Omeros (Capítulo I) – Derek Walcott

Derek Walcott nació en 1930 en Claistres, capital de la antigua colonia británica de Santa Lucía, una isla en las Pequeñas Antillas. Hijo de un pintor británico que murió cuando él contaba un año de edad y nieto de esclavos, a esta mezcla de culturas hay que añadir que su familia fuera protestante en una comunidad donde predominaba el catolicisimo. Estudió en el University College of the West Indies. Es fundador de Trinidad Theater Workshop, y autor de numerosas obras de teatro y libros de poesía. Entre sus obras traducidas al castellano figuran: IslasEl testamento de ArkansasLa voz del crepúsculo, La abundancia. En cuanto a Omeros, está considerada como su obra maestra y fue galardonada con el premio W. H. Smith.

omeros
Capítulo 1

“Así, una mañana talamos las canoas.”
Filoctete sonríe a los turistas que le roban
el alma con las cámaras. “Si el viento trae noticias

a los laurier-cannelles, las hojas tiemblan
no bien las hachas de sol golpean los cedros,
porque en nuestros ojos pueden verlas.

Viento eleva los helechos. Suenan como el mar
que nos alimenta siempre, y el helecho dice, “Sí,
los árboles mueren.” Nosotros, puños al bolsillo,

ya que la altura enfría y nuestro aliento es de plumas
como la niebla, pasamos el ron. Y éste al volver
nos da el valor para ser asesinos.

Levanto el hacha y pido fuerza en las manos
Para golpear un cedro. El rocío me nubla,
pero antes otro tanganazo. Y así seguimos.”

Por un poco más de plata, bajo un almendro-
malabar, enrolla la pierna con un gemido
estridente de concha y exhibe la cicatriz

que le dejó un ancla oxidada. Como corola
de erizo, la herida; mas él no explica la cura.
“Tiene sus cosas”—sonríe—“pero valen más que un dólar.”

Permite que una cascada elocuente
vierta su secreto en La Sorcière, ya que
laureles cayeron, para que el canto

sexual de la tórtola suene en azules montañas
tácitas cuyos arroyos parlantes, camino al mar,
se vuelven pozos donde los peces brotan

y una garceta acecha juncos a los gritos
mientras levanta un pie en el lodo y lo apuñala.
Serrucha en dos el silencio una libélula

y anguilas trazan sus nombres en la arena blanca
cuando el sol alumbra el río y su memoria
y olas de helechos asienten ante el sonido del mar.

Así el humo olvide la tierra de donde asciende,
y la ortiga custodie el hoyo en que fue muerto el laurel,
la iguana escucha las hachas que nublan cada lente

de su antiguo nombre, la isla llamada
‘Iounalao’, ‘Donde la iguana es fecunda’.
Aunque, a su debido tiempo, la iguana trepará

los viñedos en un año, con la papada abierta,
los codos flexionados, la cola ensimismada
marchando al ritmo de la isla. La abertura de los párpados

maduró en un hiato que se prolongó por siglos,
que ascendió con humo de los Aruacs hasta que
la nueva raza desconocida mensuró los árboles.

Éstos, los pilares que cayeron, y dejaron espacio azul
para un solo Dios, donde se alzaban los dioses viejos.
El primer dios fue un gommier. El motor

comenzó a gemir, y un tiburón—mandíbula de lado—
lanzó virutas por los aires como verdeles sobre el agua
contra las algas trémulas. De pronto apagan la sierra,

aún caliente y vibrante, para examinar la herida.
Tras quitar el musgo y la gangrena, libran
la llaga de las vides que la mantenían unida

a esta tierra, y asienten. Retoma el trabajo
el motor; y más astillas por los aires
si los dientes roen parejo. Ellos cubrían sus ojos

de los fragmentos del nido. Ahora la isla levanta los cuernos
sobre los campos de banana. La luz del sol
fluye en sus valles, sangre salpica los cedros,

desborda el bosque la luz del sacrificio.
Y entonces un gommier se quiebra. Las hojas enormes
como carpas sin dintel. El crujido

alertó a los pescadores, mientras sobre las camas
de helechos caía el lento mástil; hasta que el suelo
se estremeció bajo los pies en olas, que como olas pasan.

Extraído de Derek Walcott, Selected Poems, London, Faber, 2007. Traducción de Carlos Llaza.