John Fante: Camino de los sueños diurnos – de Juan Arabia

1.

«Un escritor escribe sobre lo que sabe», decía Dan Fante hace apenas unos años[1]. John Fante, su padre, escribió sobre lo único que sabía: sobre su propia vida. El patrón del hambre y del sufrimiento —en sus primeros trabajos— no era un trasfondo, sino el molde en el que se forjaba su experiencia general.

Hijo de humildes inmigrantes italianos, nació en 1909 y vivió hasta su temprana adolescencia en Denver, Colorado. Allí descubrió su verdadera vocación: Knut Hamsun, Theodore Dreiser, Thomas Wolfe, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Scott Fitzgerald, Fiódor Dostoievski. La literatura lo absorbió, tiró de él como las sogas de una marioneta. Por eso su vida no podía ser aquella que el destino le tenía predestinada: transformarse en lo que era su padre, un albañil; jugar al billar y al póquer para luego beber el letargo de la amarga cerveza que transpira un televisor.

John Fante tenía una vida exterior y conocía lugares muy lejanos a Denver. Había atravesado el solitario valle de la oscuridad y había escuchado una voz en lo alto de la colina del silencio. Y llenábanse de noche las montañas…

Tanto en Camino de Los Ángeles (1936) como en Pregúntale al polvo (1939) y en La hermandad de la uva (1977), Fante narró la huida hacia Los Ángeles para centrarse en su carrera como escritor.

El joven Fante, inserto en las más sórdidas de las pobrezas —como las de Dostoievski o Klaus Kinski—, insistió con su carrera literaria por más que la realidad lo había condenado a las más desafortunadas de las labores y profesiones: cavar zanjas, lavar platos o incluso trabajar en una empresa de conservas.

Cada una de sus historias —con sus pequeñas diferencias— asevera el mismo clima de pobreza y miseria de la solitaria vida en una pensión, del desamor y de la injusticia:

Días de abundancia: abundancia de preocupaciones, abundancia de naranjas. Comérselas en la cama, comérselas a la hora de la comida, dejarlas de lado a la hora de la cena. Naranjas, cinco centavos la docena. En el cielo la luz del sol, en mi estómago el zumo del sol (…).

Pensé en mi casa, en los espaguetis que nadaban en riquísima salsa de tomate, en las tartas de limón de mamá, en el cordero asado y el pan tierno, y me sentí tan desdichado que me hundí adrede las uñas en la carne del brazo hasta que brotó una gota de sangre (…). Estaba claro que no había en la tierra un dolor más grande que el mío[2].

Hambre. Olí a salsa de tomate, a pizza, y el olor salía de un restaurante italiano. Doblé la esquina, entré en el callejón y busqué la puerta trasera. Quisiera trabajar a cambio de comida, dije (…). Estoy hambriento, añadí. Abrió la puerta, me señaló tres grandes cubos de basura y me indicó con gestos que lo sacara. Los saqué a la calle entre la euforia de las moscas. La mujer se acercó a una mesa de madera con media barra de pan que abrió por la mitad, le quitó la miga y lo llenó con salchichón (…). Le dije que buscaba trabajo. Era lavaplatos con experiencia, le expliqué[3].

Pese a toda su desdicha, lo más importante era que algo nuevo comenzaba a erigirse sobre el aire de la superficie. Fante se había escapado de su tierra natal y era el mismo Knut Hamsun, o algo aún más maravilloso: un personaje de sus novelas. El protagonista de Hambre, escrita por Hamsun en 1890, también quiere ser escritor: ese es su único deseo. Deambula por las calles sin trabajo, sin dinero, empeñando lo poco que tiene para poder comer.

Ceder el alma y los valores, o regresar a sus hogares por una comida o por una confortable habitación, hubiera sido para Hamsun y para Fante como comerse de un bocado toda su dignidad.

Y es que había llegado el momento de ser hombre, de sentir y pensar como un escritor. Regresar a su tierra sería darle la razón a su padre y al mundo: «consigue un oficio», «un hombre suda, trabaja», «leyendo y escribiendo no se gana dinero».

Entonces el joven Bandini (su álter ego) se dijo para sus adentros que la historia había sido siempre así: que Poe, Whitman, Heine o Dreiser habían transitado la misma senda. Sólo que ahora le tocaba a él, al mejor escritor de toda la historia: Arturo Bandini. De esa manera se sentía menos herido y menos solo.

Sobreviviendo con naranjas en un altillo de Long Beach, un joven muchacho tramó la historia de un escritor inmortal. Se encontró solo y sin destino, pero sin saber aún que aquello sería el argumento de una de las sagas más hermosas de la narrativa universal.

Cerró sus ojos y soñó. Soñó con un tal John Fante, un escritor estadounidense que transitaba sus últimos días ciego y sin piernas. Como no podía escribir, dictó su última novela, la última de sus páginas. Alguien escribió:

Estaba al comienzo del pasillo, con mi máquina de escribir en la mano. Me quedé atónito, no porque estuviera allí, sino porque la había olvidado por completo. La dejó encima de la mesa y le di las gracias. Cerré la puerta, abrí una maleta y saqué Hambre, de Knut Hamsun. Era otro de mis tesoros y lo llevaba conmigo desde el día en que lo robé en la biblioteca de Boulder. Había leído tantas veces la novela que podía recitarla de memoria. Pero ya no tenía importancia. Nada tenía importancia[4].

Sin dudas es Fante quien habla. Nada de esto se me ha ocurrido o algo que se le parezca, «pero por algún lugar hay que empezar»[5]. Así concluye su última obra, Sueños de Bunker Hill (1982). Así también comienzan estas páginas.

2.

No hay duda de que John Fante se adelantó a otros autores que hoy brillan como estrellas: Bukowski, Carver, Salinger, la generación beat, etcétera.

Por ser él, y escribir como él, alejándose de todo tipo de jergas académicas, desconoció el éxito y la fama[6], hechos que pueden comprobarse con tan sólo leer un puñado de sus páginas:

Entró en el baño y cerró la puerta. Me senté en la cama y me quité el resto de la ropa. Estaba ya desnudo cuando salió. Procuré ocultar mi decepción. Estaba limpia y se había bañado, pero en cierto modo no estaba pura. El culo le colgaba como un niño huérfano. Nunca compartiríamos un polvo. Mi presencia allí era una insensatez[7].

Fante habló con voz propia, con su verdad, con su eminente pobreza y con los gusanos debajo del puño en un momento en el que pocos lo hacían. Fue el precursor de un estilo hoy reconocido de manera universal: el realismo sucio, en donde el contexto será el sentido profundo de la obra, más no la calidad de su lenguaje[8].

Hacia fines del siglo XIX, Mark Twain, influido por el periodismo, adoptó variedades dialécticas (hablas). Plasmando un lenguaje más bien directo, sin tanto adorno o artificio, el autor de Huckleberry Finn cambió por siempre la forma de la literatura estadounidense.

Más tarde se sumaron, hacia comienzos del siglo XX, novelistas estadounidenses que no sólo cambiaron la retórica de las formas, sino también su temática, su contenido. Ampliando el alcance social e incluyendo en sus obras a sectores marginales de la sociedad, escritores como Stephen Crane o Theodore Dresier incluyeron en sus narraciones las vidas de las prostitutas y de las clases bajas.

El escenario estaba preparado para la emergencia[9] de escritores como Fitzgerald, Hemingway o Steinbeck, que no sólo abarcaron una problemática social y verdadera –como las posteriores desilusiones de los años veinte–, sino que además simplificaron las estructuras oracionales, reduciendo la literatura a lo necesario, concentrándose en las acciones.

Mientras estos escritores hablaban del fracaso o de las decepciones, de la tristeza, la locura o la pobreza, John Fante hablaba sobre lo mismo, pero desde la sombra de estos escenarios:

¿Por qué me habían rechazado? ¿Por mi ropa? ¿Por mi cara? Me miraba en los escaparates, veía la negra película de la barba, el aspecto demacrado, el aire de la derrota. ¿Repugnaba a la gente? ¿Despertaba algún misterioso antagonismo, la ira del mundo? Llegó un momento en que me daba miedo hablar con jefes y capataces (…). Recorría las calles. Iba a la biblioteca pública, leía unas horas y volvía a cenar a la Misión del Espíritu Santo. Me pasó por la cabeza la idea de mendigar, había visto pedigüeños recibiendo monedas y parecía fácil. Pero me faltaba valor. Me daba demasiada vergüenza. En aquellos momentos me parecía insufrible incluso el período febril en que me había ganado la vida fregando platos en Los Ángeles[10].

Estilísticamente, no existe una diferencia entre la narración y los acontecimientos. Todas y cada una de las palabras de sus novelas son verdaderas. Ha vivido los libros, son su experiencia.

Los personajes y las situaciones se encuentran caracterizados de la manera más breve y superficial posible. Fante reduce los elementos gramaticales al máximo para decirlo todo en unas cuantas palabras. Su enunciación se desprende como las hojas de un árbol, de manera natural, y sus novelas dan al lector que lo recibe el poder mismo de una experiencia en totalidad. Tiene la virtud y la honestidad de la metáfora primera, la que sirve, la que no necesita una relectura para ser entendida:

Me dijo que la abrazase y la abracé, y ella me besó con labios fríos y húmedos. Estuvimos así mucho tiempo, y yo estaba preocupado, con miedo y sin deseo. Algo parecido a una gris flor creció entre los dos, un pensamiento que adquiría forma y que daba cuenta del abismo que nos separaba[11].

Abrí la puerta silenciosamente y miré dentro. Estaban los dos dormidos, cada uno en su lado, el brazo de Jamie alrededor del cuello del perro y los dos roncando. Me gustó lo que vi. Me gustaba que los jóvenes durmieran con perros. Era lo más cercano de Dios que estarían en toda su vida[12].

Todos mis personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella no queda ya nada de mí mismo, sólo un recuerdo de antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina[13].

De allí que por más que en las novelas de Fante todo suceda de una manera rápida y sencilla, el autor no carecerá por ello de profundidad. La impronta poética de John Fante, la secreta complejidad que enviste su prosa, logra lo que todo escritor anhela: hablar fácilmente sobre temas imposibles.

3.

El primer acercamiento de su obra con el público fue un breve cuento titulado «Altar Boy», publicado en la revista The American Mercury y al que hace más de una referencia en Pregúntale al polvo, aunque bajo otro título (el título que aparece en ficción es El perrito que reía).

Sin dinero, lejos de su familia, y con un texto publicado en una revista, Fante se convirtió en Arturo Bandini, el gran escritor. Como el Cañon del Colorado, Fante también se formó por un río predecesor. Pero a diferencia de sus precursores, muchos de los que aún estaban vivos, él era pobre (casi indigente) y estaba solo realmente.

Esto no quiere decir que su lamento haya sido el único en los años treinta. Pero precisamente, si un escritor del tamaño de Fitzgerald –incluso consagrado– se rendía ante todo publicando El Crack-Up en 1936, ¿qué podía esperar un joven de procedencia humilde e inmigrante que terminaba con su primera novela el mismo año?

Una esperanza radiaba desde su interior. Una luz entrelazaba en sombras las adversidades dejando el día en su atardecer. Fante enfrentaba la realidad con los puños desnudos, imponía su voluntad de vivir, escribía desde su corazón.

Una nota del editor estadounidense del libro póstumo que aparece bajo el título Camino de los Ángeles[14], además de las memorias de su hijo publicadas en el 2011 (A Family´s Legacy of Writing, Drinking and Surviving[15]) y cartas escogidas del autor (John Fante: Selected Letters 1932-1981)[16], brindan mucha información sobre la vida de John Fante en los años treinta. Se comprobó que vivía en un altillo en Long Beach y que, más tarde, consiguió un contrato para escribir su primera novela. Estos sucesos se comprenden mejor en Pegúntale al polvo, donde su álter ego Bandini logra vivir de los pocos cuentos que consigue publicar en las revistas.

En la continuación de la saga de Arturo Bandini, Sueños de Bunker Hill, el joven autor narra sus inicios como guionista de cine, oficio del que vivió por muchos años. En Mi perro idiota confiesa que escribir guiones era mucho más fácil y le daba más dinero.

Como dijimos antes, si bien es su primera novela Camino de los Ángeles (1936) vio la luz porque su viuda, Joyce Fante, encontró el manuscrito perdido entre sus papeles[17]. Por lo tanto, su primera obra publicada es Espera a la primavera, Bandini (1938), seguida de Pregúntale al polvo (1939).

Pasaron muchos años hasta que apareció su siguiente novela, Llenos de vida, en 1952. Allí el autor no utilizará un seudónimo ni nada que se le pareciera. John Fante habló directamente:

Yo, John Fante, autor de tres libros. Del primero se vendieron 2.300 ejemplares. Del segundo, 4.800. Del tercero, 2.100. Pero en el cine no hay derechos de autor. Si tienes lo que les interesa en el momento, te lo compran, y a buen precio. En aquel momento tenía lo que les interesaba y todos los jueves recibía un cheque[18].

Y esa era toda su realidad. Estaba casado, esperando a su primer hijo. Vivía de los trabajos que escribía para Paramount[19]. Sus años de rebeldía habían quedado detrás, como también las historias de sus primeras novelas.

A diferencia de importantes escritores de los siglos XIX y XX –como Poe, Whitman, Twain o Dreiser–, a quienes el periodismo les había cercado sus actividades literarias y económicas, la crisis de los años treinta llevará a muchos de los mejores escritores estadounidenses a depender de la industria de cine de Hollywood para sobrevivir.

Muchos integrantes de la naciente generación perdida, como Faulkner y Fitzgerald, cayeron en manos de los especuladores culturales para mantener a sus familias. Los trabajos eran modificados, censurados y hasta muchas veces destrozados. Como decía Raymond Chandler: «se destruía el talento»[20]. El autor no tenía un control real sobre su trabajo, no decidía sobre cómo se elaborarían sus ideas escritas. Los mejores diálogos y las mejores ideas podían ser dejadas de lado por el director o los productores[21]. Fante mismo se encargó de describir todo esto al final de su vida, en Sueños de Bunker Hill:

La película estaba tan lejos de mi obra y mis ideas que era asombroso, increíble. Sólo dos veces descubrí expresiones que a lo mejor había escrito yo y que el director no había borrado. La primera se pronunciaba en una escena del principio, cuando el sheriff llegaba a Sin City y detenía el caballo en la puerta del salón gritando: «¡Sooo!». Recordaba bien aquella expresión: «¡Sooo!». Era mía. Poco después el sheriff salía del salón a zancadas, montaba el caballo y gritaba: «¡Arre!». Aquel pasaje también era mío: «Arre». So y arre…, mi consagración como guionista[22].

En 1944, al dedicarle un libro suyo a una amiga, escribió como dedicatoria: «De esta puta de Hollywood, de este artista vendido, de este lameculos de la Paramount al que pagan por las perfumadas vomitonas que susurra Dorothy Lamour»[23].

Esta frase, si bien fue incluida por un editor en una nota al pie en una de sus novelas, podría tranquilamente aparecer en sus novelas. Fante se reía constantemente de él mismo.

Sin embargo, John Fante siguió escribiendo, y la literatura nuevamente cambió en pos de su experiencia: el escritor escribe sobre lo que sabe, sobre lo que había vivido. De allí que, en sus próximos trabajos, como La hermandad de la uva (1977), todo se centró en el redescubrimiento de los sentimientos familiares y en su relación con el padre.

Entre esos trabajos encontraremos también Un año pésimo (1985) y Al oeste de Roma (1986).[24] En este último trabajo el autor describe su vida al promediar los cincuenta y cinco años de edad. Rememora su juventud, los días en los que escribía historias prometedoras. Rememora también sus inicios como guionista en Hollywood.

Sin embargo, y como describe en Al oeste de Roma, sus negocios con el cine empeoraron. Entretanto quería escribir pero no podía, no lograba producir una página memorable. Lo único que le queda, una familia numerosa, sólo parece llenarlo de preocupaciones y arruinarlo económicamente.

Como cuenta su hijo, Dan Fante, su padre tuvo una muerte muy lenta. Habiendo llegando a la vejez ciego y sin piernas por causa de una diabetes, murió hacia 1983 en Woodland Hills, California[25].

Si bien en sus últimos años de vida gozó de cierto éxito por el público y por la crítica –con las reimpresiones de sus primeros trabajos por Black Sparrow–, fue reconocido póstumamente pocos años más tarde.

Todo poeta o novelista debe ser considerado como un hombre entre otros hombres dentro de un mundo de fuerzas económicas reales.

[1] Entrevista realizada en Lummox Press/Journal hacia el 2003.

[2] John FANTE, Pregúntale al polvo. Traducción de Antonio-Prometeo Moya, 2.a edición, Barcelona, Anagrama, 2001. pp. 34-35.

[3] John FANTE, La hermandad de la uva. Traducción de Antonio-Prometeo Moya, Barcelona, Anagrama, 2001. pp. 84-85.

[4] John FANTE, Sueños de Bunker Hill. Traducción de Antonio-Prometeo Moya, Barcelona, Anagrama, 2002, p. 150.

[5] Ibídem, p. 150.

[6] Al igual que tantos otros –la lista sería exhaustiva– la obra de Fante alcanzó una suerte de gloria en Europa antes que en su propio país. Sin embargo aun premiado póstumamente en 1987 con el Lifetime Achievement Award, siguió por muchos años siendo un autor desconocido por el gran público y, lo que es aún peor, por los mismos expertos. Ciertas hipótesis, no por ello del todo válidas, explican la incomprensión de su obra: Alessandro Baricco, en tanto que compara a Bandini con Holden Caulfield, no lo hace sino que en pos de las evidentes semejanzas que unen a los personajes. La suerte de Salinger, que gritará sobre el mundo el mismo dolor, reside en que Holden es un personaje universal. Su historia es materia corriente en sus contemporáneos. En cambio John Fante, al ser hijo de la primera camada de inmigrantes, ha vivido una historia muy particular. Un editor de la obra de Fante, Francesco Durante, aporta también a estas mismas ideas unas notables explicaciones: «My opinion is that his origin acts as a limit, American literature is temped to include him within an ethnic enclosure. And I believe that you cannot understand Fante if you do not understand his being an Italian American» (JOHN-FANTE,COM, «Times of Glory for Bandini: Interview to Francesco Durante, editor of the volume of the first-class» -[en línea]. Dirección URL: http://www.john-fante.con/en/reviews/20030508.htm).

[7] John FANTE, Sueños de Bunker Hill, op. cit., p. 21.

[8] Como Terry Eagleton señala, precisamente en relación a la obra de Knut Hamsun: «Podría decir que reconozco su carácter literario porque estoy enterado de que proviene de esa novela de Knut Hamsun. Forma parte de un texto que yo leí como novelístico (…) El contexto me hace ver su carácter literario, pero el lenguaje en sí mismo carece de calidad o propiedades que permitan distinguirlo de cualquier otro tipo de discurso, y quien lo empleara en el bar no sería admirado por su destreza literaria» (Terry EAGLETON, Teoría literaria, México, Fondo de Cultura Económica, 1998).

[9] En el sentido que Raymond Williams manifiesta sobre los códigos emergentes, es decir, aquellos que muestran un nuevo modo de pensar o enfoque, y suelen resultar potentes y diferenciadores (aunque también pueden ser percibidos como amenazantes e inspirar temor).

[10] John FANTE, La hermandad de la uva. op. cit., p.87.

[11] John FANTE, Pregúntale al polvo. op. cit., p. 52.

[12] John FANTE, Al oeste de Roma. Traducción de Antonio-Prometeo Moya, Barcelona, Anagrama, 2007, p. 34.

[13] John FANTE, Espera a la primavera, Bandini. Traducción de Antonio-Prometeo Moya, Barcelona, Anagrama, 2001, p. 9.

[14] «En 1933 John Fante vivía en un ático de Long Beach y trabajaba en su primera novela, Camino de Los Ángeles. “Tengo siete meses y 450 pavos para escribirla. En mi opinión es sensacional”, dijo a Carey McWilliams en una carta fechada en 23 de febrero de 1933. Fante había firmado un contrato con Knopf y cobrado un adelanto. Sin embargo, no terminó la novela a los siete meses. En 1936 reescribió las primeras cien páginas. En una carta sin fecha (escrita hacia 1936), dirigida a McWilliams, Fante dice que “Camino de Los Ángeles está terminada y yo estoy encantado, chico… Espero poder enviártela el viernes. Parte del contenido de la novela pondría de punta los pelos del culo de un lobo. Puede que sea demasiado fuerte; quiero decir que carece de buen gusto. Pero no me importa”. La novela no se publicó, probablemente porque el argumento, a mediados de los años treinta, se consideró demasiado atrevido». (en John FANTE, «Nota del editor Norteamericano», Camino de Los Ángeles. op. cit., p. 7).

[15] A Family´s Legacy of Writing, Drinking and Surviving de Dan Fante, publicada por Harper Perennial hacia 2011, incluye además una PosData con entrevistas, cartas inéditas a editores (como William Saroyan, Carey McWilliams y H. L. Mencken) y poemas nunca antes publicados.

[16] Se trata de una selección de cartas que trazan el surgimiento de la pobreza en la vida del autor como guionista de Hollywood (John FANTE, Selected Letters (ed. Seamus Cooney). Santa Rosa, CA: Black Sparrow Press, 1993).

[17] John FANTE, «Nota del editor Norteamericano», Camino de Los Ángeles. op. cit., p. 7.

[18] John FANTE, Llenos de vida. Barcelona, Anagrama, 2008. p. 11.

[19] John FANTE, Selected Letters (ed. Seamus Cooney). op. cit., p. 32-44.

[20] «Hollywood es el paraíso de los empresarios de espectáculos. Los empresarios de espectáculos no hacen nada; se limitan a explotar lo que algún otro ha hecho. Pero los empresarios de Hollywood controlan el proceso de creación… y de este modo lo degradan. El arte básico del cine es el guión; es fundamental, sin él no hay nada… Pero en Hollywood el guión lo escribe un escritor asalariado bajo la supervisión de un productor; es decir, un empleado sin poder de decisión sobre el producto de su trabajo, sin derecho de propiedad sobre ello (…). Y eso no se puede hacer; lo único que se consigue así es destruir el talento, y eso es exactamente lo que sucede…» (en Raymond CHANDLER, «Escritores en Hollywood [1945]», en A mis mejores amigos no los he visto nunca: Cartas y ensayos selectos. Barcelona, 2013).

[21] Es interesante aquí señalar, como bien entendía Raymond Williams, el efecto que en las sociedades modernas los principales medios de comunicación materializan una amplia gama de percepciones y actitudes seleccionadas. Precisamente porque la industria del cine, concebida aquí como una institución, presenta una relación muy específica con la formación (literaria, artística) de muchos escritores.

[22] John FANTE, Sueños de Bunker Hill. op. cit., p.130.

[23] John FANTE, Llenos de vida (Nota del editor). op. cit., p. 89.

[24] Estas obras fueron editadas de manera póstuma, tanto como Camino de Los Ángeles y Un año Pésimo.

[25] Dan FANTE, «The death of John Fante», A Family´s Legacy of Writing, Drinking and Surviving. New York, Harper Perennial, 2011, pp. 329-330.