El rostro en la proa o la ruta de Allan Williers, de Rolando CÁRDENAS

Y luego de la llegada del invierno,
una mañana llena de una ceniza dulce,
desoladamente solitario buscando algo perdido en la memona,
el último vagabundo extraviado por los rincones de una casa
a la deriva y silencioso
para dar al fin con la cara perdida en el fondo de un libro.

“…y recuerdo igualmente mi juventud
y el modo de sentir que nunca más torna a nosotros…”

Joseph Conrad era entonces el que emergía de un espacio
………………………………………[ oculto,
el paisaje del estío por una ventana entreabierta,
las calles crepusculares de la ciudad recostada en sus muelles
con la nieve que iluminaba y florecía en los árboles secos.
En las horas solas la palabra era un alimento indispensable,
un sueño migratorio hecho de su propia substancia
como un cielo invocado adquiría distintas formas,
el día más taciturno, la lluvia más secreta,
el más tibio rincón en el confín del mundo,
el aire limpio del merodeador de latitudes,
el del viajero empedernido por los mares del Oriente.

Después su rostro difuso fue saliendo de las sombras
brotando de la madera con sus claros perfiles
de una mano que modelaba un recuerdo compacto,
una fruta transparente para mirar un árbol,
un corazón conmovido perfumado en su centro
como una pura lámpara en la proa de un barco.

Y así un día Allan Williers salió en busca del mar
hacia milenarios reinos colmados de secretos.
Con la mirada transitando por un cielo en fuga
era un hombre abstraído en su casa marítima,
u propia voz llamando desde otras orillas
por la bruma como en un sueño demasiado lúcido,
con ese rostro dormido en los astros que retornaba a sus dominios,
hacia todas las tierras lejanas por revelar
y las estrellas más altas con su temblor frío.

Entre olas como columnas o como catedrales,
cayendo en los abismos más hondos del mar
contra el cielo inmóvil brillaban los tres mástiles
crujiendo de potencia en un líquido espeso de árboles pulposos
en busca del extraño país de los skúas
-los pájaros obscuros que adivinan la muerte-
o bajo el vuelo luminoso del albatros
hecho de la misma poderosa materia del viento y el agua,
esa agua tan fría que “dolía é quemaba como fuego”.
Un corcel brioso era la blanca arboladura
rompiendo el aire tenso y el estrépito de los ventisqueros
………………………………………[despedazándose
en un temblor que inundaba hasta las nubes grises
en su singladura invariable,
el húmedo mascarón inconmovible
donde el silencio no tiene sentido,
mientras doblaba el Peñón del Cabo de Hornos
bautizado así por un capitán holandés en recuerdo de su pueblo
………………………………………[natal.

Por la tierra cruzaba un desolado viento blanco
resonando en la sal y el sueño de ese rostro tan ausente
siempre hacia la posibilidad del horizonte y sus otras señales
en un sol de otro tiempo sobre el sur disperso
y sus moradores nacidos de la luz de los hielos
con un dormir sin término en sus bosques de coihues,
por derroteros de las dalcas chilotas hacia lentos villorrios,
resucitando los fantasmas de bucaneros antillanos o de paIses
………………………………………[nórdicos
y de los que quedaron a la deriva buscando ciudades en la niebla,
por la estela de las proezas en balsas de maguey
y los arcabuses olvidados entre el fragor de la tormenta,
por los declives de los que retornaron con Robinson Crusoe
el solitario de los perdidos días de la infancia.
reconstruyendo toda la ruta de la piragua de José de Moraleda
1a misma que nos haría soñar sobre su carta de la Gran Isla,
navegando como en un cielo nocturno por colinas sumergidas,
saliendo del tiempo después de un largo invernar
con el rostro de Conrad como una lámpara que alejaba la noche
para que así Allan Williers
siguiera buscando los materiales que los uniría eternamente al
………………………………………[mar.

 

 

– EL ROSTRO EN LA PROA O LA RUTA DE ALLAN WILLlERS. – La referencia a “la ruta de Allan Williers” es al hecho que este escritor náutico dio la vuelta al mundo pasando por el Cabo de Hornos en un hermoso velero que bautizó como “Joseph Conrad”. El mascarón de proa representaba la cabeza de Conrad, como uno de los homenajes más conmovedores a un escritor del mar.

*Extraído de Rolando CÁRDENAS, El Viajero de las Lluvias (Antología) – Edición de Juan Carlos Villavicencio y Carlos Almonte. Descontexto Editores.