Poesía y revela-ción, por Emma-nuel Taub

poesía

 mas oscuro

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En su conferencia “Palabras sobre poesía” de 1927, Paul Valéry vincula la “emoción poética” con la “sensación de universo” y el universo de los sueños, y dice: “el estado o emoción poética me parece que consiste en una percepción naciente, en una tendencia a percibir un mundo, o sistema completo de relaciones, en el cual los seres, las cosas, los acontecimientos y los actos, si bien se parecen, todos a todos, a aquellos que pueblan y componen el mundo sensible, (…), en una relación indefinible, pero maravillosamente justa, con los modos y las leyes de nuestra sensibilidad general. Entonces esos objetos y esos seres conocidos cambian en alguna medida de valor. Se llaman unos a otros, se asocian de distinta manera que en las condiciones ordinarias. Se encuentran (…) musicalizados, convertidos en conmensurables, resonantes el uno por el otro. Así definido, el universo poético presenta grandes analogías con el universo de los sueños”.[1]

Podríamos sugerir, retomando las palabras del poeta francés, que este sentido maravillosamente imposible de los sueños, es también de la palabra poética: hacer cercano –amables, humanos– los universos incognoscibles, el mundo-naturaleza, los rostros del hombre, los nombres de Dios, lo inefable. Más aún, es ésta la experiencia de tránsito por lo inefable; la sensación de reconocer un universo en las cosas que siempre hemos tenido frente a nosotros, pero diferente: un “como si…”, que renueva en el lenguaje cada cosa, una con otra, como si… las relacionara extrayéndolas del mundo cotidiano para reconducirlas al universo de una experiencia distinta: experiencia poética.

Es la percepción del mundo como si… fuese otro mundo, pero sin dejar de ser el mismo. Desgajando las capas que lo conforman. Esto, podríamos decir, es la experiencia también de lo divino, de lo inefable en el lenguaje. Extraemos los seres, las cosas, los acontecimientos, los actos, de su tiempo ordinario y de su espacio tradicional para mirarlos y percibirlos desde otra dimensión. Es allí en donde estamos sintiendo y mirando el mundo y el hombre desde otra espacialidad: el acontecimiento inefable es aquel que sólo puede reconocerse recapitulando las dimensiones tradicionales del espacio/tiempo y ubicándonos en el centro de la experiencia reveladora de la creación y la revelación; sabiéndose parte viva del vínculo entre Dios, el mundo-naturaleza y el hombre.

Entonces, ¿hay una relación entre la experiencia poética, los sueños y lo inefable, o seaen palabras del propio Valéry: “el seno mismo de las tinieblas en las cuales se funden y se confunden lo que es de nuestra especie, y lo que es de nuestra materia viva, y lo que es de nuestros recuerdos, y de nuestras fuerzas y debilidades escondidas, y lo que es, en fin, el sentimiento informe de no haber sido siempre y de deber cesar de ser, que se encuentra eso que he llamado la fuente de las lágrimas: LO INEFABLE”.[2]

En su libro sobre los sueños, el gran escritor suizo Robert Walser relata justamente uno de ellos al que llama “un poeta”. Escribe: “cuando tenía veinte años solía sentarme a la mesa muy pensativo y escribía versos, mientras apoyaba la cabeza en la mano, porque a veces el arte poético se me resistía”.[3]

La poesía, o aquello que llamamos arte poético –retomando este fragmento walseriano–, está conectada con eso otro que llamamos “inspiración”, algo que se encuentra más allá del lenguaje, y del mundo, más allá de la humanidad más humana, y que uno intenta aprehender con este lenguaje –humano, demasiado humano– que tenemos. Esta aprehensión del mundo es la tarea del poeta y la poesía. Ese mundo-naturaleza que no es humano, y que por ello es mundo; ese mundo que siempre ha estado allí, cuando ni siquiera teníamos palabra para llamarlo y nombrarlo. Más aún, la tarea del poeta es apropiarse de este mundo, anarquizándolo en la palabra. Hacer presente en el lenguaje el mundo para ordenarlo necesita antes del caos propio de la palabra que lo toma. Apropiarlo, humanizarlo, incluye en el mismo gesto de ensoñación una liberación del hombre, una anomia. Como el caos antes de la creación, como el sueño y la palabra: antes del hombre habita el caos y la anarquía. Ese sentido de apropiación liberadora –como el sueño– es el sentido de lo habitable y amigable al hombre. Hacer del mundo-naturaleza un “lugar” donde pastorear al lenguaje y aproximarlo al hombre, pero al mismo tiempo, obligarlo a alejarse del humanismo del hombre. La anarquía es la condición de existencia del alma, y su virtud. Se puede pastorear al hombre, pero no al alma.

[1] VALÉRY, Paul. Teoría poética y estética, Trad. Carmen Santos, Madrid: La balsa de la medusa / Visor, 1998, p. 137.

[2] VALÉRY, Paul. Diálogo del Árbol (edición bilingüe), trad. Rodolfo Alonso, Córdoba: Ediciones del Copista, 2004, p. 45.

[3] WALSER, Robert. Sueños. Prosa de la época de Biel (1913-1920), trad. Rosa Pilar Blanco, Madrid: Ediciones Siruela, 2012, p. 171

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Δ TAUB, Emmanuel «Poesía y revelación: lo inefable, el sueño, el mundo» (Fragmento), en Buenos Aires Poetry N• 2, Buenos Aires, 2014.

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