Tiempo del hombre & otros poemas | Atahualpa Yupanqui

Atahualpa Yupanqui, nombre artístico de Héctor Roberto Chavero​, fue un cantautor, guitarrista y poeta argentino. Es ampliamente considerado como el músico argentino más importante de la historia del folklore.​​​​​​​​​​ En 1986 Francia lo condecoró como Caballero de la Orden de las Artes y letras musicales.

En París, se vinculó con distintos artistas e intelectuales del momento y conoció a Edith Piaf, quien lo invitó a participar en sus conciertos, y logró seducir al público parisino. En 1950, obtuvo el premio de la Academia Charles Cross, de París, al mejor disco folklórico del año. En 1952, renunció al Partido Comunista y, en 1953, se levantó su proscripción, y volvió a grabar en forma sostenida y realizó numerosas presentaciones en Buenos Aires y el interior del país. En la década de los sesenta, se consolidó su fama internacional; Japón se rindió ante el músico y poeta; ganó en dos oportunidades del Premio Charles Cross al mejor disco extranjero (1968 y 1969). De allí en adelante, el reconocimiento de su propio país, América y Europa se vio plasmado en una serie de premios y homenajes.

Falleció el 23 de mayo de 1992 en Nimes, Francia. Dos semanas después, el 7 de junio, sus cenizas fueron entregadas a la tierra del Cerro Colorado, provincia de Córdoba.

TIEMPO DEL HOMBRE

La partícula cósmica que navega en mi sangre
Es un mundo infinito de fuerzas siderales.
Vino a mí tras un largo camino de milenios
Cuando, tal vez, fui arena para los pies del aire.

Luego fui la madera, raíz desesperada.
Hundida en el silencio de un desierto sin agua.
Luego fui caracol, quién sabe dónde.
Y los mares me dieron la primera palabra.

Después, la forma humana desplegó sobre el mundo
La universal bandera del músculo y la lágrima.
Y brotó la blasfemia sobre la vieja tierra.
Y el azafrán, y el tilo. La copla y la plegaria.

Entonces vine a América para nacer un Hombre.
Y en mí junté la pampa, la selva y la montaña.
Si un abuelo llanero galopó hasta mi cuna,
Otro me dijo historias en su flauta de caña.

Yo no estudio las cosas, ni pretendo entenderlas.
Las desconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.
Converso con las hojas en medio de los montes
Y me dan su mensaje las raíces secretas.

Y así voy por el mundo, sin edad ni Destino.
Al amparo de un cosmos que camina conmigo.
Amo la luz, y el río, y el camino, y la estrella.
Y florezco en guitarras, porque fui la madera.

EL ANDAR

A veces no comprendo mi rodar por el mundo
Este medir la tierra, y el camino y el mar.
Esto que siento simple, se ha tornado profundo.
Voz que ordena mi paso, más allá, más allá.

Hasta donde conozco soy un ser sin marinos.
Gentes sin pasos largos ni fronteras vencidas.
Manos que aprisionaron un sueño campesino
De melgas y picanas, y relinchos, y bridas.

Por qué admiro vastaños, y encinas, y hondos mares
Y aquel idioma extraño, y el violín que agoniza.
Si una bárbara lengua de pampa y trebolares
Me dio a beber guitarras que se hicieron ceniza.

De dónde llega, entonces, la aventura del viaje,
Si nada ha estado lejos, -quizá una cordillera-.
Y esta dulce mentira de mudar los paisajes
Que son siempre los mismos: Inviernos, primaveras.

A veces no comprendo por qué camino tanto
Si no he de hallar la sombra que el corazón ansia.
Quizá un profundo acorde, profundo como un llanto
He de escuchar un día. He de escuchar un día…

París, 1970.

VACACIONES 1971

Listos están el libro y la maleta.
Y este sol que nos quema cada día.
Y el oscuro madero donde guardo
el sueño, y la esperanza, y la agonía.

En mi ventana dice adiós la rosa.
Y el jeráneo se enciende en despedidas.
Pero me voy sin libros ni maletas,
ni guitarras que canten todavía.

Me voy por los caminos del adentro.
Montaña y mar, y selva, y soledades.

Esta es mi vacación. No la he buscado.
Pero vino hacia mí, por los cuadernos
de las constelaciones interiores.
Para decirme: vamos. Es verano.

Vamos hacia el recuerdo que olvidamos.
Vamos hacia la esquina del minuto
que ya no viviremos. Pero vamos.

El corazón es siempre aquel castillo
lleno de recovecos y misterios.
Con escaleras que se pierden, lejos.
Peldaños de cristal, prismas de sueños.

Llevemos un capote
Porque estará lloviendo
viejos llantos de luz y de caminos.
Y de piedras, donde una vez dijimos
nombres sagrados del amor escrito.
Y del dolor que dura en carne viva.
Y del adiós aquel. Y del olvido.

Dejemos la guitarra, que rezar ya es inútil.
Que nazca el salmo como un árbol piensa
sin viento que lo agite.
Sin nido que le cante.
Sin que el aire le pinte preludios en la tarde.
Vacación de hombre solo, y dentro de uno.
El corazón como un castillo antiguo.
Tiempo de un aire azul, como una noche
en la que caben todas las historias.

Todo aquello que somos y seremos.
Todo aquello que fuimos.
Y la ventana quieta en que estaremos
mirando un sol dormido en el paisaje.
Hasta que llegue un viento que nos vuelva.
Y el otoño nos hable del regreso.

París, julio de 1971.


Atahualpa Yupanqui, El Payador Perseguido, 1979, Compañía General Fabril Editora: Buenos Aires | Selección de Ignacio Oliden | Buenos Aires Poetry 2022