Yusef Komunyakaa – Dien Cai Dau, por Roberto Amézquita

Dien Cai Dau
Yusef Komunyakaa
Valparaíso / Círculo de Poesía
Traducción de Juan José Vélez Otero
Querétaro, 2014
pp. 108

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«¡Cuán cierto es que la fortuna está muy fuera
del alcance del juicio humano, y que respecto a ella
nada sirven nuestros raciocinios!»
Horacio

En mitad de las mayores atrocidades de la guerra; la muerte de los compañeros y los amigos, la «necesidad» de asesinar a un hombre, el acendrado insomnio y la tortura de los prisioneros; en el estar ante el filo de «quebrarse» o no, durante la confesión o durante cualquiera de los rostros de la resistencia… en mitad de ello, el poeta de este libro, Yusef Komunyakaa, veterano de la llamada Guerra de Vietnam, y condecorado con la Cruz de Bronce, agradece profundamente cada detalle. Elige ese acto, el del agradecimiento, la compasión (en sentido budista), como resistencia, como entrega interior a la gracia, al silencio, a la poesía.
Cuando ya nos hemos internado en la jungla hasta bien hondo; entre las tinieblas de túneles atroces y el resplandor de los explosivos, llegamos a la página 68 y el poeta escribe Gracias:


«Gracias por el árbol
que se interpuso entre la bala del francotirador y yo.
[…]
Gracias
a la florecilla blanca
que me mostró el destello del metal
avisando que podía estallar en pedazos,
como la niebla sobre la hierba,
cuando jugábamos a un juego
mortífero para dioses ciegos.
Aún no entiendo qué fue
lo que me hizo ver la mariposa
posada sobre aquel hilo sutil
amarrado al portillo de una finca
que hacía depender el día
de una cuerda de guitarra esperando ser tocada.

[…]
Gracias otra vez por la granada
defectuosa que lanzaron a mis pies
en las fueras de Chu Lai. Aún estoy
oyendo su silencio…»


Dos momentos en especial nos perturban, nos maravillan y nos conmueven en alto grado al leer este poema. Por una parte: «…Gracias / a la florecilla blanca / que me mostró el destello del metal / avisando que podría estallar en pedazos…». Y, «Gracias otra vez por la granada / defectuosa que lanzaron a mis pies / en las afueras de Chu Lai. Aún estoy / oyendo su silencio…».
Este par de momentos nos muestran, entre otras cosas, el fulgor del que está lleno el libro y la vida. Aún durante los momentos más aciagos de nuestra existencia, no es sino una florecilla blanca o una mariposa sobre el hilo sutil de una trampa explosiva, lo que nos despierta del sueño de la distracción y la muerte. Además, al poeta Komunyakaa lo guía la gracia hacia el resplandor y la contemplación, salvándolo en el camino. Palabra que, junto a tantas otras, acaso hoy nos suene desvalida o ridícula, pero para quienes aún sabemos que la poesía es un acto sagrado, cobra el más profundo de sus significados, la gracia, el numen, el espíritu humano, el daimón, las musas…
Nos muestra el poeta una florecilla blanca, una mariposa… pequeñas maravillas, pero también el acto mayor de resistencia ante la catástrofe, la tragedia y el horror. Así se muestran, como vehemente resistencia: la ternura, la delicadeza, el amor, la belleza, el júbilo, la vitalidad. Esto es, en el incendio de la guerra, Komunyakaa es alumbrado por la presencia de las Tres Gracias. Dien Cai Dau está signado por esa presencia y situado, al tiempo, en lo más profundo de Vietnam. Y eso no impide que esté ocurriendo también dentro del Oráculo de Delfos, pero volveremos a este punto hacia el final del texto. Antes, hablemos del acto ante el que confluimos con los versos citados:
Pensemos por un momento qué es lo que conduce a un hombre a recogerse en sí mismo y agradecer con tal fervor la presencia de la poesía en plena guerra. Desde dónde despierta la compasión cuando agradece a la florecilla blanca, al árbol, a la mariposa, y nos muestra que entre el fragor de la batalla lo más importante es no «quebrarse» de un último hilo interior. Y no hacerlo activamente; no hacerlo entregando la voluntad y la fuerza a esa misteriosa potestad poética que le condujo al autodescubrimiento antes que a la muerte.
Y no hemos abordado el otro pasaje: el de la granada defectuosa. Esto es, la certeza absoluta de la muerte. Debo decirlo una vez más: no la posibilidad, no el riesgo, ni el accidente, tampoco el peligro: la certeza absoluta de morir. Experimentar la profunda resignación, sabernos en el último instante de lo que ha significado existir, mirar la granada que nos ha sido arrojada a los pies y estar en todos los sitios posibles al mismo tiempo; mirar en el explosivo hacia el infinito y aguardar y entregarnos a la tierra, ¡pero que no ocurra la explosión! ¿Qué silencio puede ser ese?
Dice el poeta: «Aún estoy oyendo su silencio» y nos es ya imposible a quienes leemos el libro, dejar de escucharlo.

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***


Adelantamos también, que Dien Cai Dau ocurre tanto en Vietnam como en Delfos, o en el mundo «ordinario» de la guerra y el plano de lo poético. El poeta evoca en distintos pasajes dos realidades que convierte en un sólo mundo.
Nada más comenzar el libro e inicia el ritual de entrada en ambos planos. En el primer poema, Camuflando la quimera, da muestras de este trance al tomar un hato de los laureles consagrados a Apolo, junto a la fuente Castalia que no son sino hierbas para integrarse con la jungla y combatir al enemigo:


«Nos atamos ramas a los cascos.
Nos pintamos las caras, y los fusiles,
con el fango de la orilla del río.

colgamos manojos de hierba en los bolsillos
de nuestros uniformes de camuflaje. Nos
fundimos con la selva
contentos de que los colibríes se fijaran en nosotros»

Por supuesto, no es el único momento en que la presencia del mito cobra sentido. El gran asunto del libro y el logro mayor del poeta es revelarse a sí mismo.
Dien Cai Dau es un poemario de revelación del ser. Ocurre ante nuestros ojos que Yusef Komunyakaa descubre, literalmente, abriendo diversos cerrojos y purificando las capas de la persona, su profundo y genuino interior. Cumpliendo con la inscripción más extendida del Oráculo: γνῶθι σεαυτόν (Conócete a ti mismo).
Para lograrlo, trama y urdimbre del canto, durante la mayor parte de los poemas del libro, será la superposición de «realidades», ese estar en la tierra sagrada del ser y en la devastadora guerra a un mismo tiempo. La conducción del pensamiento poético por el que nos lleva con su pericia técnica Yusef Komunyakaa, tiende un puente entre ambos planos de referentes para generar el sentido y cumplir su revelación.
En Dien Cai Dau aparecen desde las Musas y las Náyades que danzan junto a Castalia, hasta la música de grandes del jazz como el saxofonista tenor, Coleman Hawkins o poemas de concentración espiritual (y reflejo de la época en que el poeta cruza la guerra [1969-1970]) como aquél sobre la autoinmolación del monje budista, Thich Quang Duc.
En fin, para descubrir y experimentar el arcano bajo el que se signa Dien Cai Dau, lo único que queda es empezar a leerlo sin mayor dilación y buscar encontrarse con ese extraño «silencio» que conduce el libro y entregarnos a su guía:


«Me acompañaba siempre una voz
que me indicaba qué pie
tenía que poner primero»

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