Ronda por tres caminos para un amigo viejo | Alejandro Aura

Alejandro Aura nació en la Ciudad de México, el 2 de marzo de 1944; muere en Madrid, España, el 30 de julio de 2008. Dramaturgo, narrador y poeta. Fue profesor del laboratorio de Montaje Escénico en la ffyl y de talleres de poesía en la Galería Paula de Allende (Querétaro), Casa del Lago y la uam-x; director y guionista de teatro, radio y televisión. Conductor y autor de los programas “Azul”, “En su Tinta”, “Entre Amigos”, “Un Poco Más” y “De Cine y Literatura”; director de Teatro y Danza de la unam; actor y director de innumerables obras teatrales, televisivas, de radio y cine; director del Instituto de Cultura de la Ciudad de México; director del Instituto de Cultura de México en Madrid. Fundó el Club Nacional de Lectura “Aureolas” (1995) con 45 sedes en la República. Fundó, junto con Carmen Boullosa, el Centro Cultu-bar El Cuervo y El Hijo del Cuervo. Colaborador de Cuadernos del Viento, El Nacional, Esther, La Cultura en México, La Palabra y El Hombre, México en la Cultura, Pájaro Cascabel, Revista de Bellas Artes, Revista de la Universidad de México y Volantín. Becario del cme, 1964. Premio Único del Concurso Nacional de la Juventud 1969 por La calle de los coloquios. Premio de Poesía en el Concurso Literario de la Juventud 1971. Premio Latinoamericano de Cuento 1972 por Los baños de Celeste. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1973 por Volver a casa, poemario que se incluye en la compilación Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1968-1977, Joaquín Mortiz/Gob. del Edo. de Aguascalientes/inba, 1997.

Ronda por tres caminos para un amigo viejo

Uno:

Efraín Huerta,
agua del mar,
botella vieja,
eras mi amigo, camarada.

Íbamos a mirar el bosque
plantado a partir de tu ventanas
y recibíamos en silencio la paz de los humanos.
De hombre a hombre, botella,
estuve entonces quieto y convencido.

Hago como que no me acuerdo
para no estar triste.
Pero la mano me sigue siendo piedra y flor
y sigo siendo alegre y tonto
con un gallo de viento en la cabeza.

Pero digo, paisano,
yo era el último cristo de tu especie.
Qué vas a hacer ahora
que nadie te pregunte de todo corazón
por un acento.
Qué vas a hacer tan solo en el espacio.

Te hiciste polvo
para que todos te respiren, Huerta,
para que andes anónimo en la tarde
con tus millares de palomas blancas,
con tus azaleas camina que camina,
con tu novia urbana de piedra y geografía;
polvo te hiciste
para entrar en el muslo de las niñas
a oír el aria del misterio,
para entrar en las axilas torcazas
de la ciudad en que vivimos.

Hulla te hiciste, astuto,
y vuelas rondas las camisas de los tenderos
y rondas mi corazón un poco
y rondas las casas de los pobres
como una paloma de San Juan
que tiene frío.

A secas dejaste en el pan de ser mi amigo,
en el camión, en la garganta,
en este siglo
y en la lluvia y su dios aquel de piedrota.

Agua del lago viejo,
sacristán de qué campanas,
me acuerdo bien de que nos dimos la mano
muchas veces.

Dos:

Ah sobre mi amor empapelado
cayó una golondrina,
tú le rompiste el nido, idiota,
tú le rompiste el mediodía
buscando sus caderas.

Ahora me detengo un poco, vengo al mundo un día de mayo,
subo a la tierra de mis gentes, canto:
Yo te apesto desde ahora para siempre que te nombre.

Y eso no era todo,
que en mis manos rondaban los machetes.

Tres:

Pero luego moriste en calles ácidas, dobladas,
junto con ellas agonizaste de un amor a todas las flores
de las ciudades
donde aún quedaba una flor,
una muchacha viva, un hombre vivo,
alguien con su leucemia bebiéndose su siglo veinte
en una sola noche loca y miserablemente azul.

Luego moriste a golpes políticos y hembrunos;
borracho y descamisado fuiste a dar con tu osamenta preciosa
en pétalos duros de la soledad.

Entonces resonó lo que en el día y la noche
y amplio y sereno
y del hombre al hombre suena.

Entonces pasaron las historias neutras;
datos y fechas fueron corridos por necios de la fiesta.
Se te acabó la biografía, cuate,
te iluminaste,
poeta, nardo, carcacha,
te iluminaste con las palabras puestas en el lugar en donde
nacen las palabras;
te pusiste a inventarlas y acertaste
y así se fue desparramando el mundo por la tierra.

No tiene más anécdota esta historia,
es una pura manera de cantar.

Jueves y viernes,
para siempre,
se habrán de encargar de tu memoria.

Extraído de Poesía joven de México, México : Siglo Veintiuno Editores, 1978, pp. 17-20 | Buenos Aires Poetry, 2021