El último hombre que hablaba ubykh – de John BURNSIDE

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Los tiempos que corren

“Una ventana se cierra sobre cero. La extinción de lenguas que estamos presenciando en la actualidad –docenas de ellas pasan cada año a un silencio irremediable- es exactamente paralela a los estragos que se hacen en la fauna y en la flora, pero de una forma más definitiva”. Leo esta declaración de George Steiner (está en “Los idiomas de Eros” uno de Los libros que nunca he escrito) varios años después de la traducción que hice del poema de John Burnside, cuando descubrí cómo explora ese poema –inapelable y suave- una misma comparación sentenciada por las estadísticas. Cuando lo traduje, haciéndome cargo apenas de la necesidad de hacerlo (esa hebra firme que enhebran los que traducen con su propio deseo de haber dicho por primera vez el texto de otro), seguí la línea de menor resistencia: el párrafo en prosa circunstanciando una impuntualidad “académica”, la muerte de un hombre solo llevándose consigo todo un idioma; la lengua de esa boca que se vuelve dura y fría y enmudece a tantas otras que van a aprender a decir y escribir cosas con palabras distintas; qué parte del lenguaje resulta ser, de pronto, el “ubijé” (extinguido oficialmente en 1990 de acuerdo con un catálogo de transcripciones que pude consultar).
Un lector anónimo posteó en el blog de la London Review of Books el nombre propio del protagonista: se llamaba Tevfik Esenç, y podía identificar exactamente el tipo de rana que nombraba la palabra rana en ubijé, porque en ese idioma el término era transparente. El ‘paralelo exacto’ de Steiner habilitado al comienzo entre las lenguas que mueren y la devastación incesante de la flora y la fauna del planeta parece más cabal enfocado desde este punto final. Aunque las lenguas sean más obra nuestra que todo lo demás, lo mismo pasa que se terminan. Y nuestra profecía sustentable, modesta aunque no lo parezca, es que estamos en tiempos de traducción.

María Calviño

El último hombre que hablaba ubykh¹

El lingüista Ole Stig Andersen ansiaba seguir el rastro de una lengua del oeste del Cáucaso llamada ubikh. Habiendo escuchado acerca de que aún quedaba un hablante, salió a buscar al hombre y llegó a su pueblo el 8 de octubre de 1992. El hombre había muerto pocas horas antes.

A veces, en esos últimos pocos meses,
él pensaría una palabra
y tenía que recordar el árbol, o una especie de rana,

el sonido denotaba:
el árbol mismo, o la rana, o el estado mental
y no la palabra equivalente en otra lengua,

el discurso que habían cambiado sus hijos
y la luz de la montaña;
las lápidas que barría y rastrillaba; las canciones de boda.

Mientras años de silencio se sumaban en el ardor,
él permanecía en su patio, y murmuraba un nombre de pájaro
en su lengua materna,

mientras los recuerdos de la nieve y los días de feria,
las manos de su padre, el olor del tamarindo,
signos de leche y sangre sobre un suelo con sol

se retraían en nombres ya nunca usados:
el azul de la infancia plegado como sábana
y arrumbado.

Nada que él dijera fue recordado; nada que hiciera
fue una hazaña o una leyenda
en la plaza del pueblo,

aunque más tarde retendrían la palabra
que dijo esa mañana, justo antes de morir:
la palabra para la muerte, quizás, o el césped,

o nadar hasta la superficie de la mente,
esa otra palabra que se usaba, cuando era joven,
para todo lo que sabían que nadie recordaría.

The Last Man to Speak Ubykh

The linguist Ole Stig Andersen was keen to seek out the remaining traces of a West Caucasian language called Ubykh. Having heard that there was one remaining speaker he set out to find the man and arrived at his village on 8 October 1992. The man had died a few hours earlier.

At times, in those last few months,
he would think of a word
and he had to remember the tree, or species of frog,

the sound denoted:
the tree itself, or the frog, or the state of mind
and not the equivalent word in another language,

the speech that had taken his sons
and the mountain light;
the graves he swept and raked; the wedding songs.

While years of silence gathered in the heat,
he stood in his yard and whispered the name of a bird
in his mother tongue,

while memories of snow and market days,
his father’s hands, the smell of tamarind,
inklings of milk and blood on a sunlit floor

receded in the names no longer used:
the blue of childhood folded like a sheet
and tucked away.

Nothing he said was remembered; nothing he did
was fact or legend
in the village square,

yet later they would memorise the word
he spoke that morning, just before he died;
the word for death, perhaps, or meadow grass,

or swimming to the surface of his mind,
that other word they used, when he was young,
for all they knew that nobody remembered.

¹ London Review of Books, Vol.24; n°16. 22 August 2002, p.20.

María Calviño es poeta, docente e investigadora. Ha publicado Círculo de sombra, Lírica en trámite y Fin de semana largo, entre otros textos. Superficies cultivables está ahora en prensa en Del Dock. Es profesora titular de literatura de habla inglesa en la Universidad Nacional de Córdoba -ciudad donde nació y reside-, y actualmente trabaja con la Dra. Ana Levstein en un proyecto en torno a la alteridad en escenarios contemporáneos (SECyT/UNC/FFyH).