The Inchcape Rock – ROBERT SOUTHEY

Inchcape Rock o Bell Rock es el nombre que recibe una gran roca que se encuentra en la costa este de Escocia, concretamente frente a Angus, cerca de Dundee y de Fife. Suponía un gran peligro para los navegantes: apenas sobresalía del mar una pequeña parte que no hacía sospechar de la gran extensión que quedaba escondida. En el año 1807 comenzó la construcción de un faro que concluyó en 1810. La denominación de Inchcape procede del gaélico escocés “Innis Sgeip”, que significa “beehive isle”, “isla en forma de colmena”.

Según la leyenda popular, el nombre de Bell Rock se debe a que en el siglo XIV hubo un abad, el de Arbroath (Aberbrothock en el poema de Southey), que puso en la roca una boya con una campana para advertir a los barcos de su presencia. Sólo estuvo un año en aquel lugar hasta que un pirata holandés la quitó de ahí. Existen leyendas parecidas como la de la campana de St. Goven, en Pembrokeshire. Según esta leyenda, unos piratas robaron la campana de la capilla de Saint Goven y, nada más echarse a la mar, naufragaron.

El pirata Sir Ralph la arranca por pura maldad (His heart was mirthful to excess, / But the Rover’s mirth was wickedness). para que nadie bendijera más al buen abad de Aberbrothok. Sin embargo, por manos del destino el primer barco en encallar en la roca y hundirse es el suyo, cargado de tesoros robados. Cuando están hundiéndose el malvado escucha una campana que le llama desde el infierno: “A sound as if with the Inchcape Bell, / The Devil below was ringing his knell“. El autor emplea de nuevo la balada, forma habitual para presentar una historia popular. La traducción aquí presentada es de María del Mar Rivas Carmona.

LA ROCA DE INCHCAPE

En el aire quietud, y quietud en el mar.
El navío se hallaba estático, parado.
No llegaba a sus velas impulso desde el cielo,
fija estaba su quilla en mitad del océano.

Sin ninguna señal ni sonido de roce
las olas ya bañaban el escollo de Inchcape;
apenas si subían, apenas si bajaban.
No lograban mover la campana de Inchcape.

El abad de Aberbrothok floltando en una boya
colocó una campana en la roca de Inchcape,
que el temporal movía y hacía balancear,
y su toque de aviso se oía sobre las olas.

Si el profundo oleaje el escollo ocultaba,
los marinos oían su toque de advertencia;
con ello se alertaban de la temible roca,
y todos bendecían al abad de Aberbrothok.

Y desde el cielo el sol brillaba alborozado,
todas las cosas eran gozosas aquel día;
se oían las gaviotas que revoloteaban,
y de gozo era pleno su sonido también.

Se podía contemplar la campana de Inchcape,
una pequeña mota sobre el verde océano.
El pirata Sir Ralph por allí pasó un día,
y posó su mirada sobre la oscura mota.

Sintió un alentador primaveral aliento,
que le hizo silbar, que le hizo cantar;
y sintió el corazón repleto de alborozo.
El gozo del pirata era pura maldad.

Miró con atención esa boya de Inchcape
y dijo: “Marineros, arriad un bote, presto,
de inmediato llevadme a la roca de Inchcape,
que yo he de burlarme del abad de Aberbrothok.”

Bajan un bote, pues; reman los marineros,
y todos se dirigen a la roca de Inchcape.
El pirata, inclinándose hacia fuera del bote,
la campana cortó de la boya de Inchcape.

Ésta se hundió hasta el fondo con un sonido ahogado.
Se elevaron burbujas que más tarde estallaban.
Y Sir Ralph exclamó: “El próximo que venga
no bendecirá más al abad de Aberbrothok.”

Y con estas palabras se marchó aquel pirata.
Surcó todos los mares durante un largo tiempo;
y ahora, enriquecido, cargado de botines,
dirige ya su rumbo a la costa de Escocia.

Una bruma muy densa inunda todo el cielo,
de modo que ni el sol consiguen distinguir.
El viento todo el día se tornó vendaval,
mas al llegar la noche amainó el temporal.

Entonces el pirata se sitúa en cubierta.
Hay tanta oscuridad que no se ve la tierra.
Dijo entonces Sir Ralph: “Muy pronto habrá más luz,
está a punto de salir ya la luna creciente.”

Dijo uno: “¿No oís bramar el oleaje?
Debemos, pues, de hallarnos muy cerca de la costa.
Dónde nos encontramos no puedo asegurar,
pero ojalá se oyera la campana de Inchcape.”

No se oye ruido alguno, es fuerte el oleaje;
aunque se ha echado el viento, siguen a la deriva,
hasta que el barco impacta con un choque tremendo:
“¡Dios Todopoderoso! ¡Es la roca de Inchcape!”

El pirata Sir Ralph se arrancaba el cabello;
con desesperación a sí se maldecía.
Las olas van entrando por todos los costados,
el barco se va hundiendo hacia el fondo del mar.

Mas, incluso preso ya de pavor y agonía,
oír pudo el pirata un sonido espantoso,
un son que parecía la campana de Inchcape.
En el infierno el diablo le estaba reclamando.

THE INCHCAPE ROCK

No stir in the air, no stir in the sea,
The ship was still as she could be,
Her sails from heaven received no motion,
Her keel was steady in the ocean.

Without either sign or sound of their shock
The waves flow’d over the Inchape Rock;
So little they rose, so little they fell,
They did not move the Inchcape Bell.

The Abbot of Aberbrothok
Had placed that bell on the Inchcape Rock;
On a buoy in the storm it floated and swung,
And over the waves its warning rung.

When the Rock was hid by the surge’s swell,
The mariners heard the warning bell;
And then they knew the perilous Rock,
And blest the Abbot of Aberbrothok.

The Sun in heaven was shining gay,
All things were joyful on that day;
The sea-birds scream’d as they wheel’d round,
And there was joyaunce in their sound.

The buoy of the Inchcape Bell was seen
A darker speck on the ocean green;
Sir Ralph the Rover walk’d his deck,
And he fixed his eye on the darker speck.

He felt the cheering power of spring.
It made him whistle, it made him sing;
His heart was mirthful to excess,
But the Rover’s mirth was wickedness.

His eye was on the Inchcape float;
Quoth he, ‘My men, put out the boat,
And row me to the Inchape Rock,
And I’ll plague the Abbot of Aberbrothok.’

The boat is lower’d, the boatmen row,
And to the Inchcape Rock they go;
Sir Ralph bent over from the boat,
And he cut the Bell from the Inchcape float.

Down sunk the Bell with a gurgling sound.
The bubbles rose and burst around;
Quoth Sir Ralph, ‘The next who comes to the Rock
Won’t bless the Abbot of Aberbrothok.’

Sir Ralph the Rover sail’d away,
He scour’d the seas for many a day;
And now grown rich with plunder’d store,
He steers his course for Scotland’s shore.

So thick a haze o’erspreads the sky
They cannot see the Sun on high;
The wind hath blown a gale all day,
At evening it hath died away.

On the deck the Rover takes his stand,
So dark it is they see no land.
Quoth Sir Ralph, ‘It will be lighter soon,
For there is the dawn of the rising Moon.’

‘Canst hear,’ said one, ‘the breakers roar?
For methinks we should be near the shore.’
‘Now where we are I cannot tell,
But I wish I could hear the Inchcape Bell.’

They hear no sound, the swell is strong;
Though the wind hath fallen they drift along,
Till the vessel strikes with a shivering shock,–
‘Oh, Christ! it is the Inchcape Rock!’

Sir Ralph the Rover tore his hair;
He curst himself in his despair;
The waves rush in on every side,
The ship is sinking beneath the tide.

But even in his dying fear
One dreadful sound could the Rover hear,
A sound as if with the Inchcape Bell,
The Devil below was ringing his knell.

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