Versiones del paraíso – de Carolina Esses

Carolina Esses (Buenos Aires, 1974). Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires, en poesía publicó: Duelo (Ediciones en Danza, 2005) junto a Mercedes Araujo y Cecilia Romana; Temporada de invierno (Bajo la luna, 2009), y Versiones del paraíso (Ediciones del Dock, 2016). Como periodista escribió crítica cultural para la revista Ñ y desde hace ya unos años escribe para ideas del diario La Nación. Estos poemas pertenecen al volumen antes mencionado, publicado en 2016.

Invernadero

even here, even at the beginning of love
her hand leaving his face makes
an image of departure
“The garden”, L. Glück¹

Enterraba las manos
hundía las semillas en la tierra
es como arrojar una botella al mar
pensaba, pero quería creer
y por eso seguía cada una
de tus indicaciones.
La biblioteca era un compendio de horticultura,
cualquier libro que se apoyara sobre esos estantes
tenía que ser de una utilidad práctica, comprobable.
La observación de la nieve
el recuento de lo sucedido en el día
la belleza del álamo plateado, todo
vendría después de que aprendiéramos
a hacer de la semilla hoja
fruto, alimento.

Alguna vez el viento desenterró cañas
y la cubierta de plástico apareció flotando
sobre el agua estancada del mallín.

Me acerqué a donde trabajabas
y recordé el poema de Glück
la pareja junto a las flores;
es bueno que lo sepas: no dije nada
no rocé con mi mano tu mejilla
no quise sellar con mi gesto
nuestro destino.

¹“Aún aquí, aún en el comienzo del amor/ la mano de ella que acaricia el
rostro de él, dibuja/ una imagen de abandono”. “El jardín”, Louise
Glück.

Una noche en los Coihues

Hablaban del escenario de guerra.
Decían que no lo veíamos.
Los cuerpos colgados en la enramada del bosque
la engañosa geografía de los cerros.
No lo ven, decían.
Pero cómo verlo si éramos los recién llegados
si habíamos compartido la comida, el vino, fotos
que los mostraban caminando sobre el hielo
o colgados de un arnés en Mont Blanc y afuera
se recortaba el aliento cálido de las lechuzas;
si habíamos caminado juntos hacía apenas un rato
hundiendo los pies en la nieve fresca
bajo árboles que vibraban
como si la noche estuviese llena
de pájaros o de peces.
Hasta que surgió esto de la guerra
y uno de ellos extendió hacia mí un cuchillo
su punta violácea
el triángulo hiriente
con el que se había trozado la carne fresca.

Campamento

Sostenemos el ritmo de la marcha
–dos niños pequeños, yo–
vamos así, la mochila en la espalda
a modo de apoyo: la mirada fija
en el sendero de piedra.

Un cardenal golpea con el pico el tronco.
Vos caminás con el bebé en brazos.
Si despierta, lo elevás hacia el cielo
ahí donde se abre la fronda
y la luz es la promesa del mundo
–el bebé se mueve, agita las manos, ríe
parece el cordero que no sabe
cuál será su destino
y cómo podría, tan pequeño
saber, cómo podría
esconderse del cóndor, de la serpiente
que sube enredada, de los brazos
que ahora lo levantan–.

Nos detenemos y alguno
extiende con precisión la carpa
después apoya el nylon
clava la primera estaca.

La comida es sencilla:
hace rato que hemos perdido
la capacidad de cazar y cada uno
acepta con resignación
lo que se lleva a la boca.
Si fuésemos como Walden.
¡Ah, si fuésemos como Walden!
Pero somos un grupo de cinco
estamos cansados
así que nos sumergimos
en el capullo de las bolsas.
Parecemos orugas, dice el mayor
y es cierto, por qué negarlo,
esperamos renacer.
Afuera, ahora, más que mundo
hay oscuridad
o es que estamos tan adentro
que ya no podemos ver, sólo sentir
la respiración, el calor de los cuerpos.

La noche mece la carpa y alguno
va a despertarse sobresaltado;
pero durante un rato dormimos
y el descanso es dulce
como el del animal
que en el calor de la cueva
no puede sino soñar que está solo
y que esa soledad es, por unos instantes
lo único que importa.

Extraído de Carolina ESSES, Versiones del paraíso, Ediciones del Dock, Buenos Aires 2016.