Sobre Love Song, por Carolina Marcucci

LOVEhoy

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“Todos los poemas nacen del amor; incluso aquéllos que transmiten el mal tienen en el fondo una forma de amor hacia el mundo. Estoy totalmente convencida… Y si no es así, lo siento por esos poetas.” Estas palabras de la poeta Wislawa Szymborska son la respuesta que dió al origen de sus poemas. Una declaración de principios difícil de invalidar por quienes leemos poesía. En este principio, como declaración y origen, nos propone no sólo leer la poesía como un acto estético, sino por sobre todo como un acto ético ¿Acaso es posible la poesía sin corazón, o un corazón sin poesía? ¿Acaso los sentimientos, las experiencias y las verdades son posibles de representar de una manera mejor? ¿o de sobrevivirlas?

Love Song, –Canción de amor–, este maravilloso libro que nos convoca de esta poeta, narradora y amiga Florencia Abbate, sostiene estos principios rotundamente, en esta doble propuesta que bien resume Szymborska en sus declaraciones. Es una enorme gratitud, como lectora, como lectores, sentirnos leídos en esa experiencia intransferible pero que nos atraviesa a todos: el amor. En sus poemas, Abbate propone sumar otras voces a su propia voz, para evidenciar ese territorio en común que sólo el lenguaje poético es capaz de subvertir aun en su propia limitación; y la poesía, creo no equivocarme, es el único género capaz de sobreponerse y generar una onda expansiva, como una gran ola oceánica que avanza y se retira a la vez, que nos permite compartir esa experiencia en un “yo” que es “otro” pero que me devuelve a “mí”. Desde su propia voz catalizadora de esa experiencia y esa suma de otras voces, de otros poetas, las nuestras, las de todos, Florencia Abbate busca una respuesta en el tema y sus variaciones. Como aquella casa habitada, a la que se refería Emily Dickinson, “que en su única posibilidad, tiene más puertas y ventanas que la casa de la razón.”

La primera línea del poema con el que abre este libro dice: “Quisiera enviarte una respuesta/ precisa y leve”, mapa del amor, perdido desde un comienzo, que nos sumerge en esa búsqueda, que lejos de ser breve y leve, emprende un largo camino lleno de preguntas, en esa dimensión amorosa sin respuestas, tratando de encontrarlas donde sólo son posibles de encontrar: en la hendidura del lenguaje poético. El surco que deja la hendidura de los poemas de Abbate, nos va a acercando algunas respuestas dispersas de ese mapa: “para llevarte hasta el punto donde el tiempo / se replegó en un instante”, dice, y es en ese punto que sus poemas nos llevan a emprender un viaje exacto y “extraordinario” hacia el lugar de intensidad al que ya no se puede volver, pero al cual sin embargo retornamos a través de sus versos.

Aunque en las despedidas de amor, nada, al menos pareciera, padecerse más que ese lugar de ausencia que se hace presente cada vez que intentamos retener/lo. Los versos de esta canción de amor nos permiten avanzar a fuerza de relámpagos, como puentes que nos tienden con ese lugar sin retorno, como cuando dice, por ejemplo: “Y ahora, cada noche cuento las estrellas/ Y cada noche obtengo el mismo número. / Y cuando ellas no vienen para que las cuente/ cuento los agujeros que dejan.” Desde ese mapa de estrellas ausentes, escribe en otro poema: “Recuerdo ese filo soberano / de lo que no se comprende” […] “tendidos somos dos cielos en el agua / y la palabra es nuestra sola ausencia”, fragmento donde el discurso es vaciado por la incomprensión y la felicidad del amor. En otras estrofas se abre paso la ironía, tomando atajos que llegan al mismo lugar: “Yo, la enamorada de la escalera de incendios, / cuando hay demasiado calor en el aire / y los pasillos angostos se prolongan / como un argumento tedioso / mientras reconocemos azares en las nubes / que se van oscureciendo / y el sonido de todas las palabras / se arremolina en un sofoco.” Ese cuerpo trazado en el texto, atravesado por encuentros intensos y desencuentros, la lleva a una bellísima paradoja poética, donde se pregunta: “Cuánto lenguaje soporta / el cuerpo. Ajado / pero sin sonar a roto”.

Rilke decía que el amor son “dos soledades que se protegen, se completan, se limitan y se inclinan la una hacia la otra.” El amor no es lo contrario a la soledad: es la soledad compartida, habitada, iluminada –y a veces ensombrecida– por la soledad del otro. Y en este sentido, el poema XIX, una maravillosa variación de un poema de Cavafis, nos propone reencontrarnos en ese estado propio, en esa esencia que habitamos todos, y a la que sólo es posible retornar si somos capaces de decir, como escribe la poeta: “Disfruta por última vez los acordes. / Y despide, despide a los que pierdes”. Como un vector regente de ese mapa perdido del que hablábamos al comienzo, estos poemas nos redoblan la apuesta del amor desde la abrumadora realidad de que podemos vivir otro, si somos capaces de despedir.

Por último, no quisiera dejar de subrayar una figura curiosa que introduce la autora en dos de sus poemas: la figura del abuelo como huesos de esas voces, que hacen eco en las letras de Homero Expósito y que, casualmente o no, Florencia Abbate las destiñe de la nostalgia típica de las letras de tango cuando al terminar el libro escribe: “Es así, decías, todo o nada. Y no pienso discutir esa fórmula. A punto de partir, ya sé, nuestros ojos sonreían para siempre en la distancia”. En esa esencia dialógica que tiene la manifestación del lenguaje en la poesía, me voy a hacer eco de las palabras de Paul Celan en su discurso de Bremen, todos los poemas se pueden leer “como una botella arrojada al mar, abandonada a la esperanza -tanta veces frágil, por supuesto- de que cualquier día, en alguna parte, pueda ser recogida en una playa, en la playa del corazón tal vez.” Y “Love song”, esta canción de amor sería el caso, porque los poemas de este libro llegan a esa playa del corazón.

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Δ Este es el texto que leyó Carolina MARCUCCI en la presentación de Love Song, de Florencia Abbate ——- Buenos Aires, 2014.