Marqués de Sade – por Eduardo López Jaramillo

En vida Sade fue siempre un vencido. Rechazado por su sociedad, despreciado por la aristocracia de la cual hacía apología, condenado a la guillotina por el pueblo -en el cual quiso creer un instante en épocas de revolución-, superado por la fuerza de sus criaturas novelescas, devorado por los celos, desconcertado finalmente en el centro de su universo ficticio, que le imponía la soledad y el silencio sin los cuales no hubiera visto el día. La vida hizo de él un esclavo aparentemente servil e inofensivo. En el fondo de su debilidad creció, sin embargo, una rebeldía. Porque es inútil equivocarse. Sade era demasiado humano para ser un héroe.

La fortuna no estuvo con frecuencia al lado del señor marqués. Por el contrario y si el tiempo hubiera tenido una débil intuición de su fuerza ciega, se podría hablar de una conspiración voluntariamente llevada a cabo contra él. “Me gustaba, agregó ella, dirigir mi mirada hacia el futuro cuando habitaba este mundo que detestas; multiplicaba mi posteridad hasta ti y no te veía tan desgraciado” (Carta a Madame Sade, escrita en la fortaleza-prisión de Vincennes, 17 de febrero de 1779). Estas últimas palabras, pronunciadas por la aparición de un de sus sueños, lograron desconcertar a este huésped en todas las prisiones. Paradójicamente, sin la desgracia Sade no se hubiera escrito esa formidable negación contenida en sus libros, negación obstinada inclusive de sí mismo y, por consiguiente, de los hombres, que le ha hecho llegar hasta nuestros días e incrustarse en ellos como un testimonio indispensable para la comprensión del horror, de esas hecatombes que ha vivido nuestro siglo y que Sade fuera el primero en imaginar, todavía ingenuamente. Sea dicho esto contra la opinión del propio Sade, “Cuando se ven las precauciones que ha tomado la historia para hacer de Sade un prodigioso enigma, cuando se sueña con esos 27 años de prisión, con esa existencia confinada y prohibida, acaba uno por preguntarse si los censores y jueces que pretenden silenciar a Sade no están al servicio del propio Sade, no realizan los votos más vivos de su libertinaje, él que aspiró siempre a la soledad de las entrañas de la tierra, al misterio de una existencia subterránea y reclusa” (Maurice BLANCHOT, Lautréamont et Sade, Editions de Minuit, 1963, page 17).
En vida Sade fue siempre un vencido. Rechazado por su sociedad, despreciado por la aristocracia de la cual hacía apología, condenado a la guillotina por el pueblo -en el cual quiso creer un instante en épocas de revolución-, superado por la fuerza de sus criaturas novelescas, devorado por los celos, desconcertado finalmente en el centro de su universo ficticio, que le imponía la soledad y el silencio sin los cuales no hubiera visto el día. La vida hizo de él un esclavo aparentemente servil e inofensivo. En el fondo de su debilidad creció, sin embargo, una rebeldía. Porque es inútil equivocarse. Sade era demasiado humano para ser un héroe.
Antes que un revolucionario, Sade es un rebelde. Este último protesta, no admite el orden del mundo, no acepta sus leyes ni sus convenciones, pero tampoco actúa. La no-acción es el fundamento de toda rebeldía. El revolucionario, al mismo tiempo que impugna un cierto orden contribuye a destruirlo, a predicar una transformación: él es activo. Pero en el momento de un encuentro de fuerzas, es el hombre rebelde quien hace gala de una mayor lucidez. El hombre sádico, en este último caso. Como lo describe Blanchot “… entre el hombre normal que encierra a un hombre sádico en un callejón y un sádico que hace de ese callejón una salida, es éste quien más sabe sobre la verdad y la lógica de la situación, poseyendo de ella la inteligencia más profunda, hasta poder auxiliar al hombre normal a comprenderse a sí mismo, ayudándole a modificar las condiciones de toda comprensión”.
Sade nunca ensayó comprender la justicia de los hombres. Su concepción de una libertad que no se ejerce sino en el libertinaje, es decir, en la suprema afirmación del individuo más allá de los límites del imperativo moral, le impedía entender esa misma justicia que lo había encarcelado y castigado con rigor.
En el mundo Sade no vio más que un solo horror, la tempestad desencantada por una potencia irracional. La naturaleza -término tan significativo para sus contemporáneos-, no podía inspirarle sentimiento alguno diferente al asco, al menos en el comienzo de su reflexión. La naturaleza obedece las leyes del terremoto y de la destrucción sistemática. La historia se une a este ballet de apocalipsis como el testimonio de un odio feroz. Luego, la verdadera naturaleza humana está en el crimen, puesto que Dios, de existir, no sería sino un reflejo de indiferencia, de maldad o de crueldad. Y en su panfleto: “Franceses, todavía un esfuerzo si quieren ser republicanos”. Sade, lúcidamente, predica el crimen como condición de la libertad. Según él, los revolucionarios habían guillotinado a Dios en la persona del rey de derecho divino, lo cual les prohibía en adelante toda proscripción del crimen y de los instintos destructores del nuevo Estado. De aquí a la formulación de una utopía no hay más que un paso.

Extraído de Eduardo LÓPEZ JARAMILLO, El ojo y la clepsidra, Colección Literaria del Fondo Mixto para la Cultura y las Artes de Risaralda (Colombia), 1995. Selección de Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, pp. 72-77.