Poesía Argentina – Ana Arzoumanian

Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará, Káukasos, Del vodka hecho con moras, Infieles; las novelas La mujer de ellos, Mar Negro; los relatos La granada, Mía, Juana I; y los ensayos El depósito humano: una geografía de la desaparición; Hacer violencia, el régimen insurrecto en el arte. Tradujo obras del francés, del inglés y del armenio. Es miembro de la International Association of Genocide Scholars.

Del vodka hecho con moras (fragmento)

El reino de los trabajadores no tiene fin.

Mientras el zar Alejandro II es despedazado, se levantan pesadas banderas rojas. Se recogen las armas del antiguo régimen.

Espartaco sabe que las armas de los regímenes anteriores tienen doble filo.

Un cautiverio por otro.

Las pesadas banderas rojas pronto tuvieron una función militar. El aparato que liberaba a Espartaco partía en raciones el pan negro o el vaso de avena, pesaba los arenques, daba un poco de azúcar para el héroe. El comunismo de guerra no olvidaba la frase de San Pablo, quien no trabaja, no come. Espartaco, el esclavo asumiendo un reino, intercambiaba objetos en el mercado clandestino. Así, las piezas de las máquinas de coser de su abuela se transformaban en cortaplumas, el cuero de los divanes de la casa de su vecino era el material que se usaba para fabricar calzado.

El reino de los trabajadores no tiene fin.

Los restos de los muebles, o aún los libros, se quemaban y se usaban para calentarse. Espartaco, con un grueso bigote cosaco, vestido de camisa, camina descalzo por la ciudad. Y, mientras la multitud dudaba del Komitern, él, el esclavo, esperaba que algún ladrón entrase a las librerías confiscadas.

En las bodegas de las librerías tomadas, los libros se pudrían. Era una suerte si algún ladrón forzaba la puerta, entraba, se llevaba algunos libros salvando así unas cuantas obras. Espartaco no podía deshacerse del sabor del cautiverio; probaba la circulación clandestina de objetos, de libros.

Podemos hacer una excepción con un poeta fusilando a otros.

Todas las quince repúblicas de la Unión cantaban los versos de Vladimir Vissotsky, sus canciones- delito del poeta disidente sólo aceptado como actor o como escritor, como protagonista de folletín amoroso, de una historia de amor con la actriz francesa Marina Vlady.

Marina abandona París, intercambia las callejuelas y sus bares por un reino.

Marina sabe que el reino de los trabajadores no tiene fin, sabe que han hecho una excepción con su amante, que han dejado libre a Vladimir, fusilando a otro poeta; la regla del intercambio clandestino. Aunque Marina sabe que alguien cae, como cayó Gumilev al borde de un bosque con un sombrero sobre sus ojos. Se cuida de tocar el doble filo de las armas y, mientras las quince repúblicas cantan sus canciones, ella hurta los textos en las librerías confiscadas.

El reino de los trabajadores no tiene fin.

Recitábamos los poemas de Vladimir y esperábamos que una Marina Vlady llegara con su cabellera magnética. Una Marina que supiera que del reino de Espartaco, la evasión es imposible. Una Marina que al abandonar, resistiera.

Renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme, decían los cruzados. Los soldados de Cristo contestaban, Dios lo quiere.

Yo, un armenio de Cilicia en sus trescientos años de monarquía a orillas del Mediterráneo, ayudando al control de cristianos durante dos siglos en campañas militares. Yo, Levón el Magnífico, intercambiando animales, una buena cantidad de provisiones al ejército por la amistad de los cruzados. Y vos renunciando, diciendo, dios lo quiere dios lo quiere.

Vos, no Marina Vlady.

Yo, David de Sasún, volviendo con la espada iluminada. Yo Espartaco negociando ante las tropas británicas. Yo Antranik en plena guerra mundial abandonado nuestras tierras. Yo, convencido, yo, Espartaco, engañado.

¿Fui engañado?

Espartaco, Levón el Magnífico, Antranik, una propiedad en las tierras sin propiedad, entregados al hierro, al doble filo, nos sacábamos la capa corta de cuero usada por los peregrinos. Reducidos a la congregación devota de los soldados de cristo.

Dicen que el cuerpo de la patria es una mujer.

Yo que soy hombre que soy Espartaco, Levón el Magnífico, Antranik. Yo, Vladimir, afirmo que el cuerpo de la patria es un hombre. Un hombre inmenso entrando en todos los canales. Un hombre que siembra su reino de mar a mar.

El reino de los espartacos no tiene fin.

Un hombre, sus capas refractarias de tierra, achicándose. Un hombre saliendo de cada pedazo de tierra, en retracción. Abandonando la carne fértil, haciéndose pequeño. Ese movimiento de la pija yéndose, saliendo. Un hombre perdiendo rigidez, sin ninguna violencia. La dimisión de los músculos y una cierta firmeza que persiste por algún tiempo. Y en ese instante, antes del irme del todo, decirte esa palabra. Decir: siempre

Siempre

Siempre

Decirte, en todo el tiempo. Decirte a vos, Marina la pasadora, la flecha muy aguda que se dispara con ballesta, el imperdible que se clava en el pecho de los uniformes y al cual se sujetan una o más condecoraciones. Decirte: siempre. Porque todo empezó y terminó en el Mar Negro. Porque fue mayo de 1920 y el imperio de los zares que subyacía a la Unión se redujo a Rusia. Una Rusia con sus pequeñas ventanas abiertas al Báltico y al Mar Negro.

Siempre siempre siempre. Tu lengua y mi pene de esclavo de Levón, de Antranik.

La violencia de los pogromos requiere relativamente poca movilización. Armas domésticas o herramientas, útiles industriales. Cuchillos, hachas, barras de acero. Extender y avanzar para luego retroceder

¿Sentís cómo mi miembro abandona tu vientre, retrayéndose, Patria?