Poesía Ecuatoriana Contemporánea | Sandra De la Torre Guarderas (ed.) | Parte 3

La poeta Sandra De la Torre Guarderas (Quito, 1971) preparó esta selección de Poesía Ecuatoriana Contemporánea para Buenos Aires Poetry. En esta tercera parte, se incluyen poemas de Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, 1992), Juan Romero Vinueza (Quito, 1994), Camila Peña Abril (Cuenca, 1995) & Mario Campaña (Guayaquil, 1959).

Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, 1992)

Ha publicado Sovoz (Hanan Harawi, Lima, 2016) y Canciones desde el fin del mundo (Amauta&Yaguar, Buenos Aires, 2018 – Kikuyo Editorial, Quito, 2020). Primer lugar en el Concurso Nacional de Literatura, categoría poesía Libre Libro 2019, y Mención de honor en el Premio Nacional de Poesía Paralelo 0, 2017. Textos suyos aparecen en revistas y antologías digitales e impresas de México, Argentina, Ecuador, Colombia, Venezuela, España y Portugal.

Poemas de Canciones desde el fin del mundo, Amauta & Yaguar, Buenos Aires, 2018, pp.91; Kikuyo Editorial, Quito, 2020.

Mis hermanas son un caballo de hierro en llamas:

No tengo hermanas tengo dos prolongaciones del cielo adheridas a las palmas de mis manos / Cabeza 2 dice que el sexo le duele / que cada vez que un niño es penetrado con engaños su cuerpo se esconde y con él toda luz que pudiera entrar en nosotros / Dice también que no importa las veces que nos digan que todo va a estar bien / ella sabe que no será así / por ello habita la musculatura ósea de las perlas dormidas entre las almejas / Por ello habita el centro de la Tierra y los volcanes / Por ello Cabeza 2 hiede y llora por cada falda escolar que cae en el suelo del baño de un colegio sin consentimiento alguno / Cabeza 3 dice que las niñas también necesitan sexo y que el dolor y la crueldad son los caminos perfectos para alcanzar el rostro de Dios / Dice que por cada niñita que abre sus piernas gentiles para ser penetrada por su padre / un ángel cae al festín macabro / para librar al planeta Tierra de todo dolor / de todo mal / de todo padecimiento / Cabeza 2 llora escuchando a Cabeza 3 / Cabeza 3 se burla de Cabeza 2 y me exige que le abra el cráneo / Obedezco

¿Puedes ver los planetas que se escapan en su sangre?

¿Puedes ver los fetos púrpura y naranja danzar alegremente hacia el camino divino?

¿Puedes ver a mis hermanas hechas añicos acantilarse entre mis dedos?

………………………………………………………………..¿Puedes verlo?

Mi edad es un caballo de hierro en llamas:

Acabo de descender del cielo ¿o acaso no puedes admirar la celestialidad que corre por mis venas? / Dios me ha dicho que no existe y me ha mostrado en su lugar a un hermoso animal ungulado de piel y huesos amarillos / El animal me sonríe tiernamente y yo entiendo el engaño / ofrendo mis uñas a la deidad amarilla y me celebro con cientos de manos nacidas de las nubes / Soy el caballo que olvidaron en la isla me dice / el nuevo y verdadero Dios / Soy todas las yeguas violadas por adolescentes en fincas rurales / Soy tú y todas las travestis gitanas descendientes directas de mi estirpe / de ustedes y para ustedes sea esta fiesta / De ustedes y para ustedes sea mi carne proteica / beban fervientes de cada cuerpo y orinen fuera de los templos para que pueda beberlas / para que a través de su orina me crezca el vientre y pronto la Tierra se convierta en el paraíso anhelado que merecen / únicas hijas mías / Todo lo decía mientras yo reía a carcajadas / Mientras las manos me arrancaban la vergüenza / Puedes ahora servirte de mi cuerpo: soy el cordero de Dios.

Fragmentos de El lenguaje de los huesos (inédito):

¿Recuerdas cómo nos aferramos a la vida ese lunes que intenté huir de tu casa?

1

Dijiste: a veces es necesario aceptar las cosas como son.
Nosotros hablamos un lenguaje disímil.
Ahora que me dueles
en cada uno de los huesos
puedo entender que mi silencio
y la no ruptura de mi cráneo
desemboca en no aceptar los acontecimientos.
Dificultad que me convierte
en un animal extinto
incapaz de formar parte
de alguna manada.

2

Inevitablemente
me enredo en un bucle de preguntas
anillo de huesos recubriendo la estación
donde aguardo para siempre.

3

Sé que no hay nada que esperar
que la vida ha continuado su ciclo.
Las plantas de sábila de los balcones
elevaron sus dedos cristalinos
para recibir al sol
como todos los días.

Sin embargo
yo
espero reducida
a un silencio más enfermo
que la quietud de las olas
antes de tragarse un territorio.

4

Mi abuela presenció aquel silencio
que acarreó consigo el peregrinar de los peces
organizando un festín de ahogo
en la orilla de Las Palmas.

5

Los perros acudieron
al llamado de los picos de las montañas
y los pocos humanos
que no los siguieron
quedaron atrapados
para siempre
en esa bóveda de agua.

6

Mi abuela aprendió desde chica
a sospechar de los silencios.
Por ello cuando reposábamos
en la casa familiar
y no corría viento
ni voces
ella gritaba nuestros nombres
como si se avecinara la muerte.

7

Nosotras respondíamos riendo
o a veces escondíamos las risas
tras las plantas
para causarle un susto.
Entonces
abuela gritaba
y de súbito caía la noche
como una guerra de peces aéreos
convocados por su voz de río.

Juan Romero Vinueza (Quito, 1994)

Ha publicado en poesía: Revólver Escorpión (La Caída, 2016), 39 poemas de mierda para mi primera esposa (Turbina, 2018; Liliputienses, 2020; Mantra, 2020) y Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos] (Liliputienses, 2019), que obtuvo la Mención de Honor del Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade 2019. Compiló, con Abril Altamirano, Despertar de la hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (La Caída, 2017), obra ganadora de Fondos Concursables 2016-2017, Ministerio de Cultura y Patrimonio del Ecuador. Compiló y tradujo, con Kimrey Anna Batts, País Cassava / Casabe Lands (La Caída, 2017).

De Dämmerung [o cómo reinventar a los ídolos], Liliputienses, 2019:

Nunca escuché al señor Simic o comerse a los antepasados aunque se hayan cambiado de nombre

“la historia no miente” o eso es lo que dicen
los que la escribieron / pero tanto en la historia
como en la poesía las personas han optado por
cambiar sus nombres como una forma de borrarse
en la sociedad que los está acogiendo ahora
o tal vez para no levantar sospechas extrañas de por qué
hay un extranjero en un lugar tan irrelevante como este
pero borrarse del mundo no es algo simple ni sencillo
mucho menos cuando eres el resultado de una lista de
personas que borraron sus nombres & se inventaron a sí
mismas nuevamente con otra mitología & otros sonidos
rastrearlos ya no es una opción / porque sería imposible
los nombres que los configuraban ya han perdido significado
lo único que te queda para dizque saber algo de ellas es
sentir que vuelves a ser parte de un nombre que no te pertenece
más allá de un plato de papas con cuero o una chanfaina bien
calientita / que la comes con gusto pero también con el miedo
de saber que en el fondo eso que haces es un acto de canibalismo

De Revólver Escorpión, La caída, 2016:

Autocontrol natural

hoy creé un dios // fue producto de mi locura lectura (tortura)
hoy creé un dios sin atributos // un dios humano // un dios animal //
hoy creé una voluntad mínima y una oscuridad que busca luz

mi dios no es guerrero ni lo sabe todo
es inútil y le gusta leer poesías sueltas que encuentra en un cuaderno de apuntes
él las escribe pero odia reconocerse ahí
crea otros dioses sin atributos y los riega por las hojas
mi dios es como un sol apagado
como un muerto que quiere dar consejos a un niño

los niños no creen en los dioses
sus madres creen que sí y les enseñan a rezar en latín
el niño es su propio dios // un niño es más poderoso que un león

hoy creé un dios // hoy creé un niño
aún no sé quién es ese niño pelirrojo y pecoso vestido de azul
que me mira como diciendo:
«Deja de crear cosas que no puedes controlar»

De 39 poemas de mierda para mi primera esposa, Turbina, 2018:

un poema x

un poema no necesita tener un significado y,
como muchas de las cosas de la naturaleza,
a menudo no lo tiene.
(adagia, wallace stevens)

x
puede ser
una letra / una palabra / una incógnita / un universo
o incluso un poema que busca remitirse a cualquier cosa

no hace falta que exista un fin exclusivo
para el poema que se busca a sí mismo debajo de una piel
ni siquiera hace falta que se piense en si existe una meta
a la cual un poema x se planteó llegar desde un principio

lo único
que le hace falta al poema
(se llame o no se llame x)
es comprender que
lo que ha hecho la poesía durante toda la historia
ha sido básicamente darle vueltas al asunto del ser

de si es o no es poesía esto en lo que la hemos convertido
de si se debe o no se debe respetar
a sus padres / abuelos / y / así / ad infinitum
de si en verdad la poesía no debe ser un reflejo de sí misma
o si debe salir de los más bellos y mejores sentimientos del hombre
(no funciona así, pero hay gente que en verdad se lo plantea)

si nos fijamos bien
–como lectores atentos que suponemos ser–
caeremos en la cuenta de que
un poema x es / a la vez / todos los poemas

si la variable x no tiene
más variables con las que se pueda
formular una ecuación coherente
y / por supuesto / lógicamente desarrollada
x podría ser cualquier cosa

tal como ha venido siendo la poesía
y la vida de los seres humanos

Camila Peña Abril (Cuenca, 1995)

Comunicadora Social. Máster en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura con especialidad en Literatura Comparada, Teoría Literaria y Retórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesora de ballet clásico y bailarina, con experiencia en la creación de obras de danza y proyectos artísticos. Ganadora del II Premio de Poesía Hispanoamericana Francisco Ruiz Udiel con su primer poemario Jardín transparente, Valparaíso Ediciones, 2021.

Serie de poemas inéditos:

El altar de la mujer sin huesos

Este es el altar de la mujer sin huesos, pero los crujidos suenan. Solo somos en el espejo del agua, dice él y dibuja una estrella en su mano. Acostada sobre imágenes, la predilección de su propia pérdida se mueve entre sus dedos como espuma. De su aliento salen pequeños cristales violeta que hieren.

Algunas noches sueña con ser crustáceo, en un mar negro que no conoce la arena. Las olas la llevan y ella quiere liberarse de su caparazón. Quiere ser agua espesa, corriente que no desemboca en ninguna parte. Se despierta pensando para qué sirve su cuerpo.

Por la mañana, el aire todavía sangra. Los niños colocan estrellas de mar rotas en su cama. Ella les muestra su mano vacía, dice aquí estuvo él y la luz salía de mi espalda. Pequeños dedos tocan sus yemas en silencio, no entienden la herida del aire y corren al agua en la hora roja del sol.

Talismanes

En el día de los párpados cosidos, de los párpados cuervos. Una pequeña luz entre los ojos y ese animal con tentáculos que recorre su altar pero no la toca. Flores, flores, como medicina. El olor amargo de su recorrido y ella sin abrir los ojos. Flores, flores, como talismanes. El sonido de los tentáculos, la respiración que consume sus cristales.

Su estrella

Al verla el primer niño lame sus rodillas saladas. Este es mi hogar, en este sabor mi madre me habló de la mujer sin huesos, de la urgencia que tenía de romper el aire. En su altar, la mujer no puede abrir los ojos. El niño se acerca a la ventana. Coloca una estrella y se da cuenta que duele. Rompe dos de sus puntas.

Él cabalga entre algas azules

Recostada sobre flores con espinas. Desde su cuerpo, ese húmedo artefacto para coser la carne, recorre esternones, clavículas y costillas. Partes de hombres que acomoda hasta sentir la sal. Hasta encontrar entre sus labios el sabor de un hueco en donde vivir.

Él cabalga entre algas azules en el agua de la transparencia. Su caballo es de fuego. Las algas lo idolatran, lo llaman padre. Ella toca su pecho y nace una estrella diminuta. La besa en busca de sal pero no encuentra nada.

Él cabalga entre algas azules. La estrella lastima con ausencia frágil, esta noche una costilla, mañana una boca abierta y después. Él cabalga entre algas azules. Después un corazón que bombea azul y la idolatra, la llama diosa. Él cabalga entre algas azules. Lanza conchas en su pecho desnudo, busca que se acomoden hasta el nacimiento de un lenguaje. Él cabalga entre algas azules. El único hogar es su propia sal.

Mario Campaña (Guayaquil, 1959)

Es poeta, narrador y ensayista. Realizó estudios superiores de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona. Es colaborador en revistas literarias de Ecuador, Venezuela, México, Argentina, Estados Unidos, Francia y España. Dirige la revista de cultura latinoamericana Guaraguao. Reside en Barcelona desde 1992. Su libro Pájaro de Nunca Volver recibió el Premio Jorge Carrera Andrade de poesía, 2017.

Poemas de Poesía Reunida 1988-2017, Editorial Festina Lente, Quito 2018, pp. 239.

§

aquí nadie espera nada del alba
ni un nacimiento ni el aire
de anhelados días largos
ni la simple melodía forjada
por una armoniosa repetición

pues si en la imploración de la caída
descubrieran una mano, su mano
después de despertar la soltaría
y si divisaran un horizonte, su vista
lo olvidaría; sus pies se confundirían

si en la mañana o en la noche la luz
y el sendero se descubrieran ante ellos
al cabo buscarían otra luz
otra senda y después otra
hasta alcanzar un lugar indescifrable
en el misterioso bosque de caminos

ni la luz ni la oscuridad en el bosque
frondoso ni el camino ni las írritas
señas del corazón advierten

en espasmos de crepúsculos y amaneceres
el sentido y el saber se desvanecen.

§

en esta carretera del fin del mundo
suena hoy un estribillo pegajoso.

pasea extasiado un hombre solo
contemplando un árbol de fronda roja
translúcido limbo reluciente
y continúa su viaje al fin del mundo.

es el estribillo del fin del mundo
canción con leve candidez silbada
tiene una línea que dice: “la vida es
como un viejo carro en desuso”
y otra más optimista: ha
renacido todo lo que murió
el aciago día del fin del mundo

en el cielo aleve el hombre escucha
abstrusos compases del bien y el mal
imagina recónditas auroras
que nunca ha visto y no verá.

qué cielo esta noche qué último pueblo
solo un espejo continúa alumbrando
las dulces cascaritas del pensamiento.

el pájaro de nunca volver hoy canta
memoriosas ofrendas del porvenir
en el tiempo del fin del mundo.

§

otra vez otra noche farfullando
vastos ruidos, ya vacíos esos crímenes
que se expanden esos viajes, el recuerdo
todo hollado vorazmente con los restos
…….esos diarios ritos del olvido.

escuchar nuestro silencio eso sí que sería bueno
escucharlos uno a uno, aturdidos
todavía por el sueño, tenaz en su designio.

el descarnado drenaje de los años
las voces del escarnio
tempestuosas diáfanas.

su hosco rechinar
su salvaje estruendo.

esos trotes que resuenan en el cielo
esos nuevos compañeros que entre nubes se despiden
continuando sin fin el viaje

adiós muchachos.

sin respuesta aquí en los límites
entre riveras desaparecidas
entre pueblos extintos
esta herencia
tiernos osarios de pájaro y serpientes.

ardan ya casa y ciudad
cielo
corazón y memoria
todo puede cambiar.

Coda

Hoy he despertado presa de un gran sobresalto; un quejido desgarrado ha terminado infiltrándose en mí. Era el quejido de un niño, de un niño que soporta una vieja e insoportable enfermedad. ¿O eran quejidos de una madre?

Esta mañana el cielo estaba despejado y pude ver la montaña con nitidez, ensimismada en su desnuda quietud, lo que resulta alentador después de una semana de niebla sobre el río. Mucha majestad tiene la montaña; con eso parece bastarle. A mí también me bastaría. Pero yo no tengo majestad alguna. Yo nací y crecí en un lugar sin majestad, un lugar llamado Matavilela, y esa es la única identidad que reconozco.

Toda la tarde ha estado cayendo la nieve. Toda la tarde ha soplado un viento blanco.

No me gusta la nieve y ahora el cielo está cubierto de una niebla espesa. La montaña es apenas una sombra blanca y el viento chilla como los cerdos a la hora del sacrificio. Un chillido aterrador que da a la tempestad el aire de fin del mundo. De un apocalipsis blanco.

He aquí que, en medio de la niebla, de la nieve, de los chillidos de cerdos, veo por los cristales a un hombre caminar detrás de una maquinaria que recoge nieve con su pala. Lleva un anorak verde y gorro y guantes negros. Le gusta el negro a este mundo fúnebre. El hombre del anorak verde y gorro y guantes negros se sale del camino. Se detiene junto a un abeto joven; mea contra el joven, de cuyas ramas cuelga la nieve. Cree que nadie lo ve.

Mi amigo el Cojo Pedro, el justiciero rey de mi Matavilela, se acercaría y le pegaría un tiro. Pero Pedro está muerto y el hombre mea impunemente sobre un abeto, sobre la nieve.


Poesía Ecuatoriana Contemporánea | Sandra De la Torre Guarderas (ed.) | Parte 3 | Buenos Aires Poetry, 2021.