Nicanor PARRA: Señales de humo del genial incendiario | Por Juan Arabia

José Miguel Ibáñez, Para leer a Parra, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2020, 92 p.


Recientes exposiciones artísticas y publicaciones, además de los problemas judiciales y disputas que surgieron entre las dos ramas de sus hijos por administrar la herencia del poeta, siguen poniendo a Nicanor Parra (1914-2018) en un lugar de constante mediatización. 


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Si algo buscó Parra a lo largo de toda su carrera, combinando matices y transformándose en un verdadero héroe de la ironía y de la ocultación, fue captar la atención de los más diversos sectores.  

Porque incluso haciendo constante burla al género de la poesía así como a los héroes de su Olimpo, tanto en contenido y forma, logró atraer y seducir a críticos ortodoxos y conservadores como Harold Bloom, recibir el Premio Cervantes en 2011, así como ganar la admiración de los poetas más contestatarios y radicales, como Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti y Roberto Bolaño.  

Por no hablar del público general, del “hombre común”, al que supo cautivar con sus antipoemas.  


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La reedición de Para leer a Parra, un clásico ya para muchos lectores chilenos, es una nueva oportunidad para acercarse no sólo a la producción literaria de Parra, sino también a sus efectos. Porque si algo le interesa a Ibáñez Langlois, más allá de la admiración que sentía por el poeta, es rastrear y problematizar los límites del proyecto parreano en tanto desacralización de la poesía. 

Cuando se publica Poemas y antipoemas en 1954, lo que prevalecía en la atmósfera del campo era la oscuridad lírica, la sobrecarga metafórica, un discurso monológico (canto solitario nerudiano) que tenía como eje al poeta mago y alquimista creador y centro del mundo. 

Parra, que si bien tenía todas las herramientas y el camino abierto para convertirse en un gran cultivador del verso tradicional, optó por introducir un juego dialéctico y desmitificador en su discurso lírico. Porque si de algo se nutren los antipoemas es del verso tradicional, de forma reactiva y parasitaria, enriquecidos (como a él le gustaba decir) con cierto “surrealismo criollo”. 

El prosaísmo y el habla coloquial, dos elementos claves de la antipoesía, sirven para introducir el arma más efectiva de su proyecto, esto es, la parodia y la ironía. 

Maestro de contenido y forma, y bajo este método efectivo, Parra combinaba el lenguaje poético convencional con el tono burlesco y trillado, mezclados todos con un notable uso del endecasílabo y modas tan diversas como el estilo barroco, simbolista y neopopular: 

“Ay de mí, ¡ay de mí! Algo me dice / Que la vida no es más que una quimera, / Una ilusión, un sueño sin orillas, / Una pequeña nube pasajera. / Vamos por partes, no sé bien qué digo, / La emoción se me sube a la cabeza”.  

N. P.

Desde una perspectiva cronológica, Ibáñez Langlois analiza obra por obra del poeta chileno, para poner en evidencia un apertura cíclica que deambula entre el sujeto pasivo que llega a la sabiduría estoica (libros como Canciones rusas) y el constante regreso del  “energúmeno”, que se burla del lector (libros como La camisa de fuerza y Obra gruesa).  

Este último juego y personaje cobra mejor vida en Artefactos (1972), una serie de tarjetas postales con eslóganes e ilustraciones donde se prolongan y sintetizan las líneas ya apuntadas de la antipoesía: reducción total de los medios expresivos, desaparición del hablante lírico, asunción del prosaísmo puro y subculturas periodísticas, comerciales y políticas:

“Donde cantan y bailan los poetas / no te metas Allende / no te metas”, “La izquierda y la derecha unidas / jamás serán vencidas”.  

N. P.

Estos límites poéticos —que actualmente pueden apreciarse en la Antiexposición: No siga la flecha, que la Fundación Nicanor Parra inauguró de forma virtual con 39 obras que el poeta chileno realizó entre 1976 y 1995—, si bien han servido para devolver cualidades elementales a la poesía (como la claridad y la sencillez), para Ibáñez Langlois implican una apertura hacia un cierto nihilismo (o desacralización), señales de humo que el antipoeta dirige al cementerio o a la eternidad. 

Uno de los aportes críticos más valiosos de este libro, más allá del estudio de la obra de Parra, es el rastreo que hace del salto expresivo cíclico que se da en la historia de la literatura cuando muchos recursos líricos y esquemas preestablecidos se saturan y entran en oposición. De tal forma, para Ibáñez Langlois, resultaría inexplicable un Villon sin un Dante, un Rimbaud sin un Gautier, un Whitman sin un Longfellow o un Parra sin un Neruda.  

El llamado de una poesía del amanecer, cuyos propósitos deja muy claro Parra en su “Manifiesto” (Los poetas bajaron del Olimpo (…) / A diferencia de nuestros mayores / —Y esto lo digo con respeto— / Nosotros sostenemos / que el poeta no es un alquimista / El poeta es un hombre como todos) se diferencia del ego creador, acultural y ahistoricista de Neruda, anclado en un específico eje creador. 


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La poesía de Parra es dialógica, construida socialmente por “un hombre como todos”. Por eso no debe confundirse con la llamada poesía de la experiencia española, donde el sujeto lírico reproduce de forma estéril desde su “yo” un andamiaje meramente descriptivo de su vivencia.

La claridad de Nicanor Parra es prosaica desde lo verosímil, verificable así como la poesía que uno experimenta en su propia vida: “La primavera devuelve al hombre una parte de las flores desaparecidas”, “Cultivo un piojo en mi corbata / sonrío a los imbéciles que bajan de los árboles”.


José Miguel Ibáñez, Para leer a Parra, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2020, 92 p.


ARTÍCULO PUBLICADO EN "REVISTA Ñ", DIARIO CLARÍN, 3 DE OCTUBRE DE 2020.