La Repugnacia Ennoblecida de BAUDELAIRE – por Kenneth Rexroth

El poeta y crítico que vengó en pocas horas la trágica muerte de Dylan Thomas (“Thou Shalt Not Kill”) también hizo justicia hacia 1957 respecto a las cartas publicadas de Charles Baudelaire [Baudelaire, a Self Portrait. Selected Letters, translated and edited by Lois Boe Hyslop and Francis E. Hyslop, Jr., Oxford University Press.]
“Baudelaire fue el poeta más grande de la época capitalista”, escribe al comenzar la reseña aquí presentada para The Nation. Lo cual no ha sido más que otra excusa para resquebrajar el común trato de espectacularización que dio origen a la publicación de las cartas del poeta francés.
Rexroth no teme en reconocer que las cartas de Baudelaire son “lamentables”, “asquerosas”. O bien poco dignas, considerando la dimensión estética del trabajo del reconocido poeta. Tampoco le importa demasiado juzgar la selectividad de los editores: si bien eligieron las peores cartas, todas fueron escritas por el mismo Baudelaire. Rexroth aprovecha esta oportunidad para resquebrajar las contradicciones que imperaban en la época. No sólo enfrenta la inmensa sombra de T. S. Eliot, sino además la superación de las determinaciones del marxismo.
Poco le importa la banal crítica de la tradición selectiva de la industria cultural: ¿Qué mejor para los especuladores del mercado que revolver las tripas de la miseria y de la humillación de un poeta que se opuso a todas las formas de trabajo y alienación?
Según Rexroth, Eliot no fue capaz de evidenciar el aspecto trágico de la Restauración Francesa: sólo se quedó con el valor nominal de la poesía de Baudelaire. “Trágico” en el sentido de que en la época de Baudelaire (como en la época de Verlaine o Rimbaud) los héroes no existían (o bien todos eran unos farsantes), y un poeta no tenía nada más que su propia experiencia para enaltecer sus cantos: “Homero estaba tan profesionalizado como un acróbata. Samuel Butler pensó que Nausicaa escribió la Odisea. Ciertamente Homero nunca se paró en las paredes de Troya junto a su pequeño hijo (…). Dejó que otros hombres lo hicieran por él. Su trabajo era registrar los actos de los héroes (…). Con la interrupción de la civilización industrial y comercial a nivel de la Restauración Francesa, la cultura oficial se desintegró en un conglomerado de mentiras. Los únicos héroes que la sociedad tiene para ofrecer son estafadores. Donde el poeta conserva una conciencia de su responsabilidad profética, e insiste en una crítica simbólica de los valores, el poeta se ve obligado a convertirse en su propio y trágico héroe”.
Aunque Baudelaire no es sólo un documento social: “La pornografía no es suficiente. El malvivir no es suficiente. La desmoralización no es suficiente”.
La vida misma no es un programa, un proyecto. Y las determinaciones económicas nunca explican la totalidad de una experiencia.
Baudelaire, “Rey de los Videntes”, enfrentó estas contradicciones, las convirtió en poesía. Forjó de esa manera un nuevo héroe, probablemente más humano y verdadero.

Juan Arabia

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Baudelaire fue el poeta más grande de la época capitalista. ¿Alguien lo duda? Deberías buscar un crítico de buena reputación que hoy día no esté de acuerdo esto. Y sin embargo – ¡Dios mío! Qué desgraciado era. Cualquiera que no esté familiarizado con el tema estaría seguro de que los Hyslops han manipulado una selección de sus cartas [Baudelaire, a Self Portrait. Selected Letters, translated and edited by Lois Boe Hyslop and Francis E. Hyslop, Jr., Oxford University Press.]. De estas cien cartas que han seleccionado, escogidas entre unas miles que sobrevivieron, sólo lo dejan mal parado: nunca eligieron mostrar ni una buena. Fue una desgracia para Baudelaire que su madre guardara todas sus cartas. Él nunca le escribió una carta decente, y eso que escribió mucho. Todas son deshonestas. Cuando no le está pidiendo dinero, está tratando de engañarla con los artilugios y con las mentiras más transparentes. Miente sobre sus negocios. Miente sobre sus amores. Siempre recurre a las costras de su ulcerado complejo de Edipo. Todo es muy asqueroso (…).
Sus cartas de amor a otras mujeres son absurdas; el despreciado y suplicante amorío de un melodrama provincial. En conjunto, se las arregla para llevarse un puesto aún peor que el de su maestro, Poe.
¿Qué había de genial acerca de este hombre? Ni siquiera era tan malo, sino más bien que parecía un “delincuente”, un niño incorregible y no muy brillante de diez años. Por muy potentes y originales que sean sus críticas publicadas sobre la pintura y las letras, cuando escribe ideas de arte o literatura en sus correspondencias, rara vez se eleva por encima del nivel de un libro de memorias de un adolescente desmoralizado. Eureka de Poe puede leerse como el filosofar de Amory Blaine, pero ni siquiera Baudelaire alcanza estas alturas. Se ha dicho que admiraba tanto a Poe porque no podía entender el inglés. A juzgar por sus cartas, era porque no podía entender a Poe. El francés o el inglés, todo parecía algo muy profundo para Baudelaire. Incluso, también esto resultaba rentable. Parece haber sacado más dinero de sus traducciones de Poe que por cualquier otra cosa – para finalmente vender el copyright entero por una miseria. ¿Por qué este hombre fue uno de los escritores más grande del mundo? Ésa es la más difícil de todas las preguntas que uno pueda responder.
En cierto sentido, ésta es la pregunta crítica fundamental (…). La menor confusión puede conducir al absurdo estético y moral. Catulo es un gran escritor. Céline es un gran escritor. Genet no es un gran “escritor”, en absoluto – Él es un documento social. La pornografía no es suficiente. El malvivir no es suficiente. La desmoralización no es suficiente.
Por supuesto, todo el mundo sabe que Baudelaire fue grandioso por la magnificencia de su estilo. Pero, ¿qué significa esto? Aquí, como en todos los lugares, el estilo es el hombre. Hay algo que no se ve a simple vista. Para que la poesía posea tal grandeza, el hombre también debe poseerla. Las cualidades de su poesía son bastante evidentes para todos, excepto para T. S. Eliot. La mayoría de ellos se encuentran incluidos en su propia estética del “dandismo”. Ellos son la tensión máxima, lograda por todo tipo de medios, y sobre todo por el contraste dinámico entre género y estilo – el bien conocido uso de las inflexiones rítmicas clásicas en un sentido ferozmente irónico es un claro ejemplo. El señor Eliot tomó todo esto por su valor nominal. Por supuesto, el punto es que Baudelaire usa la histeria heroica de Racine para burlarse de su propio dilema. La religión de Baudelaire es una especie de farsa bochornosa. La Misa es una parodia de la Misa Negra, y no al revés.
Otra característica de Baudelaire es su poderosa gravedad. Poe siempre es frívolo. Baudelaire siempre es fatal, terroríficamente serio (…). Compara sus versos con los golpes de campana de In Memoriam [Tennyson] e intuirás instantáneamente la diferencia entre en pathos del sentimiento y el pathos de la tragedia total.
Incluso una descripción muy apresurada hace evidente lo que hace que Baudelaire sea grandioso. Homero estaba tan profesionalizado como un acróbata. Samuel Butler pensó que Nausicaa escribió la Odisea. Ciertamente Homero nunca se paró en las paredes de Troya junto a su pequeño hijo (…). Dejó que otros hombres lo hicieran por él. Su trabajo era registrar los actos de los héroes. Así también ocurrió con Esquilo y Sófocles.
Con la interrupción de la civilización industrial y comercial a nivel de la Restauración Francesa, la cultura oficial francesa se desintegró en un conglomerado de mentiras. Los únicos héroes que la sociedad tiene para ofrecer son estafadores. Donde el poeta conserva una conciencia de su responsabilidad profética e insiste en una crítica simbólica de los valores, el poeta se ve obligado a convertirse en su propio y trágico héroe. La sociedad sólo puede proporcionar el elenco para la comedia amarga. ¿Qué es la novela del siglo XIX de Balzac o incluso de Choderlos de Laclos, sino la representación de esta burla maligna? Cualquiera que pretenda montar y manejar la caída de Agamenón o la separación de Tito y Berenice en términos del siglo venidero, y en mitad de las revoluciones traicionadas, no hará más que evidenciar su propio fraude.
Suena superficial decir que Baudelaire encarna dentro de sí mismo las “contradicciones del capitalismo”, como si se tratara de una especie de Caída de la Tasa de Beneficio. Quizá todo pueda remitirse a la economía, pero la tragedia del mundo moderno, el horror metafísico, la Mentira Social, son frases que enmascaran una total ruptura moral, la alienación del hombre desde su trabajo, desde sus compañeros y desde sí mismo. En nuestra época, estas sociedades organizadas simplemente no tienen nada bueno. Es un fraude mortal de principio a fin. Estamos tan acostumbrados a todo esto que siempre lo olvidamos, o bien nunca lo enfrentamos; algo que escritores como Veblen, Riesman o Wright Mills enfrentan en términos humanos y reales.
Baudelaire o Céline se enfrentan al monstruo todo el tiempo. No lo pueden olvidar ni por un instante. Los horrores de un mundo donde el hombre es un lobo para el hombre que lucha todo el tiempo en el torrente sanguíneo, como leucemia.
¿Esto significa que, como solían decir los Marxistas, todos los grandes escritores de los últimos dos siglos han sido revolucionarios, sea consciente o inconscientemente? Ciertamente no. Tal noción sólo revela la deficiencia de lo que los Rusos, en señales de advertencia como la de no escupir en el metro, llaman “cultura”. León Blum tenía una carrera y un programa; Céline tenía una vida y una obra de arte. León Trotsky dijo eso, hace un tiempo atrás, en una de las mejores líneas que ha escrito. En el enfrentamiento final, todas nuestras revoluciones han resultado ser carreras para algunos y programas para otros. El material de la vida y del arte, no sólo es más vasto que todos los programas y carreras: es el material de un mundo cualitativamente diferente, por completo.
El Agamenón de Esquilo era capaz de ennoblecer y purificar a la comunidad griega de maneras que apenas llegamos a dar cuenta, por más que ahora lleguemos a entenderlo. El héroe, Baudelaire, nos permite a nosotros soportar una situación que entendemos muy bien, al menos con cierto tipo de dignidad. De hecho, es una dignidad muy considerable, más grande incluso de lo que llegamos a comprender del término “Dandi” – el significado del trágico héroe de la metrópoli moderna. Pero no hay nada de esta dignidad en las cartas; sólo los terribles fuegos de vergüenza en los que se forjó esa dignidad. Podemos sentir lástima; como dijo Yeats, pero la poesía no es lástima.

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Este ensayo — “A review of a collection of Baudelaire’s letters”— apareció originalmente en The Nation (20 July 1957). Reimpreso en Bird in the Bush: Obvious Essays (New Directions, 1959). Copyright 1959. Traducción / Introducción de Juan Arabia, para Buenos Aires Poetry, 2017. Diseño Editorial & Imagen de ©Camila Evia – Retrato de Charles Baudelaire en un sillón Luis XIII de ©Félix Tournachon, Nadar, 1855.

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