La cabaña de Saint-Denys Garneau – por Adalber Salas Hernández (Abracadabra, 2017)

 

el objeto más bello es
el que no existe
[…]
ni
la ceguera
ni
la muerte
desgastarán el objeto
que no existe
Zbigniew Herbert

En una pequeña isla en medio del río Jacques-Cartier, Hector de Saint-Denys Garneau y su hermano Jean construyeron una cabaña. Se trataba de una estructura modesta, poco apta para sufrir los rigores el invierno canadiense. A menudo, cuando había buen clima, Hector se acercaba a pasar tiempo en ella, valiéndose para ello de la canoa que le prestaban unos vecinos y la tienda de acampado que había recibido de un tío –solía hacerlo con frecuencia, refiriéndose al islote como la “île d’Ithaque”. Regresaba de visitarla una noche de octubre de 1943, un tanto fría, cuando empezó a notar en su cuerpo signos de una fatiga peculiar. Desde hacía algún tiempo se le había diagnosticado una afección cardíaca, condición que había contribuido considerablemente a su –ya entonces célebre– tendencia a la reclusión.
Detuvo la canoa en la orilla del río, cerca de una casa habitada por Joseph-Louis Boucher. Tocó la puerta y pidió prestado el teléfono, pero las líneas telefónicas aún no habían llegado a esa zona. Fue andando de vuelta a la canoa cuando, a punto de alcanzarla, se desplomó junto a la orilla del río, boca abajo, de cara al agua. Su cuerpo fue hallado tres días después.
El médico forense anotó que Saint-Denys Garneau “est mort naturellement d’une syncope cardiaque à la suite d’un effort intense”, según acota Michel Biron en De Saint-Denys Garneau. Biographie¹. No puede sino sentirse singularmente coherente que su muerte haya ocurrido de tal modo, bajo el signo de un mal cardíaco acechante, apenas visible, que lo atacó al hallarse en el trayecto de retorno desde esa cabaña cuya materia había conocido sus manos cuando era árbol seccionado en trozos: vigas, troncos, tablas, leña. En especial cuando nos detenemos en un poema como Le jeu, incluido en Regards et jeux dans l’espace, único libro publicado por Saint-Denys Garneau en vida:


Un enfant est en train de bâtir un village
C’est une ville, un comté
Et qui sait
……….Tantôt l’univers.
Il joue
Ces cubes de bois sont des maisons qu’il déplace
 
……….et des châteaux
Cette planche fait signe d’un toit qui penche
……….ça n’est pas mal à voir
Ce n’est pas peu de savoir où va tourner la route
……….de cartes
Ce pourrait changer complètement
……….le cours de la rivière
À cause du pont qui fait un si beau mirage
……….dans l’eau du tapis²


Los cubos de madera del niño que juega, lisos y simples, ensimismados, ordenan con modestia la totalidad de un discreto universo. Su localización funda casas y castillos, fija la ubicación del río en el que se ha transformado la alfombra, determina cómo será el futuro mapa de este mínimo mundo pasajero. En esos gestos en los que nadie pareciera fijarse, todo fait signe, todo hace signo, remitiendo a una totalidad invisible.
La poética de Saint-Denys Garneau vuelve una y otra vez a los niños, a la pasión imperceptible de sus juegos, fascinada por el modo en que nace en su interior, gracias a unos pocos ademanes, todo un cosmos. Y es que justamente esa noción, la de nacimiento, ejerce una atracción intensa sobre ella. Pudiera haber hecho suyas las palabras que anotaba José Lezama Lima en su diario el 25 de octubre de 1939, apenas un par de años después de que Saint-Denys Garneau publicara Regards et jeux dans l’espace: “La poesía sólo es el testigo del acto inocente –único que se conoce– de nacer.”³
La voz que habla en los poemas de Saint-Denys Garneau consigue colocarse siempre en ese lugar de testigo. Su función no es hacer nacer –tal hazaña estaría más allá de sus posibilidades e, incluso, podría ser indeseable– sino dar cuenta del nacimiento. En la mudez de aquellos bloques de madera que abren Le jeu, esta poética discierne una suerte de excedente de significado, un más allá para cuya levedad y transparencia aún no se han inventado unidades de medida. Busca hacerse testimonio de esa demasía.

Sauces

Los sauces a orillas de las ondas
La cabeza inclinada
El viento peina sus cabelleras largas
Las agita sobre el agua
Mientras que sueñan
Y se complacen indefinidamente
Con los juegos del sol en su follaje frío
O cuando la noche enmaraña sus corrientes.

Los olmos

En los campos
Quietos parasoles
Esbeltos, en una elegancia tranquila
Los olmos se encuentran solos o en pequeñas familias.
Los olmos calmos arrojan sombra
Para las vacas y los caballos
Que los rodean al mediodía.
No hablan
No los he escuchado cantar.
Son simples
Traman una sombra ligera
Llanamente
Para las bestias.

Sauces

Los grandes sauces cantan
Enredados con el cielo
Y sus follajes son aguas vivas
En el cielo

El viento
Hace girar sus hojas
De plata
En la luz
Y es resplandeciente
Y móvil
Y fluye
Como ondas.

Se diría que los sauces se vierten
En el viento
Y es el viento
El que se vierte en ellos.

Hay remolinos en el cielo azul
En torno a las ramas y los troncos
La brisa da vueltas a las hojas
Y la luz salta alrededor
Una fantasía
Con miles de reflejos
Como trinos de colibrí
Como baile sobre las quebradas
Inquieto
Con todos sus diamantes y todas sus sonrisas.

¹ Michel Biron. De Saint-Denys Garneau. Biographie. Montréal, Les Éditions du Boréal, 2015.

² Todas las obras del autor citadas provienen de Hector de Saint-Denys Garneau. Œuvres. Montreal, Les Presses de l’Université de Montréal, 1971.

³ José Lezama Lima. Diarios. [1939-49 / 1956-58]. México D. F., Ediciones Era, 1994.

MIRADAS Y JUEGOS EN EL ESPACIO – SEGUIDO DE DIARIO (EXTRACTOS) DE HECTOR DE SAINT-DENYS GARNEAU. TRADUCCIÓN ©ADALBER SALAS HERNÁNDEZ, COLECCIÓN ABRACADABRA, BUENOS AIRES POETRY, 2017.

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