Martinelli e Pound – por Davide Brullo

Texto escrito por Davide Brullo, poeta y crítico literario, y publicado en su idioma original en Pangea. Rivista avventuriera di cultura & idee è un progetto di Associazione Culturale Pangea, sede legale: via Amintore Galli 8, Rimini

La situación era embarazosa. Mejor dicho, excitante. Ella le escribe inmediatamente a Charles Bukowski, su amigo borracho. Quizás quiere ponerlo celoso. «Sabes, me leyó Dante, Villon, Guanzi, Ovidio… & un montón de otras cosas… & me ha seducido mientras leía… & con una mano me tocaba las tetas & con la otra deshojaba la Metamorfosis de Ovidio». Parece la escena dantesca de Paolo y Francesca, donde de la literatura pasamos a la copulación. En realidad Sheri Martinelli se llamaba Shirley Burns Brennan, nacida en Filadelfia en 1918, la mayor de cuatro hijos de un católico y alcohólico irlandés. ‘Sheri’ era el nombre artístico, Martinelli el apellido del pobre marido, Ezio Martinelli, un desafortunado pintor ítalo-americano. Sheri le ponía los cuernos con estática felicidad. «No sabes cuántos quieren acostarse conmigo», le escribe a Bukowski. «Y yo le repito, “¿Para hacer qué cosa? ¿Lo que todos dicen que saben hacer?”». Sheri escucha hablar a Ezra Pound de uno de los muchos que se la quieren llevar a la cama, Allen Ginsberg. Y le viene a la cabeza un pensamiento diabólico: convertir a“Ez”, el intelectual que dialoga con Homero y con Confucio, el genio que había fundado la poesía moderna, el poeta que había combatido la Historia, en un viejo obsceno que babea detrás de una diva. Por cierto Pound, flaco, austero y rabioso, junto a su apocalíptico grito contra el desastre occidental, no ignoraba la belleza femenina.
La vida sentimental de “Ez”, en efecto, es bastante complicada. En 1914 se casa con Dorothy Shakespear, por un periodo se empareja con H. D., la magnética poeta Hilda Doolittle (que no desprecia las relaciones sáficas y que también fue íntima de D. H. Lawrence). Luego conoce a la violinista Olga Rudge, que se vuelve su amante y le da una hija, Mary de Rachewiltz, misma que desde hace décadas tutela el genio del padre. En el medio se mete Marcella Spann, «joven e ingenua maestra de inglés que llega de un minúsculo pueblo de Texas» (John Tytell), y que se convierte en su viciosa secretaria. Incluso ella, Marcella Spann, nos ofrece a nosotros algunos pasajes de la vida pasional de Pound. «Viendo a Sheri caminar en el parque, brinca sobre la silla y corre a saludarla con un enérgico abrazo». Aquellos eran los años más duros para Pound. Sheri tiene 34 años y vive en Greenwich Village. En 1952 Pound vivía en el hospital criminal federal de Washington, el St. Elizabeths, después de haber sido capturado por los americanos en Italia, con la acusación de traición y el infamante diagnóstico de esquizofrenia. «‘La Martinelli’ es la única persona que ha logrado sostener una conversación conmigo», escribe Pound. Concepto que refuerza en otros términos a una fan londinense, Ingrid Davies, «‘La Martinelli’ es un acto de Dios». Sheri Martinelli, que ha cruzado el siglo XX como una fantasmal diva, una criatura fatua y fantástica, que ha sido la lolita de Anaïs Nin, la musa de William Gaddis y un poco de todos los Beats, la confidente de Charlie Parker y la amante de Marlon Brando, la inspiración de Allen Ginsberg y la pintora consentida de Rod Steiger y de E.E. Cummings, estaba allí, toda para Ezra Pound, el escándalo viviente, ese trozo de corteza antiamericana.
Pound, pervertido por su belleza, «absolutamente deleitado por la Martinelli y felizmente enamorado de ella por un tiempo» (David Moody, Ezra Pound: Poet. The Tragic Years 1939-1972, Oxford University Press, 2015), obligaba a la esposa Dorothy a pagar los paseos de su amante, «cuando iba a Washington para estar al lado de Pound eran 35 dólares al mes por el alquiler del departamento, una vez sacó 200 para pagarle un tratamiento dental». Hace sesenta años Pound le pedía «a su fiel editor milanés, Vanni Scheiwiller, un pequeño libro con el título La Martinelli (1956), con diez tablas ilustradas, enviando 200 dólares para que el trabajo resulte “un poco lujoso”». El libro, publicado en 500 copias numeradas, es una verdadera rareza, guardado en un puñado de bibliotecas (Florencia, Génova, Milán, Roma).
El amor por Sheri, eso nos interesa, pesa sobre los Cantos, la catastrófica obra maestra de Pound, en particular en el Canto XC de la sección Rock-drill. Allí, en versos telúricos y dulces, Pound eterniza a La Martinelli: «saliendo debajo del montón de desecho/ m’elevasti/ del filo mellado más allá del dolor/ m’elevasti/ del Erebo, el profundo/ del viento debajo de la tierra/ m’elevasti/ del aire mellado y el polvo/ m’elevasti/ por el gran vuelo/m’elevasti». El estribillo m’elevasti , citado en italiano, se une al Primero del Paraíso dantesco, cuando el Poeta cuenta el viaje superceleste realizado gracias a la bendición de Beatrice. Con furor lírico Pound hace de Sheri su Beatrice personal. De esa historia, todavía, se sabe muy poco. Sheri guardó celosamente sus recuerdos poundianos, como una reliquia. El primero de noviembre de 1972 fue visitada por «un viento malo que anuncia el final de algo sagrado». El día después, leyendo los periódicos, descubre la muerte de Ezra Pound. Ella, Sheri, la diva, murió el 3 de noviembre de 1996. Vivía en una casa rodante. Le gustaba detenerse en el estacionamiento de los supermercados para ver el tráfico humano. Civilizaciones que van y vienen, humanidad que pasa de un remolino infernal a otro. Los Cantos abiertos ante su mirada. Unos meses antes, en ese mismo año, había muerto Olga Rudge.

Extraído de Pangea (Pangea. Rivista avventuriera di cultura & idee è un progetto di Associazione Culturale Pangea, sede legale: via Amintore Galli 8, Rimini). Traducción de Antonio Nazzaro y Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, 2017.