El Poema de Moss, de Braulio Fernández Biggs

Braulio Fernández Biggs (Santiago, 1967). Escritor y profesor del Instituto de Literatura de la Universidad de los Andes (Chile).
Ha publicado una quincena de libros académicos, que incluyen traducciones de Shakespeare, Lewis y Eliot. Es autor de los volúmenes de cuentos Corazón de buey (1993) y El ciego y los tuertos (2015), y del poemario Orfeo y Eurídice (2016).

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El Poema de Moss

En todos los casos, el golpe más fuerte
produce el estímulo más intenso.
Toynbee, Estudio de la historia, II

MÁSCARAS DE LA PIEZA

I. Ícaro

Toda pasión está seca, todo temblor enmudecido.
Alguna vez desear fue mejor que poseer
(el sueño del dios oculto en el jardín),
cuando la fiebre de las serpientes se escurría por los techos.
Una espada rozaba la punta de otra espada
mientras llovía sobre cada rincón de la isla:
el tiempo, la feroz veleta desquiciada,
llorando por nuestra sangre y la sangre de los peces.
Ya casi salíamos del muelle cuando
el cormorán grande de las plumas erizadas alzó el vuelo,
llevando en su pico una tripa de cangrejo voló arriba,
subió y subió cortando la lluvia,
se hizo parte de ella en dirección contraria al mar
y se perdió de vista.
Pero entonces la tripa se soltó y cayó,
desde la feroz altura que había alcanzado se soltó y cayó,
y siguió cayendo hasta tocar el mar.
Y ahí,
apenas un milímetro antes de ahí,
cuando Berthe dijo que ya todo estaba consumado,
volví la vista atrás y percibí un simple y seco golpe.

Lo sacamos muerto del agua.
¿No oliste, acaso, la grasa de ballena?
Todo estaba oscuro y sofocante.
En la escalinata rasguñaron su cara con un clavo
y no salió sangre.
¿Recuerdas el olor?
Yo estuve ahí.
No podía más de pena:
el alma me chorreaba hasta el ombligo;
y bajaba y bajaba y bajaba,
y ahogaba al cormorán que se retorcía abajo,
gimiendo,
babeando el piso con espasmos.
Luego lo enterramos bajo ese mismo piso, sí
como había que hacerlo,
y encima el fuego.
Ella hizo entonces las libaciones necesarias,
ofreció las tórtolas, el arroz y el trigo,
vino llorando de pie y todo eso.
Tengan, dijo, el hálito de lo que no retorna.
Así evitarán que huya
y erre atormentando a los que siguen vivos.
Sobre la superficie de la tumba alguien más esparcía leche:
el muerto,
cubierta la cabeza con un paño,
sonreía debajo de la miel.

Que la tierra te sea ligera, dijo ella entonces,
oh larva oh fantasma,
te amé como se ama a un dios, te amé.

II. La cena de Trimalción

Si yo hubiera visto u oído lo que había detrás de esa puerta
si yo hubiera olido
si no hubiera olvidado las manos en los bolsillos y hubiera gritado
todo el dolor al amanecer,
su cabeza redonda golpeándose contra el suelo
gritando los dientes y el pastel de bacalao
si yo hubiera gritado
si yo hubiera visto u olido
si yo hubiera sido deforme
tal vez una masa peluda y babeante
nada mejor que gárgola y mucho menos que mosca,
pobre Moss, habría dicho
el amor siempre es el mismo pero la llaga más grande
(una cosa la naturaleza y otra la distancia)
saliendo de las ciénagas al enderezo, de la rompiente al mar,
tragándome todo ese mismo mar de un sólo sorbo, sí.

Es esa maldita grasa de ballena, que siempre se te pega en las manos.
Le dicen esperma porque está en la cabeza: espermaceti, calabaza.
¡Que tengan que venir a desaguar aquí!
Ya ves, nada es como antes:
estamos sumidos en la grasa como en la mierda.

Sonríe, Lou, bebamos otro poco:
Un viejo amor es como un cáncer…
Traguemos hasta que nos duela, que mañana se acaba el mundo.
Traga y aprende a saborear.
Quizás otro día puedas venir a verme:
comeremos carne de foca y tomaremos un poco de ron,
sin mencionar a los muertos.

III. La Niña de los Jacintos

Nací en un codo de isla
donde las rocas lloran y el tiempo se retuerce a calambres
casi al lado del continente pero un poco más lejos, sí,
en una ensenada en la rompiente del mundo
lejos de las Galias, del Rubicón y de Esquilo
lejos, muy lejos
más allá del cénit y el ocaso
de cuando y donde las serpientes hieden mentiras.
Mas ya no tengo encantamientos y sólo desespero:
estoy estirada contra el pasado, como costra ajada y seca.

Nacemos para expiar.
Caímos por amar a los dioses sin medida y fuimos.
Ahora sabemos lo que somos pero no lo que pudimos ser.
Nacerá fatiga cansancio molicie
el rugido del mar ancho el piso de madera ronco
aquel agujero entre las tablas vasto estoy
cansada Moss una pintura nos observa
el caballero de la lanza sobre la nieve
qué grande que es estábamos
solos
pero no era eso lo que temía en todo caso.
A veces no hay amor mas persiste el deseo, sí
un calor en el pecho beber ron por la mañana
seca
el polvo de los zapatos las mejillas rojas secas
el cabello agitado un calor en la espalda
seca
el brezal seco el ciprés seco el muelle seco el polvo
seca
sobre los ojos secos de Linda el bacalao seco la sal
sobre la cama por las noches las sábanas secas el amor seco
sobre la vida seca sin lágrimas secas
sí mi vida seca.

Como una vestal enterrada viva
culpable de violar el tiempo y la paz
tan rodeada de fotos y recuerdos tuyos
—larvas o cartas como espejos—
veo que sólo el rojo vivo puede dar forma
pues sólo las almas se pulen con las almas.

IV. El jabalí

Un jabalí gime en el bosque y el aire flota distinto:
blanco, hondo, suyo.
Acabamos como los fantasmas, siempre débiles, menguando:
fiebre, arrepentimiento.
Quitarse la ropa un poco dejando un pedazo de luna,
llorar para que arda entero y se pudra de una buena vez.

Maté de puro gusto, asesiné:
cargué una joroba de dolor entre las sienes
perdí el miedo un instante para odiar.
Aposté por la rosa y el jardín amurallado.
Mi padre estuvo ahí y mi madre fue médula carnal:
el eco de las cartas cuando el as desapareció
o ese tres de picas asomado que jamás olvidaré.
Hoy duermo bajo las aguas, báculo de Neptuno:
muerto soy, un extranjero.

V. Tiresias

Entonces corre.
Lejos huye quien de los suyos huye pero corre.
Donde vayas esta noche te cubrirá el cielo así es que corre.
Algo rige tu destino sin contar contigo entonces corre.
En el reloj de la pared se te escapan esas horas así es que corre.
Él le hundía las manos en el cabello para limpiarse entonces corre.
No era ya tu hermana y la cabeza daba vueltas pero corre.
El mismo pie desnudo que golpeó a la foca corre.
Con la misma mano amar y matar sigue corriendo y sólo corre.
Corre allí donde a tu hermana viste pero corre.
Porque si en verdad la hubieras visto ahora corre.
Como si hubieras visto u oído lo que había detrás de esa puerta corre y corre.
Corre como si hubieras olido carne corre y corre.
Corre.
Ya no esperes más no voltees más no mires más atrás ya corre.
No entres intruso Lou vete por donde viniste y sólo corre.
La puerta no la cierres sólo corre y corre.
Corre.
Corre…

Llegarás allí y la verás.
Vendrás aquí y la verás.
Llorarás corriendo por toda la isla,
aunque el maldito vaya a morirse arrepentido.

 Extraído de Braulio FERNÁNDEZ BIGGS, El ciego y los tuertos, Descontexto Editores, Santiago de Chile, 2015