Para el matrimonio entre Fausto y Helena – Hart CRANE

Textos pertenecientes al volumen El sol que reventó en el mar [Poesía y prosa] de Hart Crane. Selección, traducción y prólogo: Adalber Salas Hernández. Madrid, Ediciones Amargord, 2017.

Para el matrimonio entre Fausto y Helena

Y entonces puede suceder gracias al conocimiento talmúdico
y al griego profano el alzar el edificio,
el hogar de Helena, contra el ismaelita,
rey de Thogarma, y sus soldados
de azufre, azules y fieros; y la fuerza
del rey Abaddon, y la bestia de Cittim,
la cual interpretan el rabino David Kimchi,
Onkelos y Aben Ezra como Roma.
Ben Jonson, El Alquimista

I

Por momentos la mente ha mostrado ser
demasiado una masa horneada y tasada,
dividida por multitudes obsequiosas.
A través de las particiones amontonadas del día –
a través de los memorándums, los puntajes de béisbol,
las sonrisas estenográficas y los valores de la bolsa,
alas sucias reparten equivocaciones.

La mente es rozada por alas de gorrión,
Los números, repudiados por el asfalto, pueblan
las orillas del día, subrayan las cunetas,
llevando en caravana a los conductores de cada esquina
hacia el farmaceuta, el barbero y el tabaquista,
hasta que las graduadas opacidades de la noche
los arrebatan tan súbitamente, tal vez hacia
algún lugar virginal, menos fragmentario, fresco.

………Allí está el mundo dimensional para
………aquellos no tocados por el amor de cosas
………irreconciliables –

Y sin embargo, imaginemos que alguna noche olvido
la tarifa y la transferencia, pero voy por esa vía
sin retorno – perdido pero sereno en el tráfico. Entonces
puede que encuentre tus ojos al otro lado de un pasillo,
brillando, aún repletos de prefiguraciones –
pródigo, indiscutible ahora, riendo a medias
ante el marco sacudido de la ventana.

Hay una manera, creo, de tocar
esas manos tuyas que cuentan las noches
punteadas de publicidades verdes y rosadas.
Y ahora, antes de que sus arterias se oscurezcan,
quisiera que conocieras esta sangre regateada.
Inminente en su sueño, nadie conoce como ella
la mejilla de hostia blanca del amor, u ofrece palabras
tan levemente como el roce entre la luna y la nieve.

Conversión meditativa de todas las cosas
en tu hondo sonrojo, cuando los éxtasis hilan
los miembros y el vientre, cuando arco iris se abren,
vulnerando la garganta y los costados –
inevitable, el cuerpo del mundo
solloza en polvo inventivo por el hiato
que parpadea sobre él, aciano entre tus pechos.

Quizás la tierra se desliza diáfana hacia la muerte –
pero, si alzo mis brazos, es para inclinarme
ante ti, Helena, que huiste una vez, conociendo
el tacto de manos perturbadas, demasiado cargado
de manchas y acero como para sostenerte por siempre.
Te encuentro, pues, dentro de esa llama eventual
que hallaste en cadenas finales, aún sin ser cautiva –
más allá de aquel millón de ojos sangrientos, quebradizos,
blanca, paseada por blancas ciudades para alcanzar
ese mundo que le toca a cada uno de nosotros, solo.
Acepta un ojo solitario remachado en tu avión,
eje de automóvil torcido y devoto en caminos compañeros,
que late, continuo, al ritmo de días sin horas.
Una esfera de alabanza brillante, inadvertida.

II

Aquí brillan hipnosis descaradas,
alegres movimientos de un pie y otro,
magnéticos en su trémolo.
Esta ópera bufa que se desploma,
¡bendita excursión! Este rebote
de techo en techo –
¡Sepan, Olímpicos, que nos quedamos sin aliento,
mientras cupidos negros restriegan las estrellas!

Mil sacudidas leves nos equilibran
en medio de andanadas de rugiente melodía.
Sombras blancas resbalan por el suelo
extendidas como cartas de mala mano –
elipsis rítmicas andan al galope
hasta que un gallo canta en algún lugar.

Reciban ingenuamente – pero intrépidos
nuevos alivios, nuevos asombros,
que las cornetas introducen a cada momento –
y puede que caigan cuesta abajo conmigo
con perfecta gracia y ecuanimidad.
O deslícense rápidamente ante costas
donde, gracias a extrañas leyes armónicas,
todos los familiares yacen, serenos y frescos,
sentados en mecedoras de patente.

He conocido paraísos metálicos
donde cucos se burlaban de pinzones
sobre hábiles catástrofes de tambores.
Mientras risitas saludaban los gemidos de la muerte,
bajo marquesinas giratorias he visto
los incunables de lo grotesco divino.
Esta música tiene maneras tranquilizadoras.

La sirena de los manantiales de la canción culpable –
llevémosla en la cera incandescente,
estriada de sutilezas, nervios y nervaduras
que heredamos: aún es tan joven,
no podemos fruncir el ceño cuando sonríe,
zambulléndose aquí, en esta tormenta cultivada,
entre delgados patines de cielos plantados.

III

Ensombrerado árbitro de la belleza en esta calle
que se estrecha oscuramente hasta un alba de motores –
tú, aquí a mi lado, embajador delicado
de intrincados números muertos que se alzan
entre susurros, desnudos de acero,
……………………………………..¡pistolero religioso!
que fielmente caerá demasiado pronto,
de manera distinta a como se aquieta el viento
en los dieciséis puentes ahorrativos de la ciudad:
deslastremos nuestras gargantas de temor y lástima.

……………………………………..Nos igualamos,
nosotros, que condujimos la destrucción más rápida
en mecánicas formaciones corimbulosas –
que escalamos las colinas del viento, escupiendo malicia
resonante sobre las praderas, y miramos abajo
en grietas de espinas y casas vacías
como ancianas de dientes infelices
que esperaban débilmente, breves y en vano:

sabemos, pistolero eterno, nuestra piel recuerda
las ramas tensas, las flexibles mesetas azules,
¡las ciudades del aire, cabalgadas, rindiéndose!

El cielo ensillado que sacudió en vertical
el repetido juego del fuego – ningún hipogeo
de ola o roca valió lo mismo que una hora de eso.
No lo pedimos, pero hemos sobrevivido,
y seguiremos hablando ante todas
las calles de rastrojo que no se han inclinado
frente a la memoria, o conocido el brazo ominoso
que desciende sobre el arco de la ceja de Helena
para saturarla de bendiciones y consternación.

Un ganso, tabaco y colonia,
tres profecías del cielo, aladas y doradas:
el corazón pródigo siempre tendrá que leudar
y decorar con campanas y voces, y expiar
las sombras calmas de nuestro polvo conscripto.

El ombligo de Anquises, goteando mar –
las manos de Erasmo hundidas en corrientes brillantes,
reunieron el voltaje de sangre y vid sopladas.
Escarba hacia arriba en busca del nuevo vino disperso,
hermano, ladrón del tiempo, ese vino que pedimos.
Ríe ante las magras penitencias de los días
que no se atreven a compartir con nosotros su aliento,
la sustancia taladrada y gastada irremediablemente
buscando oro o la sombra de cabellos dorados.

Alaba los años, cuyas manos inculpadas
volátiles sangrientas extienden y trillan la altura
donde la imaginación se extiende sin desesperanza,
dejando atrás regateos, vocablos y rezos.

Objetivos generales y teorías
(1925)

Cuando empecé a escribir Fausto & Helena, era mi intención hacer encarnar en términos modernos (palabras, símbolos, metáforas) una aproximación contemporánea a una antigua mitología o cultura humana que parece haber sido opacada, en vez de ser iluminada, por las frecuentes alusiones poéticas hechas con respecto a ella durante el último siglo. El nombre de Helena, por ejemplo, se ha vuelto una muleta demasiado fácil de aprovechar cada vez que el poeta siente un dolor en el costado. La evocación real (para mí) de esta concepción de belleza muy real y absoluta parecía consistir en una reconstrucción, en estos términos modernos, de la actitud emocional básica que los griegos tenían hacia la belleza. Y al hacerlo descubrí que en realidad estaba construyendo un puente entre la así llamada experiencia clásica y muchas realidades divergentes de nuestro bullente, confuso cosmos de hoy en día, el cual aún no tiene ninguna mitología formulada en lo que respecta a referencias poéticas clásicas o explotación religiosa.
Así fue cómo hallé a Helena sentada en un tranvía; los goces dionisíacos de su corte y su seducción fueron transferidos a una terraza metropolitana con jardín y orquesta de jazz; la catarsis de la caída de Troya la encontré cercana a la reciente Guerra Mundial. Podría exagerarse fácilmente la importancia de este andamio, pero me dio una serie de correspondencias entre dos mundos ampliamente separados, en los cuales pude hacer sonar algunos de los mayores temas de la especulación humana –amor, belleza, muerte, renacimiento. Fue una suerte de proceso de injerto que sin duda no estaré interesado en repetir, pero que es consistente con teorías subsecuentes mías a propósito de la relación entre la tradición y la imaginación creadora contemporánea.
El poeta enfrenta hoy un problema terrible: un mundo que está tan sumido en la transición de una cultura decadente a una reorganización de las evaluaciones humanas, donde que hay pocos términos en común, denominadores generales del habla que sean suficientemente sólidos o que resuenen con alguna vibración o convicción espiritual. Las grandes mitologías del pasado (incluyendo a la Iglesia) se encuentran demasiado privadas de fachada como para que siquiera valga la pena lanzarles alguna burla. Sin embargo, muchas de sus tradiciones operan todavía, en millones de combinaciones azarosas, detalles relacionados o no, referencias psicológicas, frases hechas, preceptos, etc. Son partes de nuestra experiencia común y los términos, al menos parciales, de esa misma experiencia cuando se define o despliega.
Así pues, el programa deliberado de una “ruptura” con el pasado o la tradición, me parece una falacia sentimental. El poeta tiene el derecho de aprovechar cualquier recurso práctico que pueda encontrar en libros o en su entorno. No obstante, también debe aprovechar su sensibilidad o la piedra angular de su experiencia para elegir apropiadamente estos temas y detalles –y es aquí donde se decide si consigue alzarse o cae en arqueologías inútiles.
No adjudico un valor particular al simple objetivo de “modernidad”. El elemento de la localización temporal de la creación del artista es de una importancia muy secundaria; se le puede dejar al impresionista o al historiador. Me parece que un poeta definirá accidentalmente su tiempo bastante bien al reaccionar con honestidad y con la extensión completa de su sensibilidad ante los estados de pasión, experiencia y meditación a los que lo obliga de primera mano el destino. Por supuesto, debe tener una base de experiencias suficientemente universal, como para tornar su imaginación selectiva y valiosa. Su retrato del “período”, entonces, será sencillamente el producto de su curiosidad y la relación de su experiencia con una supuesta “eternidad”.
Me preocupa el futuro de los Estados Unidos, pero no porque crea que posee un valor nominal como estado o grupo de personas –sino porque estoy persuadido de que ciertas cualidades espirituales aún por definir están destinadas a ser descubiertas aquí, quizás una nueva jerarquía de la fe que no pueda desarrollarse tan enteramente en otra parte. Y me gusta sentirme como factor potencial en este proceso. Ciertamente debo hablar en sus términos y los descubrimientos que pueda hacer se sitúan en su experiencia.
Pero para engañarse y convencerse de que se están alcanzando esas definiciones con meramente referirse con frecuencia a rascacielos, antenas de radio, pitos de vapor u otros fenómenos superficiales de nuestro tiempo, es sólo tomar una fotografía. Creo que lo interesante y significativo emergerá exclusivamente con nuestra sumisión, examinación y asimilación de los efectos orgánicos que tienen sobre nosotros estos y otros factores fundamentales de nuestra experiencia. De otro modo, no puede ser una expresión orgánica. Y la expresión de tales valores a menudo puede ser conseguida tanto con el vocabulario y el verso libre de los isabelinos, como con los trucos caligráficos y la jerga usados por momentos tan brillantemente por un impresionista como Cummings.
Puede que sea imposible decir, estrictamente hablando, alguna experiencia “absoluta”. Pero parece evidente que cierta experiencia estética (y esto puede aumentar las facultades totales del espectador) puede ser llamada absoluta, en la medida en que se aproxima un enunciado formalmente convincente de una noción o aprehensión de vida que se gana nuestro asentimiento incondicional, y bajo condiciones en las cuales nuestra imaginación es incapaz de sugerir un nuevo detalle consistente con el diseño del todo estético.
He sido llamado “absolutista” en poesía, y si debo recibir tal etiqueta, debería ser bajo los términos de la definición recién enunciada. Realmente es sólo un modus operandi, empero, y como tal ha sido utilizado orgánicamente por una docena de poetas cuando menos, como Donne, Blake, Baudelaire, Rimbaud, etc. Puede que tenga mayor éxito si lo comparo con el método impresionista. El trayecto del impresionista es interesante –pero su objetivo es cumplido cuando ha logrado proyectar ciertos detalles factuales, seleccionados por él, en la consciencia del lector. En realidad, no está interesado en las causas (metafísicas) de sus materiales, sus derivaciones emocionales o sus últimas consecuencias espirituales. Basta con una especie de registro de retina, junto a cierta estimulación psicológica. Y esto vale también para el realista (el tipo Zola) y en cierta medida para el clasicista como Horacio, Ovidio, Pope, etc.
Blake se refería a estas diferencias cuando escribió:

Terminamos por creer en una mentira
Cuando vemos con el ojo y no a través de él.

El impresionista sólo crea con el ojo y para la primera superficie de la consciencia, al menos relativamente. Si el efecto ha sido armonioso o al menos estimulante, puede detenerse allí, cediendo enteramente a su audiencia la síntesis problemática de los detalles en términos de su propia consciencia personal.
Es mi esperanza ir a través de los materiales combinados del poema, usando nuestro mundo “real” como una suerte de trampolín, y dar al poema como un todo una órbita o una dirección propia determinada. Me gustaría establecerla tan libre de mi propia personalidad como de cualquier evaluación aleatoria por parte del lector. (Esto, claro, es imposible, pero es una característica que vale la pena mencionar). Tal poema es al menos una puñalada que acierta en la verdad, y en esa medida puede ser diferenciada de otros tipos de poesía y denominada “absoluta”. Su evocación no será en busca de decoración o entretenimiento, sino más bien en busca de un estado de consciencia, una “inocencia” (Blake) o belleza absolutas. En esta condición pueden ser descubiertas, bajo nuevas formas, ciertas iluminaciones espirituales, que brillan con una moralidad cuya esencia proviene directamente de la experiencia, y no de preceptos anteriores o prejuicios. Es como si el poema diera al lector, cuando éste lo deja, una sola, nueva palabra, nunca antes pronunciada e imposible de enunciar, pero evidente como principio activo en la consciencia del lector de ahí en adelante.
En lo que se refiere a las consideraciones técnicas: la motivación del poema debe derivarse de las dinámicas emocionales implícitas en los materiales utilizados, y los términos de expresión empleados a menudo son escogidos menos por su significado lógico (literal) que por sus sentidos asociados. A través de esto y sus interrelaciones metafóricas, la construcción entera del poema es levantada sobre el principio orgánico de una “lógica de metáfora” que antecede nuestra (así llamada) “lógica pura”, y que es la base genética de toda habla, y por ende de toda consciencia y pensamiento.
Se me ha dicho que, a menudo, estas dinámicas ofrecen como resultado cierta dificultad a la hora de entender mis poemas. Pero, por otra parte, a veces encuentro en ellas el único medio posible para expresar ciertos conceptos de manera contundente o directa. Para citar dos ejemplos: cuando, en Viajes (II) hablo de “adagios de islas”, me refiero al movimiento de un barco a través de islas espesamente apiñadas, el ritmo del movimiento, etc. Y parece ser un enunciado mucho más directo y creativo que cualquier uso más lógico de palabras, como “bordeando lentamente entre las islas”, además de aludir a todo un mundo de música. Similarmente, en Fausto & Helena (III), la velocidad y tensa altitud del aeroplano son sugeridas de mejor manera por la idea de “flexibles mesetas azules”, que implica el aeroplano y su velocidad recortados contra la tierra estática. Aunque el enunciado es falso en lo que respecta a la lógica formal, es completamente lógico con respecto a la verdad de la imaginación y expresa un concepto de velocidad y espacio que no podría ser tan bien manejado en otros términos.
Al manipular los fenómenos más imponderables de los motivos psíquicos, las puras cristalizaciones emocionales, etc., he tenido que apoyarme incluso más en estas dinámicas de menciones oblicuas, y sin duda aún no tengo consciencia de haberme comprometido con lo que parece no ser más que oscuridad para algunas mentes. Un poema como Posesiones realmente no puede ser explicado técnicamente. Debe apoyarse (incluso en buena medida para mí) en su impacto orgánico sobre la imaginación, para así implicar exitosamente su significado. Esto me parece que presenta un problema excepcionalmente arduo, considerando la claridad real y la lógica consistente de muchos otros poemas.
Sé que corro el riesgo de recibir mucha crítica al defender teorías como estas, pero como es parte del trabajo del poeta arriesgarse no sólo a la teoría, sino incluso al ridículo, en la conquista de la consciencia, sólo puedo decir que no adjudico un valor intrínseco a los medios de los que me valgo, más allá de su servicio práctico, pues dan forma a la materia viva de la imaginación.
Nuevas condiciones de vida hacen germinar nuevas formas de articulación espiritual. Y si bien considero que mi trabajo incluye una extensión más consistente de elementos literarios tradicionales de lo que muchos poetas contemporáneos son capaces de apreciar, noto que utilizo los dones del pasado principalmente como instrumentos –y que la voz del presente, que ha de ser conocida, debe ser atrapada aún a riesgo de hablar con frases y circunloquios a veces impactantes para el estudioso y los historiadores de la lógica. El lenguaje ha construido torres y puentes, pero él mismo es siempre inevitablemente fluido.