Frondas de laurel en un manicomio, Eugenio MONTALE visita a Ezra POUND

No es difícil que un poeta acabe en el manicomio (la lista resultaría larga), mucho más raro es que, permaneciendo en esa reclusión, acabe por ganar un premio literario. Tal la aventura acaecida al norteamericano Ezra Pound, gran encomiasta y custodio de Mussolini en la radio italiana, durante el período de la guerra, hoy huésped de un hospital psiquiátrico de Washington. La crónica dice que once poemas suyos – Pisan Cantos – han obtenido el premio Bollinger al mejor poema del ’48, y la distinción honorífica le ha sido concedida por un jurado en el que figuraban T. S. Eliot, Allen Tate y otros ilustres poetas de hoy. No conozco los Cantos pisanos, pero no creo que se trate de once poemas distintos el uno del otro. Debe tratarse, más bien, de una enésima porción de esos Cantos que en el proyecto del autor deberían alcanzar el numero de cien, y de los cuales al menos los primeros treinta fueron escritos en Rapallo antes de la guerra.

¿Las poesías de un loco? Ni en sueños, a menos que se desee considerar locos a las tres cuartas partes de los escritores de vanguardia contemporáneos. La opinión corriente es que Ezra fue considerado loco para salvarlo de la prisión perpetua o de la pena de muerte. No fue ni es un loco auténtico, sino solamente un característico tipo de exiliado norteamericano. (“Exiles” era el nombre de una revistita que él dirigía, hace muchos años.) ¿Recuerdan la posición espiritual del primer Hemingway, ese de las escenas parisinas de Fiesta? Desde Whitman – quien por otra parte no fue a París – hasta Henry Miller, la cadena de ciudadanos que protestan contra la civilización mecánica de los Estados Unidos y celebran la vida de los instintos nunca se ha interrumpido. Ezra Pound fue por un tiempo el jefe reconocido de este tipo de exiliados. Al movimiento fundado por él, el imagismo, la poesía moderna (no sólo la norteamericana) le debe la conquista de una libertad de ritmos y de músicas que él siempre sostuvo con un profundo ritmo vital, pero que en numerosos imitadores se transforma en receta y anarquía. “Miglior fabbro” lo ha llamado T. S. Eliot, dedicándole sus primeros poemas, que en efecto le deben algo. Y James Joyce, cuya influencia sobre los Cantos no puede dejarse de lado, nunca escondió su sincera admiración por Pound.

Singular encuentro de temperamentos muy diferentes. Ninguno de nosotros podría imaginar a un Eliot o a un Joyce que se pusieran al servicio de un dictador y, en tiempo de guerra, se transformasen en cómplices y propagandistas del enemigo del propio país. Esos rebeldes, esos exiliados, eran (digo eran porque uno ha muerto) hombres sólo aparentemente desarraigados, fuera de escuadra. Joyce tenía una patria, la filología, que es historia bajo forma de verbo y no admite tales subversiones; Eliot se inclinaba a una patria terrena, Inglaterra, y no tardó en descubrirla. Pero a Ezra, espíritu casi pueril, sólo le estaba permitida la rebelión, y nada es más penoso que la rebelión de un viejo (Marinetti lo demuestra). En Italia, él encontró un asilo ideal; no digo su patria porque la Italia prefascista, la Italia democrática no le gustaba, y la Italia fascista no seguía sus preceptos en materia económica y agrícola. El bimetalismo y el cultivo integral de las aráquidas eran los dos clavos de la reforma que él hubiese querido imponernos. Por otra parte, él de hecho no creía en el renacimiento del espíritu italiano en el campo del arte y de las letras. En veinte años no logró aprender decentemente nuestra lengua, lo cual no lo impedía sostener que la poesía italiana se había acabado con Guido Cavalcanti, poeta de quien realizó una edición crítica que los idóneos juzgaron monstruosa. Pretendía conocer a fondo el provenzal, pero con una conferencia que dio sobre el tema en Florencia, en el Palacio Viejo, acabó por quitarles esa ilusión a sus estupefactos oyentes. Músico, escribió los versos y la música de un melodrama en un acto, François Villon, que no sé si llegó a representarse alguna vez. ¿Qué amaba Ezra Pound de nuestro país? Es difícil decirlo. Florencia le parecía una ciudad de cartón piedra. Venecia, su viejo amor, ya no le decía nada. Roma le producía horror. Sólo en Rapallo – definida por él “ombligo del mundo” – se sentía en su casa. Allí, afectuosamente atendido por la buena y fiel señora Shakespeare, su mujer, Ezra componía a máquina esos Cantos que debían ser al mismo tiempo poema épico y lírico, historia y leyenda. Necesitaba pretextos italianos: eso era todo. En esto su situación de escritor no estaba lejos de la de Robert Browning, un poeta narrador que él acabó por estimar mucho. Era como un músico que le pusiese música a un desmesurado “libreto” del cual en el fondo no le importaba lo más mínimo. Y de ese libreto Italia era un ingrediente de los más importantes.

La verdad es que, pasados los años, los exiliados habían acabado por asentarse. Algunos habían muerto, otro acariciaba el premio Nobel, otros todavía figuraban en el elenco de los best sellers de ultramar. Incluso los revoltosos ingleses de 1930 estaban sentando cabeza; más de uno, como Auden, concluyó por tomar la ciudadanía americana. Ingenuo como un niño, Ezra Pound fue sorprendido por la guerra en su hermosa terraza de Rapallo, a la orilla del mar. El mundo había cambiado y él no se había dado cuenta. También Rapallo se había quedado vacía. Desde hacía años W. B. Yeats había vuelto a Irlanda; otros amigos exiliados ya no aparecerían por allí. Privado de raíces, incapaz de darse una razón de vida que superase la lógica de sus Cantos, Ezra no defendió entonces la Italia real (por la cual no se interesaba) sino el marco de sus sueños hechos a ojos abiertos. Anticuario sin saberlo, custodio del museo de su corazón, él leía nuestras viejas crónicas para hallar en ellas algún episodio excitante, alguna palabra peregrina. La noche que encontró la palabra “lattizzo” salió semidesnudo a las calles de Rapallo gritando: “¡lattizzo, lattizzo!”, y su mujer tuvo que bregar para traerlo a casa.

La Capua de Pier delle Vigne, la Génova de Lanfranco Cigala, la Pisa de Rusticiano o Rustichello: eso era Italia para él. Al saltar todo en pedazos, al quedar aislado, se sintió en la obligación de manifestar su fidelidad a una tierra que perdía la guerra por causa del bimetalismo y de las avellanas del Brasil, una tierra que desde hacía seis siglos carecía de genios creadores, pero que todavía acogía en su seno al último exiliado que no había traicionado la causa de la revolución permanente. El germen de la “traición” de Ezra está todo ahí.

No trato de justificarlo, me esfuerzo por comprenderlo. Cuando un hombre se aísla en el “ombligo del mundo” es fácil que dé un último paso y se convenza de ser él mismo, en persona, un “ombligo”. Ezra Pound, el hombrón cordial y agresivo, de barba color zanahoria y de coleta a lo Robespierre, el imbatible jugador de tenis, era demasiado egocéntrico como para no dar ese paso. Llevaba su propio retrato grabado en el camafeo de un gran anillo y se servía de él como de un sello de lacre para dedicar sus libros. Poseo un ejemplar de Personae con ese sello. Y estoy seguro de que el anillo lo acompañó al hospital psiquiátrico.

Por sabio o loco que sea, de él quedará por cierto algún poema como Provincia deserta, en el que palabras ebrias – zigzagueantes y abiertas – se animan por virtud de un fluido misterioso, y hace revivir la gran Provenza de sus trovadores. Así, hace unos siglos, un pequeño cura, exiliado en Roma, Joachim du Bellay, en las aéreas estrofas del Vanneur de blé expresa la nostalgia por su Anjou natal y, más desafortunado que Pound, debió esperar largamente antes de que un Walter Pater, después de Saint-Beuve, pero con acentos propios, consagrase para siempre esa odelette fugitiva, demostrando que a veces los críticos pueden ser dignos de los poetas.

∇ Publicado en el “Corriere della Sera”, el 3 de marzo de 1949. Ricardo H. Herrera.