Hacer la lluvia | Marta del Pozo

Marta del Pozo Ortea (Avilés, España) es doctora de literatura española por la Universidad de Massachusetts- Amherst y tiene una maestría en escritura creativa por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha publicado los poemarios Escuela de geómetras (Editorial Devenir, Madrid) y Hambre de imágenes (Editorial Alhulia, Granada – Premio Internacional de poesía Antonio Gala). Fue además galardonada con el premio Entreversos de literatura Iberoamericana por su libro Nigredo. En la actualidad ejerce la docencia en la Universidad de Massachusetts-Dartmouth y dirige el proyecto editorial, con sede en Nueva York, Quantum Prose.

 

En esta corta vida
Que tan sólo dura una hora
Qué poco y cuánto
Está en nuestro poder

Emily Dickinson

Algunos de estos poemas están inspirados en los ejercicios
del libro de Kristin Linklater, Freeing the Natural Voice.

Al principio vi una puerta.
Luego un libro del tamaño de la puerta
y a continuación mi cuerpo
con los mismos bordes.
(La llave colgaba al cuello)
Luego vi un pasillo entre mi cuerpo y la puerta.
Un pasillo con la longitud de una lectura
de dieciséis minutos.
Dosificar el tempo y el deseo, avanzar
penetrando la puerta por las hojas del libro
con la posición del guerrero
(las piernas calientes).
Llegué a un silencio,
me incliné y acogí las formas.
Un viento me arrastró hacia el origen
con la mirada dispuesta sobre el marco:
los flancos de mi piel futura.
Volví al punto de partida
con los mundos sutiles bajo el brazo.
Me quedé dormida por un segundo
y por una eternidad atravesé mi sueño.
Haber visto, haber abierto
el libro en la página que dice
(el silbido de un tren
un tren me recorre)

Hacer el palacio

Alinea el esqueleto
con el ojo dado la vuelta:
viaja por los huesos
de los pies y del tobillo
donde se enrosca la serpiente al báculo
(el talón
que no despliega alas, muere).
Luego el ojo que sube por los huesos de la pierna,
la montaña,
donde nos sentamos a contemplar
los costados de la isla
mientras la niebla va cubriendo
el corpiño de la pelvis
y el rocío nos cubre
hasta el mediodía del aire.
Aquí un pájaro se abre
para crecer brazos, muñeca, dedos,
de su pluma descosida
(un ala fantasma que se alarga
desde las falanges) y el ojo
que va subiendo por las vértebras del cuello
hasta llegar a la base del cráneo
donde se amarra la cuerda
que habrás de cortar,
para que la cabeza
como un ojo,
como un globo,
ascienda.

Tantas cosas pasan
bajo las ramas de un sauce
que no preciso ropas,
adornos
ni casa
mientras la nube y el águila
planeen sobre mi cabeza.
(El silbido de un tren
me recorre).
Sólo me casaré
con el que me evite la arruga,
el lecho
y la muerte.
Si mi llamado es verdadero
todo esto habrá pasado:
habré nacido
un diecinueve del segundo mes de Luna,
el rayo de mis ojos habrá incendiado
el vientre de mi madre,
(el palacio).
Mi padre habrá enviado a cortar
mis dos brazos de niña
para que reciba los mil brazos dorados
de la diosa.
(Y una pluma).
Mi nombre es Miao-Shan.
Un tigre me salvó del hacha.

Hacer el ritmo

Que el sonido no se nuble
sobre el lecho de la lengua,
regrese a la garganta
y la voz sea
un decir y un no decir
un titubeo
a la puerta del parto y de las intenciones.
Que avance horizontal
a través de la boca
y que se eleve
como vapor de lluvia o sopa de letras.
Que se confirme
la hipótesis de Gaia:
las vocales (el aire abierto
o estrechado) al ritmo de las consonantes
para que el universo
baile con nuestros cuerpos-onda
la danza de un dragón verde.
Igualmente
la lengua ha de estar relajada
para poder entregarse a la intensidad y al ritmo
con que los pensamientos se articulan
en palabras.

Esta es mi sombra proyectada
sobre las vías de tren: esta es la casa
en la que vivo
al lado de las vías,
(pintada de rosa, verde y amarillo).
Este es un jardín de flores y de piedras.
Estos son Philip y Janet
escuchando música en el porche de la casa.
Janet pinta desnudas
mujeres con coronas de flores.
Philip se encarga de los Delphinium estos días.
Esta es la música
que John compuso para una loba alfa.
(John hace que las montañas lluevan).
Esta es una mañana de verano
en la que un tren pasa
por un pueblo donde una joven dijo
En esta corta vida
Que tan sólo dura una hora
Qué poco y cuánto
Está en nuestro poder.
Esta es la vida
estos son los días
en los que me pregunto
si he conectado con el gran espíritu de una hembra lobo
o con el espíritu de la hembra lobo en mí.

Hacer la lluvia

Catorce son los rayos
que atraviesan la corona
en su camino interno hacia las plantas
de los pies
en el arte de alinear tobillo
rodilla y hueco
de la cadera.
De abrazar el aire
como se abraza un cuerpo colosal
y bajar luego los brazos
con las palmas de las manos hacia dentro.
De cerrar los ojos en esta posición
y comenzar el viaje del descenso:
un río sin presa que utiliza un setenta por ciento
de su energía (todo el agua que somos)
o de llovernos
anegando cada músculo,
cada juntura,
reemplazando la imagen del cuerpo
por pulsión.
Con cada paso que das
hay una nube dorada sobre tu cabeza.

Siento la tierra mojada
bajo mis pies descalzos,
la arcilla que por fin tiñe
mis dedos y mi frente.
Huelo a lo lejos la hierba.
Mi mula también la huele y se despereza.
Los niños de la aldea saltan entre los charcos,
las mujeres sacan los cántaros
a la puerta de las casas de adobe.
Lleva tres días lloviendo sobre mis ojos cerrados,
sobre mi espalda,
en las cuatro direcciones de este círculo de piedra
que mis ancestros trazaron
en la meseta de Pojoaque.
No lloverá
si rezamos para que llueva.
La plegaria consiste en evocar el sentimiento
que la lluvia provoca sobre nuestro pueblo,
el bamboleo
de una rama seca
bajo las primeras nubes.

Colaboración enviada por Juan Carlos Abril | Poesía España | Buenos Aires Poetry, 2021.