El fin de la noche – Graciela Batticuore


Graciela Batticuore nació en Buenos Aires, el 23 de agosto de 1966. Publicó en 2014 su primer libro de poesía: Cuaderno de espera (del pétalo), siguieron Sol de enero, en 2015, y La noche, en 2016 (del dock). Prepara ahora El fin de la noche, para la colección Pez Náufrago. También es autora de ensayos de crítica literaria, entre otros: Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina (2017, Ampersand), Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución (Edhasa, 2011), La mujer romántica. Lectoras, escritoras y autores en la Argentina (Edhasa, 2005), El taller de la escritora. Veladas Literarias de Juana Manuela Gorriti: Lima- Buenos Aires (Beatriz Viterbo, 1999). Enseña Literatura Argentina I en la UBA y es Investigadora del CONICET.

Lo que está por venir

Escribo un poema,
hago mi trabajo del día,
despejo la mesa de todo lo que no cabe
en una página en blanco.
Voy hacia mí.

31 de diciembre

Veo a mi padre
frente a la parrilla enorme del patio de su casa
en una noche estrellada como ésta,
esperábamos que dieran las doce
para brindar.
Ahora la noche es profunda
en medio de otro patio,
mi hijo sonríe. Esta tarde
cocinamos galletas él y yo
con forma de estrellas,
las pintamos de plateado,
las servimos en fuentes de loza blanca
junto a las copas de champagne más altas.
La mesa se iluminó, de pronto,
como entonces,
el mundo volvió a girar
y ya no hubo antes ni después,
solo presente ahora.

Enero

El agua golpea sobre el cuerpo
de mi hijo.
Tiene doce años y ríe
sin parar, semidesnudo en la mitad del patio.
Nos rodea el verde,
la hiedra en los muros,
la tierra en los canteros de cada esquina.
De pronto el agua es una bendición,
y en este cuadrante del mundo
que nos contiene a los dos,
todo lo demás se escurre.
Sólo su risa
irrefrenable
sacude mi corazón como campanas
en lo alto de una iglesia.
Su risa es sagrada,
el agua brillante sobre la piel morena.
Yo me quedo sorda y ciega hasta saciarme
nada más contemplándolo.

Ahora mi hijo baila de felicidad
y me pide que le arroje otro balde,
y después otro más y otro que lleno hasta el tope.
Estamos solos
él y yo, bajo el fulgor
de este día de verano.
Ya descendieron los dioses
para saludarme, lo sé.
Es el año nuevo.

Aparición

Entre el bosque y el mar
están tus ojos
cruzando este día de verano.
Viniste a visitarme hoy,
igual que un ángel,
casi como una aparición.
No pude abrazarte ni fundirme en tu piel,
ni precipitarme en tu boca como quien sale
a una aventura por países distantes
al otro lado del mundo.
Pero tus manos recorrieron el aire hasta mi pelo
un momento,
y tu sonrisa dibujó en mi retina
un arco amoroso que todavía me late.
Cuando te fuiste
quedé llena de campanas
resonándome, golpeaban sin parar
a cada lado de mi cuerpo
que vibraba como una orquesta en vivo.
Me quedé por un rato mirando
ese ómnibus que te llevó hacia otra playa,
un poco más lejos de mí.
Me quedé con el agua que no bebimos
en las manos. Y volví caminando
hasta mi hotel.
Después llegó la lluvia y siguió
batiendo en mí sus tambores
todo el largo día.

Después

Ahora el día entra en mí con toda su claridad,
su firmeza.
Al otro lado de las dunas está el mar,
ya escucho su batir de alas otra vez.

La marea se ha retirado por fin
llevando atrás los peces muertos,
las algas rotas,
las caracolas vacías
que cegaron las noches.

La playa está en calma.

Comenzaré a bajar desde la cima
hasta encontrarte. Las golondrinas
revolotean en lo alto
sobre mí.
Es la mañana.