos como “eje y médula” de la obra de Pound, en una versión completa; incluyendo, además, dos poemas de Hulme, poeta imaginista adscrito a Pound, y otras versiones del poeta como ésta: 

En una estación de Metro: 
 
Estas caras que aparecen entremedio; / pétalos en ramaje negro y húmedo. 

El Pound de Uribe encarado con indiscutible seriedad es un trabajo de vital interés, recomendable al que ya parece a punto de extinguirse pero que siempre resucita, público lector de poesía de nuestro país. Y parece ser una primera estación en un recorrido más largo, quedando abiertas para el poeta y ensayista chileno perspectivas para un más largo enfrentamiento con el norteamericano. 

Extraído de Jorge Teillier, Revista Anales de la Universidad de Chile, Stgo., № 134, abril-junio de 1965 | Buenos Aires Poetry, 2020.