«Nuevas notas acerca de RIMBAUD» – de Paul VERLAINE

No es aquí (La Plume), donde el nombre y el renombre de Arthur Rimbaud son familiares, donde se ha de acribar aquello que tan a menudo se ha dicho, unas veces bien y otras mal, y dos o tres muy bien, acerca del poeta y del hombre.
Esto será algo más biográfico que otra cosa, y para entrar pronto en el asunto, primero tendrán que saber que al terminar las vacaciones de 1871, vacaciones que había yo pasado en el campo en el Pas-de-Calais, en una casa de allegados parientes, encontré al volver a París una carta firmada por Arthur Rimbaud que acompañaba a Las primeras comuniones y a otros poemas que me llamaron la atención por…-¿cómo lo diría que no fuera en jerga de burgués?- por su originalidad extrema.
Además del envío de las composiciones en cuestión, aparecían en la carta rasgos del autor, que no desmerecía del de los versos y ciertos extravagantes informes, tales como “pequeña mugre”, “menos molesto que un Zanetto”, y se recomendaba con la amistad de un buen muchacho, empleado en las Contribuciones indirectas, gran bebedor de cerveza, poeta (báquico) a ciertas horas, músico, dibujante y entomólogo, muerto después, a quien había conocido otro tiempo.
Todo ello era muy vago. Los versos eran de una belleza verdaderamente alarmante. Hablé de él con mis camaradas Valade, Cros y Burty -¡sombras queridas!- y de acuerdo con la familia de mi mujer, con la que yo vivía, y con la cual, para desgracia mía, convinimos que conviviera con nosotros para empezar, le trajimos.
El día de su llegada, Cros y yo teníamos tanta prisa por recibirlo en la estación de Estrasburgo o del Norte…, que se nos escapó y fuimos echando pestes -Dios sabe cómo- contra nuestra mala suerte, desde el boulevard Magenta hasta la parte baja de la calle de Ramey. Lo encontramos charlando tranquilamente con mi suegra y mi mujer en la sala de la casa de mi suegro, calle Niconet, bajo la butte. No sé por qué me había imaginado al poeta de otra suerte. Provisionalmente tenía rostro de un verdadero niño, cara fresca y redonda sobre un cuerpo grande, huesudo y desgarbado como adolescente que crecía y cuya voz, de acento ardenés con dejos de patois, tenía los altos y bajos del período de muda.
Cenamos. Nuestros huésped hizo honor a la sopa principalmente, y permaneció más bien taciturno durante la comida, limitándose a contestar a Cros, que quizá aquella noche se sintió demasiado preguntón, y llegó, como analista despiadado, hasta querer inquerir cómo cada idea había acudido a su m ente y por qué había preferido determinada palabra de otra, pidiéndole cuenta en cierto modo de la génesis de sus poemas. El otro, a quien nunca he conocido como gran hablador, apenas respondía más que monosílabos de hastío. No recuerdo más que un rasgo de ingenio que tuvo a propósito de los perros. “Los perros -dijo Rimbaud- son unos liberales”. No cito el donaire prodigioso, pero puedo atestiguar que ha sido pronunciado. La velada no se prolongó, el recién llegado hubo de alegar que el viaje le había fatigado un tanto…
Durante quince días vivió en casa. Habitaba un cuarto donde había, entre otras cosas viejas, un “retrato de antepasado”, pastel un poco desvaído, manchado en la frente por el moho en extremo desagradable, detalle que entre otros deterioros impresionó a Rimbaud de tan fantástico y siniestro modo que, obedeciendo a su reiterada súplica, tuve que relegar a otro sitio al leproso marqués. Creí que se trataba de una broma macabra, de una fría broma… Luego pensé, y aun lo pienso después de veinticuatro años, que se trataba de una chifladura parcial y pasajera, como es frecuente que ocurra en esas naturalezas excepcionales.
Otra vez lo encontré tendido al sol (de octubre) en la acera de asfalto que llevaba a las gradas de la escalera de piedra de mi casa.
Las gradas y la cinta asfaltada estaban en el patio, y un muro y una verja lo separaban de la calle; mas desde ella era posible, así como para los vecinos de enfrente, gozar de aquel espectáculo, que por lo menos era extraordinario.
Otras excentricidades de ese género y muchas más, contaminadas con malicia disimulada, dieron que pensar a mi suegra, la mejor y la más inteligente y tolerante mujer, y por ello convinimos que cuando mi suegro, burgués de siete suelas, regresase de caza, pediría yo a alguno de mis amigos de los que habían cooperado y favorecido la venida de Rimbaud, que le albergaran alternativamente , sin que dejara yo por eso, claro está, de ocuparme de la “obra” lo más mínimo.
En tres semanas, que es lo que había durado la estancia del interesante peregrino, se formó una honda amistad entre nosotros.
De los versos que había hecho poco me dijo. Los desdeñaba y me hablaba con preferencia de lo que quería hacer en el porvenir, y cuanto me decía ha sido profético. Empezó por el verso libre y continuó durante mucho tiempo con una prosa muy personal, bella si las hay, y clara como ella sola, viva y brillante y serena cuando es preciso. Todo esto me lo exponía en largos pasesos alrededor de la Butte y después en los cafés del barrio Trudaine y del barrio latino; después, no hizo más que viajar.
Más aquí yo no debía más que tratar la colección que la casa Vanier hace de las poesía de Rimbaud. Esta colección acaba de publicarse. Contiene todos los versos suyos que se han podido reunir, es decir, sus producciones hasta 1871 inclusive. Las demás cosas incluídas son posteriores. Los lectores de La Plume se alegrarán al encontrar todas las obras maestras. De sus lecturas saldrán muchos admiradores de los poemas conocidos y clásicos, encantados por las composiciones vehementes Los motivos de Niña, Mi Bohemia, Sensación y espantados por otros poemas feroces y rayanos en la crueldad como Los poetas de siete años y Mis pequeñas enamoradas.
¿No es esto cuanto puede experimentarse frente a un volumen de versos en estos tiempos empalagosos? La admiración, el encanto y un cierto espanto hermoso y bueno.