Yo nunca guardé rebaños, de Fernando PESSOA

En El guardador de rebaños Fernando Pessoa propone una nueva forma de ver y de existir. Alejado del melancólico tono de su prosa poética, estas versiones aforísticas suenan como la voz misteriosa de un presocrático, como las sentencias de Heráclito, mismo que comparó el tamaño de su pie con el del sol. Este es el primer poema del único poemario publicado de Pessoa en vida, en versión de Juan Carlos Villavicencio.

 

I


Yo nunca guardé rebaños,
pero es como si los guardara.
Mi alma es como un pastor,
conoce al sol y al viento
y anda de la mano de las Estaciones
siguiendo y mirando.
Toda la paz de la Naturaleza sin gente
viene a sentarse a mi lado.
Pero me quedo triste como una puesta de Sol
para nuestra imaginación,
cuando se enfría el fondo de la planicie
y se siente entrar la noche
como una mariposa por la ventana.

Pero mi tristeza es sosiego
porque es natural y justa
y es lo que debe haber en el alma
cuando piensa ya que existe
y las manos recogen flores sin que ella se dé cuenta.

Con un ruido de cencerros
más allá de la curva del camino,
mis pensamientos están contentos.
Sólo tengo pena de saber que están contentos,
porque, si no lo supiera,
en vez de estar contentos y tristes
estarían alegres y contentos.

Pensar incomoda como andar bajo la lluvia
cuando el viento crece y parece que llueve más.

No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.

Y si a veces deseo,
por imaginar, ser un corderito
(o ser todo el rebaño
para andar disperso por toda la ladera
siendo muchas cosas felices al mismo tiempo),
es sólo porque siento lo que escribo al ponerse el Sol
o cuando una nube pasa la mano por encima de la luz

y corre un silencio afuera por la hierba.
Cuando me siento a escribir versos
o, paseando por los caminos o por atajos,
escribo versos en un papel que está en
mi pensamiento,
siento un cayado en las manos
y veo un trazo de mí
en la cima de una colina,
mirando mi rebaño y viendo a mis ideas,
o mirando a mis ideas y viendo mi rebaño,
y sonriendo vagamente como quien no comprende

lo que se dice
y quiere fingir que sí comprende.
Saludo a todos los que me leen,
quitándome el ancho sombrero
cuando me ven en mi puerta
tan pronto se alza la diligencia en la cima
de la colina.
Los saludo y les deseo sol
y lluvia, cuando la lluvia es necesaria,
y que sus casas tengan
al pie de una ventana abierta
una silla predilecta
donde se sienten a leer mis versos.
Y que al leer mis versos piensen
que soy cualquier cosa natural —
por ejemplo, el árbol antiguo
a la sombra del cual cuando niños
se sentaban de un batacazo, cansados de jugar,
y se limpiaban el sudor de la frente caliente
con la manga de un babero a rayas.