Lewis Mumford, por Hernán Bayón

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Nacido en 1895, en Flushing, Queens, Lewis Mumford fue quizás una de las voces más lúcidas del pasado siglo XX, uno de los últimos humanistas que apoyado en una erudición enciclopédica y un firme timón moral se convirtió en un profeta de los peligros de un autoritario desarrollo técnico. Pero por sobre todo, fue un intelectual crítico que nunca se alejó de los problemas cotidianos de los ciudadanos comunes ni de los desafíos de reorganización que planteaba enfrentar toda crisis social. Su erudición y sus creencias morales nutridas por el anarquismo eran mucho más que reflexiones impresas en libros, eran la conciencia clara de ideas que en su lenta y segura elaboración se volvían el canto inagotable de una fuente de pensamientos luminosos, la potencia incansable de una fuerza de la naturaleza. Hijo ilegítimo de una empleada doméstica, de familia intensamente pobre, Mumford creció en Long Island bajo la tutela de su abuelo. Según relata en su autobiografía Sketches from Life: The Autobiography of Lewis Mumford (1982) cursó estudios secundarios en una escuela técnica de Nueva York, y aunque asistió a diversos cursos de filosofía, geografía, arquitectura y urbanismo nunca llegó a graduarse. Quizás poco le interesaban las medallas intelectuales de ciertas meritocracias institucionalizadas.  Su  escuela era otra, eran sus libros de aventuras, sus tempranas charlas con su abuelo, y las fértiles experiencias que descubría en sus paseos por la ciudad de Nueva York, en definitiva: su predisposición natural a ir en contra de los lugares comunes, de desmitificar lo instituido, lo convencional y tradicional y socialmente aceptado. No era raro entonces que el joven Mumford se convirtiera en un autodidacta. Su camino estaba en la excepción, en la transgresión de antiguas ideas (que consideraba erróneas) que  lo llevaron a pensar desde nuevos puntos de vista la técnica, la arquitectura y la ciudad. Mumford pensaba a la ciudad como un organismo vivo, y veía en las colosales movilizaciones y organización de los hombres en ciudades y construcciones gigantescas máquinas humanas. Su refinado estilo de escritura, preciso y rico en metáforas, parece dar cuenta de su forma de pensar, de esa amplitud conceptual donde cada coma parece una breve respiración que busca la fuerza para impulsarse en las profundidades oceánicas de una idea. Historiador, sociólogo, filósofo, filólogo, urbanista, el espíritu de Lewis Mumford provenía de un antiguo linaje de humanistas que entendían al mundo desde una concepción del hombre que no se restringía únicamente a los saberes especializados de las ciencias sociales. Desconocida para algunos, su pasión por la literatura, por Whitman, William Blake o Tolstoi (el cual lo había maravillado por su novela La guerra y la paz) lo llevaron una y otra vez a ejercer esporádicamente la crítica literaria. Su biografía de Herman Melville es quizás el claro ejemplo de lo serio que se tomaba al llegar hasta el fondo de un tema. Lo que en un principio había comenzado como un simple trabajo crítico pedido por encargo sobre la obra de Melville, lentamente se transformó en una investigación sobre la vida del escritor donde llegó hasta a leer los diarios de Melville y a conocer a la única hija viva del autor de Moby Dick. Según cuenta en su autobiografía, Mumford solo pudo entender a Melville y a su obra cuando formó parte de la Marina y vivió en primera persona una parte de ese mundo que tan intensamente se describía en la búsqueda demencial de una ballena blanca por los océanos del mundo. Parecía que para hablar de una vida y de una aventura épica había que vivir aunque sea proporcionalmente una parte de ese universo de mar, puertos, tierras lejanas y soledad. Bien mirado, ese derrotero vital entre vida y literatura tenía plena coherencia para Mumford ya que en última instancia su conocimiento estaba construido desde las bases de su experiencia de vida y el trabajo continuo de investigación de lectura y escritura.

Δ BAYÓN, Hernán «Lewis Mumford», en Buenos Aires Poetry N° 2, Buenos Aires, 2014.

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