Walden, de Henry David THOREAU – por Antonio Casado da Rocha

Walden lleva casi un siglo entre nosotros, y hay quienes, como el escritor vasco Ramiro Pinilla, todavía lo consideran como su Biblia, su libro de cabecera (Guelbenzu 2005). La primera edición española de este clásico de Thoreau data de abril de 1907, cuando se tradujo su capítulo “Solitude” en el segundo número de Renacimiento, una revista publicada en Madrid. Antonio Machado, colaborador habitual a la sazón, escribió para ese mismo número una reseña en la que recomendaba a todos los “intelectuales españoles” la lectura de Walden como la obra maestra de un “intelectual que soñó como latino y como sajón puso en práctica su sueño” (Machado 2001: 217).

La primera edición francesa de Walden es de 1922, y en cuanto a las ediciones en alemán, las publicadas en 1897 y 1905 no incluyen ningún dato que haga pensar que Machado las manejó. Es casi seguro que el poeta leyó una edición inglesa (Thoreau 1886), probablemente en el ejemplar que se encuentra en la Biblioteca Nacional, lugar que solía frecuentar casi diariamente en aquellas fechas. La mayor parte de las citas que Machado incluye en su reseña proceden directamente de la introducción a esta edición.¹ Tras aquella primera y parcial versión, en estos noventa y ocho años Walden ha seguido contando con lectores españoles y se han sucedido las ediciones, pero, como se lee en esta última, “una generación abandona las empresas de otra como naves varadas” (68). Lo mismo podría decirse acerca de las sucesivas generaciones de editores de Walden, que se han acercado al libro desde presupuestos muy diversos y a menudo divergentes. Pero antes de entrar en esa historia quizá debiéramos decir unas palabras sobre el autor del original.

Como es sabido, Henry David Thoreau (1817–1862) vivió y escribió durante algo más de dos años en una casa que se había construido en las orillas del lago Walden,² en las cercanías de Concord, Massachusetts. Su lugar de trabajo favorito era “una agradable ladera, cubierta de pinares, a través de las cuales veía la laguna, y un pequeño claro en los bosques de donde surgían pinos y nogales” (93). Además de escribir y visitar con frecuencia a familia y amigos, Thoreau cultivaba un pequeño huerto y trabajaba por horas para ganarse algún dinero. Tenía “tantos oficios como dedos,” y al acabar su jornada era “libre de dedicarse a su búsqueda elegida, independiente de su trabajo;” a diferencia de “su contratante, que especula de mes en mes, [y] no conoce tregua de un extremo al otro del año” (110, 120).

Thoreau mantuvo hasta el final de su vida una relación ambivalente respecto a sus contemporáneos, a quienes se sentía inevitablemente unido pero reprochaba “la vida mezquina” y la falta de valor para “vivir deliberadamente” (138, 143). Esta última expresión se refiere al esfuerzo por elegir de manera consciente y adueñarnos de nuestra existencia, cada uno buscando su propio camino en pos de lo que R. W. Emerson, amigo y mentor de Thoreau, denominó en su libro Nature “una relación original con el universo.” Esta búsqueda de la autenticidad no está reñida con la sociabilidad (Casado 2004); Thoreau se instaló en Walden para vivir deliberadamente, pero se fue de allí para continuar ese experimento cuando comprobó que “tenía otras vidas por vivir” (347).

El mundo de Thoreau comenzaba a parecerse mucho al nuestro: el ferrocarril y el telégrafo provocaron en los EEUU una globalización económica a pequeña escala, y se ensanchaba la brecha entre el Norte libre y el Sur esclavista. Algunos de sus contemporáneos, Emerson por ejemplo, encontraron las raíces de esos problemas en la filosofía del progreso optimista que se enseñaba en Harvard, y fundaron en Concord un movimiento de oposición que llamaron trascendentalismo. De entre todos ellos, quizá fue Thoreau el que más radicalmente se dedicó a vivir de espaldas a lo que él llamaba “este inquieto, nervioso, bullicioso, trivial siglo XIX” (353). No obstante, podría defenderse que es precisamente la sociedad moderna la que hace posible el concepto de libertad que propone Walden. Thoreau afirmaba que la civilización era un verdadero avance, pero que sólo unos pocos sabios aprovechan las ventajas de ese progreso (85); los demás están esclavizados por él.

Thoreau, que en su diario reconocía tener una lista de fracasos como para animar a cualquiera (1992: 340), sabía que los visones de Walden eran capaces de morir tras haberse amputado ellos mismos varias patas, una salvaje mutilación producto de sucesivas caídas en diferentes cepos. Por eso escribió que la mayoría llevamos una vida de silenciosa desesperación: de la desesperada ciudad vamos al desesperado campo, donde para consolarnos, se nos dice en Walden, sólo tenemos “la valentía de los visones y las ratas almizcleras” (65). Para superar la desesperación, Thoreau buscó en Walden su voz propia; armado con ella, relató su estancia en la laguna utilizando el ciclo de las estaciones como guía y sacando dos y hasta tres sentidos a las palabras con el fin de provocar a sus vecinos. No deseaba hacer una “oda al abatimiento” al estilo de la Dejection de Coleridge, sino alardear como gallo mañanero para provocar una reacción entre esas personas cuya vida era una constante penitencia (133, 62). Este símbolo de Thoreau, tan madrugador como el que más entre los gallos de Concord, define su misión como escritor: despertar a sus vecinos de todo sueño dogmático, incluido el del progreso ilustrado.

El joven W. Ellery Channing, compañero de correrías de Thoreau y autor de su primera biografía, contaba que su amigo se reía como Shelley, con un estruendo que podría partir una jarra (1873: 258). Además de importar el romanticismo europeo, los trascendentalistas comenzaron a traducir los clásicos de Oriente, y un amigo inglés regaló a Thoreau lo que en su tiempo fue la mayor colección personal de libros orientales en toda América (Casado 2005: 113). En todos sus escritos abundan las citas de Confucio y de los Vedas y, aunque su trasfondo cultural es el cristianismo protestante y los clásicos de Occidente, su pensamiento es bastante ecuménico, lo cual explica en parte la fascinación que causó en Gandhi o Martin Luther King. Pero Thoreau no solía asistir a los servicios religiosos, aunque una vez sí lo hizo por ser el pastor amigo personal de Emerson. “El predicador lo hizo mejor que la media,” escribió después Thoreau, “pero la hermosa vista sobre la bahía de Boston lo hacía mucho mejor aún” (1958: 135).

Volvamos ahora a la historia de Walden en Hispanoamérica. Tras el capítulo traducido en 1907, la primera versión íntegra de Walden al castellano se publicó en 1945. Siguieron la de Justo Gárate para Espasa Calpe Argentina (1949) y la de Carlos Sánchez-Rodrigo para Ediciones del Cotal (1983), que ha sido hasta ahora la disponible en el mercado español en diferentes reimpresiones (1989, 2002).

Traducir el original Walden de 1854 a otro idioma es una empresa difícil, si no desesperada, porque el inglés de Thoreau es especialmente denso en alusiones, a la vez que conciso y pegado al terruño. El intento de importar la flora y fauna de Nueva Inglaterra a otras orillas trae consigo enigmas aparentemente irresolubles: si los pouts de Walden han de traducirse como “fanecas,” como mantienen los traductores anteriores, o como “abadejos,” según los actuales, o en qué clase de fruta silvestre haya de convertirse la americana huckleberry, la baya favorita de Thoreau.

En el caso que nos ocupa, era de esperar que una nueva edición de Walden corrigiese algunos errores y omisiones de las anteriores, y ésta así lo hace, además de ofrecer un buen esbozo biográfico y una bibliografía más que pasable. Los dos ensayos que componen la introducción parten de la vida de Thoreau pero evitan buscar en ella las claves de su obra: “Proponerse hablar de la vida de Thoreau no es tan fácil si advertimos que, en cierto modo, fue el cometido del propio Thoreau durante toda su vida” (24). Los editores advierten que el propósito de Walden es más moral y político que estrictamente autobiográfico, y elaboran algunos de sus motivos centrales: la honradez del trabajo, la apelación a la independencia, la fidelidad al momento presente y la exigencia de una vida con principios. Estos ensayos introductorios concluyen con una defensa del carácter central de Walden en el conjunto de la obra de Thoreau (40), y por ende también en su vida y en el fondo del ser americano (48).

En cuanto a la traducción, tiene un grado de legibilidad muy superior a la de sus antecesoras, aunque en algún pasaje pueda pecar de literal en exceso. Por ejemplo, el “Indian summer” traducido por “verano indio” (278), que tal vez hubiera sido mejor verter por “verano tardío” o ese “veranillo” de San Martín o de San Miguel que nos trae el buen tiempo en otoño. Siguiendo el consejo de Emerson de mantener una relación original con el universo, tal vez los editores hayan decidido mantener una relación original con Walden, optando por un acercamiento en línea recta, traduciendo directamente del texto original sin dejarse influir por versiones anteriores. Es posible que Thoreau no tuviera nada que objetar a una aproximación de ese tipo a su obra: como puede comprobarse en numerosos pasajes de su diario, la línea recta era su excursión favorita. Esta clase de paseo, conocido en inglés como bee-line, consiste en tomar la brújula, elegir un destino, establecer la dirección y seguirla entonces siempre en línea recta, superando sin rodeos cualquier obstáculo que pueda encontrarse en el camino, ya sea río, monte o precipicio. Según cuenta el anecdotario apócrifo (Harding 1945), un día Thoreau y Channing estaban haciendo una excursión de este tipo cuando se encontraron con una granja en su camino. Afortunadamente, la puerta principal estaba abierta, así que los dos caminantes atravesaron la casa por el pasillo y salieron por la puerta de atrás sin decir una palabra, dejando al granjero y su familia atónitos ante la aparición de los dos hombres cubiertos de lodo.

El resultado final de este acercamiento es un Walden muy poco castizo, urbano incluso. Para conseguirlo se ha arriesgado en la traducción, vertiendo town, city y village indistintamente por “ciudad” (62, 65, 87), y optando por “escolar” para traducir scholar (43, 71). Los traductores argumentan a favor de esta última opción basándose en el uso que Emerson hizo del término en su edición de La conducta de la vida (2004: 12n), pero tal vez lo que sea válido para Emerson no lo sea para Thoreau. No olvidemos que, si bien garden puede traducirse por “jardín” (132), lo que éste cultivaba en casa de sus padres se parecía más a un huerto con patatas y melones. No deberíamos hacer a Thoreau más semejante a nosotros de lo que realmente era: su mundo anticipaba el nuestro, pero era radicalmente distinto en aspectos tan centrales como la muerte, la religión o el sexo; era un mundo que hoy nos parecería extraño y hasta hostil, en el que la esclavitud era legal y no existía vacuna para el tétanos.

A la hora de interpretar ese mundo, y aunque sea razonable esperar diferencias y hasta desacuerdos entre los sucesivos editores, la ventaja de cada nueva edición de Walden es que puede partir de las anteriores y, dando crédito a la fuente cuando proceda, transmitir y aumentar el caudal de notas que hacen comprensible el texto a lectores que no comparten su contexto histórico y cultural. Sorprende entonces que unos editores tan adictos a Emerson no anoten que fue éste uno de los conocidos que ayudaron a Thoreau a levantar el armazón de su casa (98). Por otra parte, basta con leer La democracia en América de Tocqueville para advertir que los “hombres selectos” (155) tendrían que haber sido en realidad “empleados municipales” o algo equivalente, pues ese es el significado aproximado de selectmen.

En definitiva, en esta edición se echan de menos notas a pie de página a la hora de afrontar las citas eruditas y los numerosos juegos de palabras de Thoreau (202, 270, 151, 139, 336). Para ello, y sin necesidad de acudir a la última y muy polémica edición norteamericana (Thoreau 2004), la que comentamos se hubiera beneficiado del magnífico trabajo de Walter Harding para Houghton Mifflin (1995), la misma editorial que en 1906 publicó la primera edición de las obras completas de Thoreau. Quien desee profundizar en Walden ha de implicarse, pues, en un ejercicio más costoso, pero “un noble ejercicio” (147), pues no cabe duda de que Thoreau incluía a su propia obra entre esos “verdaderos libros,” tan exigentes como fructíferos, que requieren el estudio deliberado en su propia lengua, amén de “un espíritu verdadero” y comprometido en la aventura de leer y escribir. El narrador de Walden reconoce que con su escritura su “propia vida se convertía en una diversión y no dejaba de ser una novela” (158), una confesión que en el original inglés admite más de un sentido: Thoreau, que no leía novelas, se toma ciertas libertades con su relato pero no lo vuelve novelesco (es decir, predecible), de modo que el resultado resulta novedoso hasta para él mismo. Pues, como había dicho en su primer libro, la verdadera obra de ficción sólo busca describir con más exactitud cómo son las cosas (Casado 2005: 80).

No olvidemos que Walden es un libro lleno de contradicciones, y que su interpretación lleva más de siglo y medio causando controversia. Por ejemplo, Thoreau ensalza el trabajo manual, “incluso llevado al límite de la fatiga” (199), pero en otro lugar expresa su deseo de no ocuparse demasiado con las manos: “Mi cabeza es manos y pies. Siento mis mejores facultades concentradas en ella. Mi instinto me dice que mi cabeza es un órgano para excavar, así como otras criaturas usan su hocico y patas delanteras, y con ella minaría y excavaría mi camino a través de estas colinas” (145).

Thoreau supo extraer de esa mina al menos dos lecciones valiosas. La primera, que no deberíamos desdeñar la importancia recreativa del trabajo físico. El “trabajo de las manos” era para él una “forma de ociosidad,” y no de las peores (199). La ociosidad que Thoreau rechaza es aquella que nos incapacita para habitar el mundo de la corporeidad y la sociabilidad humanas. La segunda lección de Thoreau, y que luego interpretó a su manera el psicólogo social B. F. Skinner en su Walden dos (1948), tiene que ver también con este regreso a la sociabilidad. Thoreau nos recuerda en Walden “Uno” que cooperar significa ganarnos la vida juntos y pone el ejemplo de dos jóvenes que se proponían viajar juntos por el mundo, uno sin dinero, ganando sus recursos sobre la marcha, otro con una letra de cambio (hoy una tarjeta de crédito) en el bolsillo. “Era fácil ver,” concluye Thoreau, “que no podrían ser por mucho tiempo compañeros o cooperar, ya que uno no operaba en absoluto” (121).

Una última paradoja: Thoreau nos relata el procedimiento por el que llevó a cabo la primera medición científica de la profundidad del lago y poco después reconoce que “al mismo tiempo que nos tomamos en serio explorar y aprender todas las cosas, necesitamos que todas las cosas sean misteriosas y no hayan sido exploradas, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, que no sean investigadas ni sondeadas por nosotros, porque son insondables. No podemos tener bastante de la naturaleza” (341).

Nosotros tampoco podríamos tener bastante de Walden. Gracias a ese “vigor matutino” tan suyo, éste seguirá siendo un libro “inefablemente saludable, rico y sabio” (144, 172) al margen del texto en que sea leído: seguirá siendo un clásico, porque su lectura nos procura una perenne alegría de vivir. Esa alegría es el gran éxito de Walden, también en esta nueva edición, pues “si el día y la noche son tales que los saludáis con alegría y la vida desprende una fragancia como las flores y las hierbas aromáticas, y es más dúctil, más estrellada, más inmortal, [ése] es vuestro éxito” (252).

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Notas:

¹ Agradezco las informaciones facilitadas a este respecto por Jordi Doménech y Jeff Cramer, así como los comentarios a esta reseña efectuados por el editor y un evaluador anónimo de Atlantis.

² Aunque Walden es conocido como pond, “laguna,” geológicamente se trata de un lago de origen glacial.

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Obras citadas

Casado da Rocha, Antonio 2004: “‘Live Thus Deliberately’: Authenticity and Narrative Ethics in Walden.” The Concord Saunterer, n.s., 12: 305–21.
——— 2005: Thoreau: biografía esencial. Madrid: Acuarela.
Channing, William Ellery 1873: Thoreau: The Poet-Naturalist. Boston: Roberts.
Emerson, Ralph Waldo 2004: La conducta de la vida. Ed. Javier Alcoriza y Antonio Lastra. Valencia: Pre-Textos.
Guelbenzu, José María 2005: “Degustación inglesa.” El País 21 Mayo, Babelia: 12.
Harding, Walter 1945: “A Bee-Line with Thoreau.” Nature Outlook February: 20–21.
Machado, Antonio 2001: Prosas dispersas (1893–1936). Ed. Jordi Doménech. Madrid: Páginas de Espuma.
Skinner, Burrhus Frederick 1948: Walden Two. New York: Macmillan.
Thoreau, Henry David 1886: Walden. Ed. Will H. Dircks. London: Scott.
——— 1897: Walden. Trad. Emma Emmerich. Munich: Johann Palms.
——— 1905: Walden. Trad. Wilhelm Nobbe. Jena: Eugen Diederichs.
——— 1945: Walden o la vida en los bosques. Trad. Julio Molina y Vedia. Buenos Aires: Emecé.
——— 1949: Walden o mi vida entre bosques y lagunas. Trad. Justo Gárate. Buenos Aires: Espasa Calpe.
——— 1958: The Correspondence of Henry David Thoreau. Ed. Walter Harding and Carl Bode. New York: New York UP.
——— 1983: Walden: la desobediencia civil. Trad. Carlos Sánchez-Rodrigo. Barcelona: del Cotal.
——— 1989: Walden: del deber de la desobediencia civil. Trad. Carlos Sánchez-Rodrigo. Barcelona: Parsifal.
——— 1992: Journal 4: 1851–1852. Ed. Leonard N. Neufeldt and Nancy C. Simmons. Princeton: Princeton UP.
——— 1995: Walden: An Annotated Edition. Ed. Walter Harding. Boston: Houghton Mifflin.
——— 2002: Walden o la vida en los bosques. Trad. Carlos Sánchez-Rodrigo. San Cugat del Vallès: Amelia Romero.
——— 2004: Walden: A Fully Annotated Edition. Ed. Jeffrey S. Cramer. New Haven: Yale UP.

∇ Javier Alcoriza y Antonio Lastra, ed. 2005: Walden, de Henry David Thoreau. Madrid: Cátedra. 357 pp. Antonio Casado da Rocha  – Universidad del País Vasco, acdr@sf.ehu.es.