Dos textos autobiográficos de René Crevel

René Crevel (1900-1935). La vida de Crevel estuvo signada por un constante conflicto con instituciones. Sucesivamente miembro del grupo dadaísta reunido en torno a Tristan Tzara en París, del movimiento surrealista –al cual regresó tras haber sido expulsado en una ocasión– y del Partido Comunista Francés –en el cual duró tan sólo 6 años–, Crevel llevó la existencia de un nómada. Y su escritura no solamente da cuenta de ello, sino que lo elabora y despliega: más que representación de una trashumancia íntima, constituye una genuina expansión de la misma. Textos como La Mort difficile (La muerte difícil), Mon corps et moi (Mi cuerpo y yo), Êtes-vous fous? (¿Están locos?) o Le Clavecin de Diderot (El clavecín de Diderot) llevan en sí una impronta que les resulta única, inalienable. El 17 de junio de 1935, harto de todo, decide cerrar las ventanas de su casa, abrir la llave del gas y aguardar el fin. Célebremente, deja apenas una nota: “Ruego se me incinere. Asco.”

Autobiografía de René Crevel
(Originalmente insertado en la primera edición de Mon corps et moi)

Nacido en París el 19 de agosto de 1900, de padres parisinos, lo cual le permite tener un aire eslavo. Liceo, Sorbona, Facultad de Derecho, Servicio militar hasta finales de 1923, de lo que queda la impresión de no haber vivido verdaderamente sino unos pocos meses. No ha ido al Tíbet, ni a Groenlandia, ni siquiera a América, pero los viajes que no han ocurrido en la superficie, han sido intentados en las profundidades. Así, puede jactarse de conocer bien ciertas calles y ciertos hoteles de día y de noche.
Tiene horror de todos los estetismos, trátese del de Oxford y pantalones largos, del de los remordimientos del cine con sus casas vistas de soslayo, del de los negros y el jazz, del de los bailes populares y los pianos mecánicos… etc. En verdad quisiera, para las novelas futuras, encontrar personajes tan desnudos, tan vivos como los cuchillos y los tenedores que figuraban junto a los hombres y las mujeres de las historias que se relataba a sí mismo en su infancia, destinadas a permanecer inéditas.
Había comenzado la investigación para una tesis de doctorado en letras sobre el Diderot novelista cuando, con Marcel Arland, Jacques Baron, Georges Limbour, Max Morise, Roger Vitrac, fundó una revista, Aventure, que le vale el olvido del siglo XVII a cambio del siglo XX. Es entonces cuando conoce a Louis Aragon, André Breton, Paul Éluard, Philippe Soupault, Tristan Tzara y un día, ante un cuadro de Giorgio De Chirico, finalmente recibió la visión de un mundo nuevo. Abandonó definitivamente la vieja buhardilla lógico-realista, comprendiendo que había sido un cobarde al confinarse en una mediocridad razonante y que, en los verdaderos poetas, no encontraba ni juegos de palabras ni juegos de imágenes, sino que los amaba –y, entre ellos, a Rimbaud y Lautréamont particularmente– por su poder liberador.
Participó en las primeras experiencias hipnóticas de las cuales extrajo André Breton los argumentos para su Manifiesto del surrealismo. Así pues, pudo constatar por sí mismo que el surrealismo era el menos literario y el más desinteresado de los movimientos y, persuadido de que no hay vida moral posible para quien no es dócil ante los caminos subterráneos o se niega a reconocer la realidad de las fuerzas oscuras, decidió de una vez por todas y a riesgo de pasar por un Don Quijote, arribista o loco, intentar, tanto en sus acciones como en sus escritos, abrir las barreras que limitan al hombre y no lo sostienen.
Su primera novela, Détours (NRF, 1924), una obra, un retrato (agotado), era un paseo preliminar en el que los críticos, y en particular Benjamin Crémieux, Edmond Jaloux, Albert Thibaudet, reconocieron actitudes, callejeos y rabias característicos de los jóvenes actuales. Mon corps et moi (1925), novela cuyo héroe lleva en sí todas sus aventuras y donde los gestos, los personajes no son sino pretextos, es un panorama interior.

Respuesta a un cuestionario aparecido en
The Little Review, vol. 12, no. 2 b

No sé qué es lo que más quisiera hacer, ser, conocer. Hacer es ser, y conocer es hacer. Y toda la vida es un círculo… no un círculo mágico, sino un círculo vicioso, como decimos en francés. Pero en este círculo vicioso no hay lugar para vicio alguno.
Y dado que el tiempo no es tan simple, las cosas, los hombres, las mujeres, los caballos, los gatos, los perros, los automóviles del pasado no se han ido para siempre, sino que mantienen siempre su curso. Y si he conocido algún día feliz o desgraciado por alguno de ellos, esas cosas buenas o malas (para mí)… hombres, mujeres, caballos, gatos, perros, automóviles, pueden ser en mi memoria (y la memoria es la vida) el conocimiento de lo que fueron por primera vez. Pero el problema de la vida no reside en la felicidad o la desgracia. No me amo ni me detesto. Mi trabajo es manzanas caídas de un árbol (yo), pero soy un árbol desprovisto de alma o, si prefiere, mi alma no se encuentra en mi cuerpo. Mi alma prefiere otra morada. Hoy, mi cuerpo está en Pau y, allí, hay viejas damas inglesas con sombreros verdes y rosa. Si usted ve mi alma (puede que aún esté en la buena ciudad de París, junto a todo lo que amo), hágale sus preguntas. Pero creo que un manzano nunca habla de sí mismo. Un hombre que habla de sí mismo es un hombre repleto de huecos. Dice lo que metería en los huecos. Yo no quiero nada que tape mis huecos.

Traducción de Adalber Salas Hernández