El cuervo, de Edgar Allan Poe – por Stéphane Mallarmé

Luego de presentar la traducción al francés en prosa que hiciese Stéphane Mallarmé (1842-1898) de Annabel Lee de Edgar Allan Poe (1809-1849), continuamos con su reescritura de The Raven, el poema más famoso del autor estadounidense.
Su trabajo se enmarca en la senda trazada por Charles Baudelaire (1821-1867), que tradujo parte de la obra de Poe (incluyendo a The Raven también en una versión en prosa), y que Mallarmé se propuso completar.
En unas notas sobre sus traducciones de una edición publicada en Bruselas en 1888, Mallarmé se refiere al análisis que hizo Poe de The Raven en su Filosofía de la composición (The Philosophy of Composition) y afirma la certeza de que “todo azar debe ser desterrado de la obra moderna y solo puede estar allí simulado”.
“Sombrío vagabundo de las noches aturdidas, este Cuervo, si uno quiere obtener una imagen significativa del poema, abjura de los tenebrosos extravíos para entrar por fin a una habitación de belleza, suntuosa y juiciosamente ordenada, y residir allí para siempre”, indica.

M. R. A.

El cuervo

Una vez, en una lúgubre medianoche, mientras me hundía, débil y agotado, en un curioso y extraño interminable volumen de saber olvidado; mientras sacudía la cabeza, dormitando casi, de pronto se oyó un golpe, como de alguien llamando suavemente, tocando a la puerta de mi habitación. Eso solo y nada más.

¡Ah! Con claridad recuerdo que era en el glacial diciembre, y cada tizón, muriendo aislado, cincelaba su espectro en el suelo. Ardientemente deseaba el día. Vanamente había buscado tomar prestado de mis libros un diferimiento al dolor; al dolor por la Leonora perdida, la inusual y radiante joven que los ángeles llaman Leonora. ¡El nombre! Ella aquí, no. ¡Nunca más!

Y de la seda el incierto y triste susurro en cada cortina purpúrea me atravesaba, me colmaba de fantásticos terrores aún no experimentados. Tanto que, para calmar el latido de mi corazón, permanecía ahora reiterando: “Es algún visitante el que solicita entrar, en la puerta de mi habitación. Algún visitante que solicita entrar, en la puerta de mi habitación. Es eso y nada más”.

Mi alma se volvió súbitamente más fuerte, y sin dudar más dije: “Señor, o señora, imploro en verdad su perdón, pero el hecho es que dormitaba y usted vino a llamar tan suavemente, tan tenuemente vino a golpear, golpear a la puerta de mi habitación, que apenas creía haberlo oído”. Allí, abrí de par en par la puerta: las tinieblas, y nada más.

Lejos en la sombra observando, permanecí largo tiempo dudando, atónito y temeroso, soñando los sueños que ningún mortal jamás había osado soñar. Pero el silencio no se quebró y la quietud no dio señales. Y la única palabra que se pronunció fue la palabra susurrada “¡Leonora!”. La susurré, y un eco murmuró de regreso la palabra “¡Leonora!”. Simplemente eso y nada más.

Al regresar a mi habitación, toda el alma en llamas, oí pronto un golpe algo más fuerte que el anterior. “Seguramente —dije—, seguramente es algo en la persiana de mi ventana. Veamos entonces qué es lo que hay y examinemos este misterio. Que mi corazón se calme un momento y examine este misterio. Es el viento y nada más”.

Amplio empujé el postigo cuando, con mucha vivacidad y alboroto de alas, entró un majestuoso cuervo de los santos días de antaño. No hizo la menor reverencia, no se detuvo ni dudó un instante, sino que, con un aspecto de gran señor o gran señora, se posó sobre la puerta de mi habitación; se posó sobre un busto de Palas justo sobre la puerta de mi habitación. Se posó, se instaló y nada más.

Esta ave de ébano conducía mi triste imaginación a la sonrisa, por el grave y severo decoro de la compostura que tenía. “A pesar de que tu cresta canosa y rasa, ¡no! —dije—, no eres, claro está, un cobarde, espectral, lúgubre y antiguo Cuervo, errando lejos de la ribera de la Noche. Dime cuál es tu señorial nombre en la orilla plutoniana de la Noche”. El Cuervo dijo: “Nunca más”.

Me maravillaba tanto escuchar a esta desgraciada ave manifestarse con semejante claridad, aunque su respuesta tuviese poco sentido y poca pertinencia. Porque no se puede evitar admitir que ningún hombre vivo había tenido el placer de ver un pájaro sobre la puerta de su habitación; un pájaro, o cualquier otro animal, sobre el busto esculpido sobre la puerta de su habitación con semejante nombre: “Nunca más”.

Pero el Cuervo, posado solitariamente sobre ese plácido busto, pronunció esta sola palabra como si a su alma, en esa única palabra, la expandiese. No exclamé nada más; él no movió ni una pluma. Hasta que hice apenas un poco más que murmurar: “Otros amigos ya han emprendido su vuelo. Mañana él me dejará, como mis esperanzas ya han emprendido su vuelo”. Entonces el pájaro dijo: “Nunca más”.

Estremecido ante la calma rota por una respuesta tan bien formulada, dije: “Sin dudas lo que exclama es todo su capital y su bagaje, tomado de algún desafortunado amo al que el despiadado Desastre siguió de cerca y de muy cerca siguió hasta que sus canciones constasen de un único estribillo. Hasta que los cantos fúnebres de su esperanza constasen del melancólico estribillo: “Nunca, nunca más”.

Con el Cuervo conduciendo aún mi triste alma a la sonrisa, coloqué un asiento de cojines frente al ave, el busto y la puerta. Y hundiéndome en el terciopelo, me dediqué a enhebrar ensueño tras ensueño, pensando en lo que este augural pájaro de antaño, en lo que este sombrío, desgraciado, siniestro, enjuto y augural pájaro de antaño, quería decir graznando: “Nunca más”.

Eso, me senté ocupado en conjeturarlo, pero sin dirigir ni una sílaba al pájaro cuyos ojos de fuego ardían, ahora, en lo hondo de mi interior. Eso y más aún, me senté para adivinarlo, con mi cabeza recostada a gusto sobre la funda de terciopelo de los cojines que devoraba la luz de la lámpara; funda violeta de terciopelo sobre la que Ella no se apoyará más. ¡Ah! Nunca más.

El aire, me pareció, se volvió más denso, perfumado por un incensario invisible mecido por los serafines cuyo pie, en su caída, tintineaba sobre la alfombra del parqué. “Miserable —me dije—, tu Dios te ha prestado, te ha enviado a través de estos ángeles la tregua; ¡la tregua y el nepente en tu recuerdo de Leonora! ¡Bebe! ¡Oh! ¡Bebe este sabroso nepente y olvida a esta Leonora perdida! El cuervo dijo: “¡Nunca más!”.

“Profeta —dije—, ¡ser de mal agüero! Profeta, sí, ¡pájaro o demonio! Que si el tentador te envió o la tempestad te arrojó en estas orillas, devastado y aún por completo indómito; hacia esta tierra desierta hechizada; hacia esta morada atormentada por el horror; dime verdaderamente, te imploro, ¿hay bálsamo de Judea? Dime, te imploro. El Cuervo dijo: “¡Nunca más!”.

“Profeta —dije—, ¡ser de mal agüero! Profeta, sí, ¡pájaro o demonio! Por los cielos sobre nosotros arrojados, y el Dios que adoramos los dos, di a esta alma repleta de dolor si, en el distante Eden, ella debe abrazar a una joven santificada que los ángeles llaman Leonora; abrazar a una inusual y radiante joven que los ángeles llaman Leonora”. El cuervo dijo: “¡Nunca más!”.

Que esta palabra sea la señal de nuestra separación, pájaro o espíritu maligno, aullé, irguiéndome. ¡Retrocede a la tempestad y la orilla plutoniana de la Noche! No dejes aquí una pluma negra como prueba de la mentira que tu alma ha proferido. ¡Deja inviolado mi desamparo! ¡Sal del busto sobre mi puerta! ¡Retira tu pico de mi corazón y arroja tu silueta lejos de mi puerta! El Cuervo dijo: “¡Nunca más!”.

Y el Cuervo, sin revolotear, permanece posado aún; permanece posado aún sobre el pálido busto de Palas, justo sobre la puerta de mi habitación. Y sus ojos tienen la apariencia de los ojos de un demonio que sueña; y la luz de la lámpara, derramándose sobre él, proyecta su sombra en el suelo. Y mi alma, de esta sombra que yace flotando en el suelo, no se liberará. ¡Nunca más!

Le corbeau, reinventado por Stéphane Mallarmé

Une fois, par un minuit lugubre, tandis que je m’appesantissais, faible et fatigué, sur maint curieux et bizarre volume de savoir oublié, — tandis que je dodelinais la tête, somnolant presque, soudain se fit un heurt, comme de quelqu’un frappant doucement, frappant à la porte de ma chambre, — cela seul et rien de plus.

Ah! distinctement je me souviens que c’était en le glacial Décembre : et chaque tison, mourant isolé, ouvrageait son spectre sur le sol. Ardemment je souhaitais le jour; — vainement j’avais cherché d’emprunter à mes livres un sursis au chagrin — au chagrin de la Lénore perdue — de la rare et rayonnante jeune fille que les anges nomment Lénore, — de nom! pour elle ici, non, jamais plus!

Et de la soie l’incertain et triste bruissement en chaque rideau purpural me traversait — m’emplissait de fantastiques terreurs pas senties encore : si bien que, pour calmer le battement de mon cœur, je demeurais maintenant à répéter : « C’est quelque visiteur qui sollicite l’entrée, à la porte de ma chambre — quelque visiteur qui sollicite l’entrée, à la porte de ma chambre; c’est cela et rien de plus. »

Mon âme devint subitement plus forte et, n’hésitant davantage : « Monsieur, dis-je, ou Madame, j’implore véritablement votre pardon; mais le fait est que je somnolais, et vous vîntes si doucement frapper, et si faiblement vous vîntes heurter, heurter à la porte de ma chambre, que j’étais à peine sûr de vous avoir entendu. » — Ici j’ouvris, grande, la porte : les ténèbres et rien de plus.

Loin dans l’ombre regardant, je me tins longtemps à douter, m’étonner et craindre, à rêver des rêves qu’aucun mortel n’avait osé rêver encore; mais le silence ne se rompit point et la quiétude ne donna de signe : et le seul mot qui se dit, fut le mot chuchoté « Lénore! » Je le chuchotai — et un écho murmura de retour le mot « Lénore! »—purement cela et rien de plus.

Rentrant dans la chambre, toute l’âme en feu, j’entendis bientôt un heurt en quelque sorte plus fort qu’auparavant. « Sûrement, dis-je, sûrement c’est quelque chose à la persienne de ma fenêtre. Voyons donc ce qu’il y a et explorons ce mystère; — que mon cœur se calme un moment et explore ce mystère ; c’est le vent et rien de plus. »

Au large je poussai le volet, quand, avec maints enjouement et agitation d’ailes, entra un majestueux corbeau des saints jours de jadis. Il ne fit pas la moindre révérence, il ne s’arrêta ni n’hésita un instant : mais, avec une mine de lord ou de lady, se percha au-dessus de la porte de ma chambre, — se percha sur un buste de Pallas, juste au-dessus de la porte de ma chambre — se percha, siégea et rien de plus.

Alors cet oiseau d’ébène induisant ma triste imagination au sourire, par le grave et sévère décorum de la contenance qu’il eut : « Quoique ta crête soit chenue et rase, non ! dis-je, tu n’es pas, pour sûr, un poltron, spectral, lugubre et ancien Corbeau, errant loin du rivage de Nuit — dis-moi quel est ton nom seigneurial au rivage plutonien de Nuit. » Le Corbeau dit : « Jamais plus. »

Je m’émerveillai fort d’entendre ce disgracieux volatile s’énoncer aussi clairement, quoique sa réponse n’eût que peu de sens et peu d’à-propos ; car on ne peut s’empêcher de convenir que nul homme vivant n’eût encore l’heur de voir un oiseau au-dessus de la porte de sa chambre, — un oiseau ou toute autre bête sur le buste sculpté au-dessus de la porte de sa chambre, — avec un nom tel que : « Jamais plus. »

Mais le Corbeau perché solitairement sur ce buste placide, parla ce seul mot comme si son âme, en ce seul mot, il la répandait. Je ne proférai donc rien de plus ; il n’agita donc pas de plume, — jusqu’à ce que je fis à peine davantage que marmotter : « D’autres amis déjà ont pris leur vol, — demain il me laissera comme mes espérances déjà ont pris leur vol. » Alors l’oiseau dit : « Jamais plus. »

Tressaillant au calme rompu par une réplique si bien parlée : « Sans doute dis-je, ce qu’il profère est tout son fonds et son bagage, pris à quelque malheureux maître que l’impitoyable Désastre suivit de près et de très-près suivit jusqu’à ce que ses chansons comportassent un unique refrain; jusqu’à ce que les chants funèbres de son Espérance comportassent le mélancolique refrain de « Jamais—jamais plus. »

Le Corbeau induisant toute ma triste âme encore au sourire, je roulai soudain un siège à coussins en face de l’oiseau et du buste, et de la porte ; et m’enfonçant dans le velours, je me pris à enchaîner songerie à songerie, pensant à ce que cet augural oiseau de jadis, — à ce que ce sombre, disgracieux, sinistre, maigre et augural oiseau de jadis signifiait en croassant : « Jamais plus. »

Cela, je m’assis occupé à le conjecturer, mais n’adressant pas une syllabe à l’oiseau dont les yeux de feu brûlaient, maintenant, au fond de mon sein ; cela et plus encore, je m’assis pour le deviner, ma tête reposant à l’aise sur la housse de velours des coussins que dévorait la lumière de la lampe, housse violette de velours qu’Elle ne pressera plus, ah! jamais plus.

L’air, me sembla-t-il, devint alors plus dense, parfumé selon un encensoir invisible balancé par les Séraphins dont le pied, dans sa chute, tintait sur l’étoffe du parquet. « Misérable, m’écriai-je, ton Dieu t’a prêté — il t’a envoyé, par ces anges, le répit — le répit et le népenthès dans ta mémoire de Lénore! Bois! oh! bois ce bon népenthès et oublie cette Lénore perdue! » Le Corbeau dit : « Jamais plus! »

« Prophète, dis-je, être de malheur! prophète, oui, oiseau ou démon! Que si le Tentateur t’envoya ou la tempête t’échoua vers ces bords, désolé et encore tout indompté, vers cette déserte terre enchantée, — vers ce logis par l’horreur hanté : dis-moi véritablement, je t’implore! y a-t-il du baume en Judée? — Dis-moi, je t’implore. » Le Corbeau dit : « Jamais plus! »

« Prophète, dis-je, être de malheur! prophète, oui, oiseau ou démon! Par les Cieux sur nous épars, — et le Dieu que nous adorons tous deux, — dis à cette âme de chagrin chargée si, dans le distant Eden, elle doit embrasser une jeune fille sanctifiée que les anges nomment Lénore, — embrasser une rare et rayonnante jeune fille que les anges nomment Lénore. » Le Corbeau dit: « Jamais plus! »

Que ce mot soit le signal de notre séparation, oiseau ou malin esprit, hurlai-je, en me dressant. « Recule en la tempête et le rivage plutonien de Nuit! Ne laisse pas une plume noire ici comme un gage du mensonge qu’a proféré ton âme. Laisse inviolé mon abandon! quitte le buste au-dessus de ma porte! ôte ton bec de mon cœur et jette ta forme loin de ma porte! » Le Corbeau dit : « Jamais plus! »

Et le Corbeau, sans voleter, siège encore, — siège encore sur le buste pallide de Pallas, juste au-dessus de la porte de ma chambre, et ses yeux ont toute la semblance des yeux d’un démon qui rêve, et la lumière de la lampe, ruisselant sur lui, projette son ombre à terre : et mon âme, de cette ombre qui gît flottante à terre, ne s’élèvera — jamais plus.

The Raven, versión definitiva de Edgar Allan Poe

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore —
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“ ’Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door —
Only this and nothing more.”

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December;
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow; — vainly I had sought to borrow
From my books surcease of sorrow — sorrow for the lost Lenore —
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore —
Nameless here for evermore.

And the silken, sad, uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me — filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating
“ ’Tis some visiter entreating entrance at my chamber door —
Some late visiter entreating entrance at my chamber door; —
This it is and nothing more.”

Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
“Sir,” said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you” — here I opened wide the door; —
Darkness there and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before;
But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
And the only word there spoken was the whispered word, “Lenore?”
This I whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore!” —
Merely this and nothing more.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
“Surely,” said I, “surely that is something at my window lattice;
Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore —
Let my heart be still a moment and this mystery explore;—
‘Tis the wind and nothing more!”

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately Raven of the saintly days of yore;
Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door —
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door —
Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
“Though thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,
Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly shore —
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!”
Quoth the Raven “Nevermore.”

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning — little relevancy bore;
For we cannot help agreeing that no living human being
Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber door —
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
With such name as “Nevermore.”

But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing farther then he uttered — not a feather then he fluttered —
Till I scarcely more than muttered “Other friends have flown before —
On the morrow he will leave me, as my Hopes have flown before.”
Then the bird said “Nevermore.”

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
“Doubtless,” said I, “what it utters is its only stock and store
Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore —
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore
Of ‘Never — nevermore’.”

But the Raven still beguiling my sad fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore —
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
Meant in croaking “Nevermore.”

This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining
On the cushion’s velvet lining that the lamp-light gloated o’er,
But whose velvet-violet lining with the lamp-light gloating o’er,
She shall press, ah, nevermore!

Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor.
“Wretch,” I cried, “thy God hath lent thee — by these angels he hath sent thee
Respite — respite and nepenthe, from thy memories of Lenore;
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!”
Quoth the Raven “Nevermore.”

“Prophet!” said I, “thing of evil! — prophet still, if bird or devil! —
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted —
On this home by Horror haunted — tell me truly, I implore —
Is there — is there balm in Gilead? — tell me — tell me, I implore!”
Quoth the Raven “Nevermore.”

“Prophet!” said I, “thing of evil! — prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us — by that God we both adore —
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore —
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”
Quoth the Raven “Nevermore.”

“Be that word our sign of parting, bird or fiend!” I shrieked, upstarting —
“Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! — quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!”
Quoth the Raven “Nevermore.”

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted — nevermore!

Les Poèmes d’Edgar Allan Poe, traduction en prose de Stéphane Mallarmé. Léon Vanier Libraire-Éditeur, París, 1889.
Les Poèmes d’Edgar Poe, Traduction de Stéphane Mallarmé avec portrait et fleurons para Edouard Manet, Éditeur Edmond Deman, Bruselas, 1888.
The Raven, published in Richmond Semi-Weekly Examiner, vol II, número 93, Septiembre, Richmond (Virginia), 1849.
Traducción Mariano Rolando Andrade