El Poeta – Ralph Waldo EMERSON

 

 

El poeta

 

Un niño trasto y salvajemente sabio
Seguía el juego con ojos alegres
Que elegían, como meteoros, su camino
Y desgarraban la oscuridad con un rayo privado:
Saltaban el límite del horizonte,
Buscaban con el privilegio de Apolo;
A través del hombre, la mujer, la mar y la estrella
Veían avanzar la danza de la naturaleza;
A través de mundos y razas y términos y tiempos
Veían el orden musical y rimas emparejadas.
 

Bardos olímpicos que cantasteis
Ideas divinas aquí abajo,
Que siempre nos encontráis jóvenes,
Y así nos mantendréis siempre.

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El poeta

Esos a quienes se considera árbitros del buen gusto son a menudo personas que han adquirido cierto conocimiento sobre admirados cuadros y esculturas y sienten cierta inclinación por todo lo elegante, pero si inquirís si son almas bellas, y si sus propios actos son como hermosos cuadros os encontraréis con que son egoístas y sensuales. Su cultivo es local, como si frotaseis un palo de madera seca en un punto, quedando frío todo lo demás. Su conocimiento de las bellas artes es cierto estudio de reglas y particulares o un juicio limitado del color y la forma, ejercitado por entretenimiento o exhibición. Es una prueba de la superficialidad de la belleza, que se da en las mentes de nuestros aficionados, que los hombres parecen haber perdido la percepción de la dependencia instantánea de la forma en el alma. No hay doctrina de las formas en nuestra filosofía. Fuimos puestos en nuestros cuerpos, como se pone el fuego en una sartén, para ser transportados; pero no hay un ajuste preciso entre el espíritu y el órgano, y mucho menos es el último la germinación del primero. De modo que, en relación a otras formas, los intelectuales no creen en ninguna dependencia esencial del mundo material respecto al pensamiento y la volición. Los teólogos consideran un bonito castillo en el aire hablar del significado espiritual de un barco o una nube, de una ciudad o un contrato, pero prefieren volver al terreno sólido de la evidencia histórica; e incluso los poetas se contentan con un modo de vida civil y adaptado y con escribir sus poemas desde la fantasía, a una distancia segura de su propia experiencia. Pero las mentes superiores del mundo nunca han dejado de explorar el doble sentido, o debería decir el cuádruple o el céntuplo o mucho más diverso, de todo hecho sensual: Orfeo, Empédocles, Heráclito, Platón, Plutarco, Dante, Swedenborg y los maestros de la escultura, la pintura y la poesía. Porque no somos sartenes o carretillas, ni siquiera portadores del fuego y la antorcha, sino hijos del fuego, hechos de él, y solamente la misma divinidad transmutada, a dos o tres pasos, cuando menos sabemos de ello. Y esta verdad oculta, que las fuentes de las que fluye todo este río de Tiempo y sus criaturas son intrínsecamente ideales y bellas, nos lleva a considerar la naturaleza y las funciones del Poeta, o el hombre de la belleza, los medios y materiales que usa, y al aspecto general del arte en el presente.

El alcance del problema es enorme, porque el poeta es representativo. Representa entre hombres parciales al hombre completo y no nos informa de su riqueza sino de la riqueza común. El joven venera a los hombres de genio porque, a decir verdad, son más él que él mismo. Reciben del alma como hace él, pero más. La naturaleza aumenta su belleza, para los ojos de los hombres enamorados, al creer que el poeta contempla también sus demostraciones. Éste está aislado entre sus contemporáneos, por la verdad y por su arte, pero con el consuelo de que su búsqueda arrastrará tarde o temprano a todos los hombres. Porque todos los hombres viven por la verdad y están necesitados de expresión. En el amor, en el arte, en la avaricia, en la política, en el trabajo, en los juegos, estudiamos para pronunciar nuestro doloroso secreto. El hombre es solo la mitad de sí mismo, la otra mitad es su expresión.

A pesar de esta necesidad de hacerse pública, la expresión adecuada es rara. No sé por qué necesitamos un intérprete, pero la gran mayoría de los hombres parecen menores, que aún no están en posesión de sí mismos, o mudos que no pueden contar la conversación que han tenido con la naturaleza. No hay ningún hombre que no anticipe una utilidad suprasensual en el sol y las estrellas, la tierra y el agua. Mantienen su posición y esperan para prestarle un servicio peculiar. Pero hay cierta obstrucción, o un exceso de flema en nuestra constitución, que no les permite producir el debido efecto. Las impresiones de la naturaleza caen demasiado débiles sobre nosotros para hacernos artistas. Cada toque debería emocionar. Cada hombre debería ser tan artista como para informarnos al conversar de lo que le ha ocurrido. Sin embargo, en nuestra experiencia, los rayos o pulsiones tienen fuerza para llegar a los sentidos, pero no la suficiente como para tocar hueso y forzar su reproducción en la expresión. El poeta es la persona en la que estos poderes están en equilibrio, el hombre sin impedimento, que ve y toca lo que otros sueñan, atraviesa la escala de la experiencia y es representante del hombre en virtud de ser el mayor poder para recibir e impartir.

El universo tiene tres hijos que nacieron a la vez, que reaparecen con diferentes nombres en todo sistema de pensamiento, ya se les llame causa, operación y efecto o, más poéticamente, Jove, Plutón y Neptuno; o, teológicamente, el Padre, el Espíritu y el Hijo; pero que aquí llamamos el conocedor, el hacedor y el orador. Representan respectivamente el amor a la verdad, el amor al bien y el amor a la belleza. Los tres son iguales. Cada uno es el que es esencialmente, de modo que no puede ser superado o analizado, y cada uno de los tres tiene en él el poder de los otros latente, y el suyo patente.

El poeta es el que dice, el que nombra, y representa la belleza. Es un soberano y está en el centro; porque el mundo no está pintado o adornado, sino que desde el comienzo es hermoso, y Dios no ha hecho algunas cosas bellas, sino que la Belleza es la creadora del universo. Por lo que el poeta no es un potentado permisivo, sino el emperador por derecho propio. La crítica está infestada por la palabrería del materialismo, que asume que la destreza y la actividad es el principal mérito de todos los hombres, y desprecia el decir y no hacer, obviando el hecho de que algunos hombres, es decir, los poetas, dicen por naturaleza, enviados al mundo con el fin de la expresión, y los confunde con aquellos cuya provincia es la acción, la cual abandonan para imitar a los que dicen. Pero las palabras de Homero son tan costosas y admirables para Homero como las victorias de Agamenón para Agamenón. El poeta no espera al héroe o al sabio sino que, así como estos fundamentalmente actúan y piensan, él fundamentalmente escribe aquello de lo que se hablará y deberá hablarse, considerando a los otros, aunque sean también primarios, respecto a él, secundarios y sirvientes; como sedentes o modelos en el estudio de un pintor, o asistentes que llevan materiales de construcción a un arquitecto.

La poesía se escribió antes que el tiempo y, cuando estamos tan bien organizados que podemos penetrar en esa región en que el aire es música, oímos aquellos gorjeos primitivos y tratamos de anotarlos, pero perdemos de vez en cuando una palabra o un verso, y lo sustituimos por algo propio y así malescribimos el poema. Los hombres de oído más delicado anotan más fielmente estas cadencias, y estas transcripciones, aunque imperfectas, se convierten en las canciones de las naciones. Porque la naturaleza es tan verdaderamente hermosa como buena o razonable, y debe mostrarse tanto como hacerse y conocerse. Palabras y hechos son modos del todo indiferentes de energía divina. Las palabras son también acciones y las acciones son una especie de palabras.

El símbolo y credenciales del poeta son que anuncia lo que ningún hombre ha predicho. Él es el verdadero y único doctor; conoce y narra. Es el único narrador de noticias porque estaba presente y al loro en la aparición que describe. Es espectador de ideas y pronuncia lo necesario y casual. No estamos hablando de hombres con talento poético o con industria y destreza en el metro, sino del verdadero poeta. Tomé parte el otro día en una conversación sobre un reciente escritor de lírica, un hombre de mente sutil, cuya cabeza parecía una caja de música de delicadas melodías y ritmos, y cuya destreza y dominio del lenguaje no podríamos alabar lo suficiente. Pero cuando salió la cuestión de si no era solo un lírico sino un poeta, nos vimos obligados a confesar que es claramente un contemporáneo, no un hombre eterno. No sobresale de nuestras bajas limitaciones, como un Chimborazo que atraviesa desde la tórrida base todos los climas del globo, con los cinturones de herbaje de cada latitud en sus laderas elevadas y moteadas; este genio es el paisaje ajardinado de una casa moderna, adornada con fuentes y estatuas, con hombres y mujeres bien criados de pie y sentados en los paseos y terrazas. Oímos a través de la música variada el tono terrenal de la vida convencional. Nuestros poetas son hombres de talento que cantan, no los hijos de la música. El argumento es secundario, el acabado de los versos es primario.

No son metros, sino un argumento metrificador, lo que compone un poema; un pensamiento tan apasionado y vivo que, como el espíritu de una planta o un animal, tiene una arquitectura propia y adorna la naturaleza con algo nuevo. El pensamiento y la forma son iguales en el orden del tiempo, pero en el orden del génesis el pensamiento es anterior a la forma. El poeta tiene un pensamiento nuevo: tiene toda una nueva experiencia que desplegar; nos contará lo que le pasó y todos los hombres se harán más ricos con su fortuna. La experiencia de cada nueva época necesita una nueva confesión, y el mundo parece siempre estar esperando a su poeta. Recuerdo cuánto me conmovió una mañana, cuando era joven, la noticia de que el genio había aparecido en un joven que se sentaba junto a mí en la mesa. Había dejado su trabajo y se había marchado a merodear nadie sabe dónde y había escrito cientos de versos, pero no podía decir si con ello había dicho así lo que había en él: solo podía decir que todo había cambiado, el hombre, la bestia, el cielo, la tierra y el mar. ¡Qué alegres lo escuchamos! ¡Qué crédulos! La sociedad parecía estar comprometida. Nos sentábamos en la aurora de un amanecer que iba a apagar todas las estrellas. Boston parecía estar al doble de distancia que la noche anterior, o mucho más lejos. Roma, ¿qué era Roma? Plutarco y Shakespeare estaban en hojas amarillentas, y no debía oírse nada más de Homero. Es mucho saber que la poesía se ha escrito este mismo día, bajo este mismo techo, a tu lado. ¡Cómo! ¡Aquel maravilloso espíritu no ha expirado! ¡Estos momentos pétreos siguen centelleantes y animados! Había creído que todos los oráculos se habían callado y que la naturaleza había gastado su fuego ¡y mirad! toda la noche, por todos los poros, han estado fluyendo esas auroras. Todos tienen cierto interés en el advenimiento del poeta pero nadie sabe cuánto le puede concernir. Sabemos que el secreto del mundo es profundo, pero no sabemos quién o qué será nuestro intérprete. Un paseo por la montaña, una cara nueva, una persona nueva, pueden poner la llave en nuestras manos. Por supuesto, el valor del genio para nosotros está en la veracidad de su informe. El talento puede juguetear y confundir; el genio realiza y añade. La humanidad, en serio, se ha servido tanto de conocerse a sí misma y su trabajo, que el principal vigilante en la cumbre anuncia sus novedades. Esta es la palabra más verdadera jamás dicha, y la frase será la más idónea, la más musical, y la voz infalible del mundo para esa época.

∇ Ralph Waldo EMERSON. Traducción de Fernando Vidagany Murgui para ©Buenos Aires Poetry, 2016. Editorial Buenos Aires Poetry, Colección Ortodoxia (crítica), julio de 2016.

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