«Bulmenia» de Juan Arabia | por Ignacio Oliden

Texto originalmente publicado en Paraphrasis (La Piccioletta Barca 2021) | Ensayo  y traducción por Ignacio Oliden* | Buenos Aires Poetry, 2021

Bulmenia

Yo trabajo de noche, desertando al ogro insaciable
que desfigura a los jóvenes y los deja acéfalos
sin cambiar una bolsa de manzanas por mi cabeza.

Trabajo como el mar, como una sombra,
donde unos gorriones saltan sobre las migas del día
y las golondrinas hacen un escándalo por un pedazo de cielo.

Bebo cianuro y venenos desconocidos,
………porque esta sed no tiene lámparas
y su cáscara se multiplica como la pobreza.

Trabajo como todos trabajan,
sin lograr una estrella, sin saciar una pluma
………perdiendo todos los rumbos
dando pequeñas muertes en partes desiguales sobre mi cuerpo.

………Sin alcanzar tan solo uno de mis sueños
dejo embriagar a unos pocos desamparados, restos esclavizados
que han sido y que por siempre serán difamados
………secados en el aire del crimen.

Extraído de Bulmenia (2022).

—-

Puis, quand j’ai ravalé mes rêves avec soin,
Je me tourne, ayant bu trente ou quarante chopes,
Et me recueille, pour lâcher l’âcre besoin
RIMBAUD: “Oraison du Soir”

Arabia se autoconfigura en esta canción monológica mediante el oficio que le ha tocado, el arte que lo lleva a una actividad perpetua, tal como lo describe el presente del intransitivo “trabajar”. En su escritorio, Arabia perfila su propia obra: este es su barro, que gira continuamente en su rueda, y al que agrega “cianuro y venenos desconocidos” para mantener su plasticidad.
Arabia “bebe” el cianuro, y el verbo en presente, en este caso, da cuenta de la no-muerte, quizás la no-buscada no-muerte. Vemos lo que Harold Bloom llama “la version suicida del whitmanianismo” [the suicidal version of Whitmanianism], presente en ciertos poemas de Neruda, como “Walking Around:

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

Ciertamente, es Neruda a quien trae Arabia, y es con quien escribe. Más particularmente, podría ser el Neruda de “Entierro en el Este”,

Yo trabajo de noche, rodeado de ciudad,
de pescadores, de alfareros, de difuntos quemados
con azafrán y frutas, envueltos en muselina escarlata
[…]

O el de “Unidad”:

Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo,
como el cuervo sobre la muerte, el cuervo de luto.

Pero ni Neruda ni Arabia trabajan en la noche real, ni los muertos son los verdaderos muertos, sino que ambos habitan la otra noche, la noche de la conciencia de las multitudes, la que es imagen de la muerte. Arabia entrega su poesía, entrega sus lágrimas y su borrachera, sucio todo con cianuro y tinta y el germen corruptor de la ciudad del hombre, y deja que las beba otro, un colega tal vez, pero un compañero trasnochado al fin, alienado del orden cotidiano. Es este sacrificio lo que permite experimentar el lenguaje, enfrentarse a él, sobrevivir, y luego, junto con el resto de los desamparados, sentar una base, o una “escuela” poética.
Es trabajar a la luz de una lámpara, en una habitación que es una estampilla de oro vista desde una calle de San Telmo, pero que apenas contradice la oscuridad del callejón; es obedecer la tarea diaria para justificar una existencia. Arabia debe beber el cianuro para producir, y producir poesía para existir. Pienso ahora en Rimbaud, quien también trabaja de noche como Neruda y Arabia; Rimbaud, quien comienza “Oraison du Soir” diciendo: Je vis assis [vivo sentado], y que, como el argentino, bebe su combustible para trabajar, y trabaja “empuñando el chop”.
¿Y qué hay del barro del poeta? ¿Qué hay de la obra que se ha estado robusteciendo y que seguirá insatisfecha? La pluma no se sacia, la sed no tiene lámparas, tal como la de Rimbaud; el poeta continúa dando forma al barro de su barro en ese giro perpetuo, “girando sobre sí mismo”. Aquí, Arabia, Neruda y Rimbaud me recuerdan a la bestia en el desierto de Stephen Crane:

(…)
Quien, en cuclillas sobre el suelo,
sujetaba su corazón en sus manos,
y comía de él.
Dije, “¿Esta bueno, amigo?”
“Está amargo-amargo,” respondió;
Pero me gusta
Porque está amargo
Y porque es mi corazón.”

[Who, squatting upon the ground,
He held his heart in his hands,
And ate of it.
I said, «Is it good, friend?»
«It is bitter–bitter,» he answered;
«But I like it
Because it’s bitter
And because it is my heart.»]

 
* Ignacio Oliden (Buenos Aires, 1997) publica sus ensayos, poesía, cuentos, y traducciones en la revista literaria La Piccioletta Barca (Cambridge, Reino Unido) de la cual es editor.

Máscara del Poeta (Residencia en la tierra, Nascimento).