Dedicación a un pedazo de tierra – William Carlos Williams

William Carlos Williams, Rutherford, 1883-1963. Extraído de ¡Al que quiere!, 1917. En William Carlos Williams, Selected Poems, New Directions Book, New York, 1985. Traducción de © Silvia Camerotto

Dedicación a un pedazo de tierra

Este pedazo de tierra
frente a las aguas de esta ensenada
está dedicada a la viva presencia
de Emily Dickinson Wellcome
que nació en Inglaterra: casada,
perdió a su marido y que con
su hijo de cinco años
se embarcó a Nueva York en un barco de dos mástiles,
fue llevada hasta las Azores,
viajó a la deriva por los bancos de arena de Fire Island,
conoció a su segundo marido
en una casa de huéspedes en Brooklyn,
se fue con él a Puerto Rico,
tuvo otros tres hijos, perdió
a su segundo marido, vivió con dificultades
durante ocho años en St. Thomas,
Puerto Rico, Santo Domingo, siguió
a su hijo mayor hasta Nueva York,
perdió a su hija, perdió a su “bebé”,
agarró a los dos hijos del segundo matrimonio
de su hijo mayor,
siendo huérfanos, los crió,
peleó por ellos con la otra abuela
y las tías, los trajo aquí
verano tras verano, y aquí
se defendió contra ladrones,
tormentas, sol, fuego,
contra las moscas, contra las muchachas
que husmeaban, contra la sequía,
contra la hierba mala, las marejadas,
los vecinos, las comadrejas que robaban sus gallinas,
contra la debilidad de sus propias manos,
contra la energía creciente
de los muchachos, contra el viento, contra
las piedras, contra los intrusos,
contra las rentas, contra sus propios pensamientos.

Removió esta tierra con sus propias manos,
dominó sobre esta parcela,
ridiculizó a su hijo mayor
hasta que la compró, vivió aquí durante quince años,
alcanzó la soledad final y—

Si no puedes traer nada a este lugar
sino tu pellejo: aléjate.

Dedication for a Plot of Ground

This plot of ground
facing the waters of this inlet
is dedicated to the living presence of
Emily Dickinson Wellcome
who was born in England; married;
lost her husband and with
her five year old son
sailed for New York in a two-master;
was driven to the Azores;
ran adrift on Fire Island shoal,
met her second husband
in a Brooklyn boarding house,
went with him to Puerto Rico
bore three more children, lost
her second husband, lived hard
for eight years in St. Thomas,
Puerto Rico, San Domingo, followed
the oldest son to New York,
lost her daughter, lost her “baby,”
seized the two boys of
the oldest son by the second marriage
mothered them — they being
motherless — fought for them
against the other grandmother
and the aunts, brought them here
summer after summer, defended
herself here against thieves,
storms, sun, fire,
against flies, against girls
that came smelling about, against
drought, against weeds, storm-tides,
neighbors, weasels that stole her chickens,
against the weakness of her own hands,
against the growing strength of
the boys, against wind, against
the stones, against trespassers,
against rents, against her own mind.

She grubbed this earth with her own hands,
domineered over this grass plot,
blackguarded her oldest son
into buying it, lived here fifteen years,
attained a final loneliness and —

If you can bring nothing to this place
but your carcass, keep out.