Enrique Lihn: Un Rimbaud narcisistamente imposible | Rodrigo Arriagada-Zubieta


En la contemporaneidad, el mito ovidiano de Eco y Narciso ha encontrado múltiples refracciones que principalmente hacen hincapié en la personalidad del personaje. Así, el narcisismo sería el rasgo de la conducta que se da en todo aquél que- consciente de su grandeza y plenitud- manifiesta el amor a sí mismo como símbolo de conformidad y plena posesión respecto de la propia identidad, para lo cual también con frecuencia se ha puesto énfasis en la concupiscencia del rostro bello. Sin embargo, al releer a Ovidio me encuentro con un aspecto muchas veces ignorado del mito y que parece contrariar la perspectiva general que se tiene de él. Este aspecto se puede formular del siguiente modo: la angustia que secunda al amor de Narciso luego de verse reflejado en el estanque y de enamorarse de su propia imagen, se produce no porque su belleza sea inigualable e inalcanzable, sino porque se concibe a sí mismo estando entre las cosas, existiendo entre objetos inanimados o como un doble de sí mismo. “Ahora los dos, unidos en un mismo corazón, exhalaremos juntos una misma alma”, palabras que plantean la tragedia del desasimiento de algo distinto de la conciencia, del cuerpo y su instalación pasajera en el mundo considerado como un otro.
En la literatura latinoamericana existe al menos un poeta que ha reactualizado continuamente el mito ovidiano, en la dirección que señalo. La poesía del chileno Enrique Lihn (1929-1988) da cuenta de un sujeto volcado obsesivamente sobre sus propias emociones y palabras, una continua reflexión sobre la extrañeza que le causa la simple constatación de existir lo cual se manifiesta en contadas ocasiones en su obra en la figura del hablante mirándose al espejo, como un modo de cuestionar su ser en el mundo, a partir de la verificación de la transmutación de su rostro. En el poema No hay Narciso que Valga (1983), nos encontramos frente a un Narciso consumido por la temporalidad, reticente a mirarse en el espejo, porque su propia imagen envejece a expensas de la conciencia: A los cincuenta y dos años el espejo es el otro/ No hay Narciso que valga ni pasión de mirarse en el otro a sí mismo.
Esta imagen de caducidad, de contrariedad respecto de uno mismo es idéntica a la que expresa Narciso en la fábula ovidiana, porque no es- como se suele decir- que el joven se sienta atraído y angustiado por la belleza de una imagen novedosa que es inaprensible por ser algo otro que desconoce y que resulta sorprendente a sus ojos; no hay ignorancia o ingenuidad en él. Al contrario, su tragedia deriva de la consciencia de la coincidencia, del hecho de que ese rostro le pertenece pero que, paradojalmente, lo posee a él y no al revés, y que en consecuencia será la sumisión de la belleza al tiempo lo que lo conducirá hacia una indefectible muerte: “Yo soy ese; me he dado cuenta, y mi imagen no me engaña; me abraso en el amor de mí mismo y agito y llevo ese fuego. Ojalá pudiera separarme de mi cuerpo, que estuviera ausente lo que amo. Ya el dolor me quita las fuerzas y no me queda mucho tiempo de vida y me extingo en la flor de mi vida”. (Ovidio: 1974; 42).

Considerado arquetípicamente se suele señalar que la falla moral de Narciso radica en una ingenuidad que le hace conceder a la experiencia y a la forma un interés total, sin averiguar lo que esa bella sombra es, lo cual se equipara con el pensamiento platónico, en el modo que se considera que una persona que se ha entregado al goce de los sentidos ha errado en el conocimiento. Ir tras la sombra de una imagen perecedera impide elevarse a lo universal-verdadero. En la vereda opuesta de esta cristalización, me resulta más natural pensar que Narciso es plenamente consciente. Representa la idea de la persona que arrebatada por la evidencia del misterio de la vida, la temporalidad y la identidad, renuncia a la existencia, dejándose morir lentamente en la soledad de la fuente y en la plenitud de su juventud, previo aferrarse a la última contemplación de la belleza. Contradice así el proverbio tradicional en que se basa la moral griega: conócete a ti mismo, guía de conducta para obtener la felicidad mediante el ejercicio de la razón. Narciso, en cambio, sabe que la vida es la flor efímera en la que se consumirá finalmente y consciente de eso reniega de dicha posibilidad.
En la poesía de Lihn esta paulatina extinción se cumple también, pero de otro modo. Señala en La Vejez de Narciso (1955):


Me miro en el espejo y no veo mi rostro.
He desaparecido: el espejo es mi rostro
Me he desaparecido;
porque de tanto verme en este espejo roto,
he perdido el sentido de mi rostro
o, de tanto contarlo, se me ha vuelto infinito
o la nada que en él, como en todas las cosas,
se ocultaba, lo ocultaba,
la nada que está en todo como el sol en la noche
y soy mi propia ausencia frente a un espejo roto.

En el poeta chileno la agonía narcisista instalada entre la existencia y la nada se desenvuelve en medio de su relación con los otros, principalmente con la mujer. El hablante de los poemas vuelve una y otra vez a mirarse en el espejo de la escritura, incapaz de comunicarse afectivamente. En ausencia de la mujer, el hablante lihneano realiza un autoanálisis permanente, en una observación narcisista que se prolonga incluso en presencia de ella: beso en tu boca el paso de mi aliento/ al fondo de la asfixia, dice en un poema de Por Fuerza Mayor (1975), mientras que en el poema Zoológico de La Pieza Oscura (1963), el amante, signado como una serpiente encerrada en una celda de cristal, renuncia al amor impuro de la mujer que lo acompaña al contemplar el verdadero afecto en el instintivo acto amatorio de unas aves acuáticas. En esta alienación frente al hecho amoroso destinado al fracaso resuenan asimismo las sentencias ovidianas: apártate, lo que amas lo perderás. Esta que ves es la sombra de tu imagen reflejada. Nada de sí mismo tiene esa figura, viene y se va contigo; contigo se marchará, si puedes marcharte. (Ovidio: 1974; 42).
La abdicación de la vida, del amor y del deseo por la constatación de la existencia como efímera apariencia hecha de nada, encuentra en Lihn un punto de resistencia en la escritura: este Narciso si bien no a la muerte, está confinado a mirarse al espejo y a autoseducirse con el eco de sus propias palabras, conmutándose así con la figura del escritor. Señala en Escrito en Cuba (1969): El ejercicio obsesionante de la escritura te ha convertido en una especie de Sísifo, y esta sola comparación, digna de ateneo de provincia, basta para excitarte. La imagen de Sísifo se vuelve aquí portadora de una frustración sexual, que es compensada con la escritura en la que el poeta se gratifica. La poesía, en medio del distanciamiento progresivo que el poeta toma ante la vida, ante la historia y las relaciones humanas es asumida como una compensación narcisista que lo vuelve incapaz de realizar el gesto de silencio o de botar esta basura, como dice Lihn al mencionar a Rimbaud y su renuncia a la poesía. En el universo de las letras Lihn representa la contracara de la abdicación rimbauldiana, de su confinamiento al silencio. George Steiner ha estudiado con detenimiento el significado del silencio como autoinmolación: “Aquí la palabra limita no con el esplendor o con la música, sino con la noche”. La razón que conduce al poeta al silencio es enigmática, nos dice el autor de Lenguaje y Silencio: “la elección del silencio por quienes mejor pueden hablar” es, para Steiner, un fenómeno históricamente reciente, pero se puede ubicar en la modernidad por el confinamiento de la poesía, como dice René Char, al bulevar de los perezosos. Se trata de la poesía como un ejercicio sin aspavientos, una sublimación caleidoscópica del dolor, un solo de trompeta que se ahoga/ frente al solo de sol de la respuesta, dirá Lihn en La Musiquilla de las Pobres Esferas (1969).
Ese desencanto es el que expresa Lihn en el poema Rimbaud de 1969. Él botó esta basura/esta masturbación desconsolada. La inutilidad de la poesía en medio de una sociedad orientada a fines podría ser el pensamiento de Rimbaud antes de enfilar camino a Oriente. El lenguaje ya no quema, lo desconocido rimbauldiano es en Lihn la siempre decepcionante evidencia de lo que es/ y que las palabras apenas rasguñan, como en un bordear excesivamente la superficie de las cosas.
Lihn escribió el poema Rimbaud en 1969 y casi veinte años después, al momento de enterarse de que moriría de cáncer, amarró un lápiz a su mano para solucionar la falta de fuerza y escribir su última obra: Diario de Muerte. Resulta claramente estremecedora la imagen del poeta intentando decir algo sobre la muerte, una pregunta que sólo podría responderse con el silencio, con el ingreso en lo que él denominó zona muda. Ante su convalecencia Lihn hizo llamar a su amigo Alberto Rubio y le consultó por la emoción que éste podría tener en un estado como el que lo aquejaba. Rubio, luego de un espacio de silencio, señaló que la curiosidad sería esa emoción. Lihn respondió con rostro de satisfacción en una expresión que pocos le conocieron en vida, como un Narciso que se aprestaba a romper la fuente. Pero antes de ello debía completar un ritual de textualización obsesivamente inabarcable. Solitario como Narciso, sufrió la condena de mirarse al espejo hasta el momento del fin. Fue la poesía la fuente de la que emanó la única y última belleza. Recuérdense, ahora, los últimos versos de Zoológico, como temprano presagio:


Yo soy la serpiente, casi invisible en su celda de vidrio,
en el rincón más sombrío del parque,
ajena a la curiosidad que despierta,
ajeno a los intereses de la tierra, su madrasta,
yo soy ese insensible amante de sí mismo
que duerme con astucia, mientras todo despierta.

Rodrigo Arriagada-Zubieta para Buenos Aires Poetry, 2018

 

Bibliografía
Ovidio, Las Metamorfosis, Editorial Purrua, México, 1974.
Enrique LIHN, Porque escribí, Fondo de Cultura económica, Chile, 1995.

Rimbaud


Él botó esta basura
yo le envidio su no a este ejercicio
a esta masturbación desconsolada
Me importa un trueno la belleza
con su chancro
Ni la perversión ni la conversión interesan
No a la magia. Sí de siempre a la siempre decepcionante
evidencia de lo que es
y que las palabras rasguñan, y eso
Le poetizo también
Este es un vicio al que solo se escapa como él
desdeñosamente
y pudo, en realidad, bloquearse en su neurosis
perder la lengua a manos de la peste
y ese no ser un sí a la lujuria de la peste

Por todos los caminos llego a lo impenetrable
a lo que sirve de nada
Poesía culpable quizás de lo que existe
Cuánta palabra en cada cosa
qué exceso de retórica hasta en la última hormiga

Pero en definitiva él botó esta basura
su sombrero feroz en el bosque.

En La musiquilla de las pobres esferas, 1969

La vejez de Narciso

Me miro en el espejo y no veo mi rostro.
He desaparecido: el espejo es mi rostro.
Me he desaparecido;
porque de tanto verme en este espejo roto
he perdido el sentido de mi rostro
o, de tanto contarlo, se me ha vuelto infinito
o la nada que en él, como en todas las cosas,
se ocultaba, lo oculta,
la nada que está en todo como el sol de la noche
y soy mi propia ausencia frente a un espejo roto.

En Poemas de este tiempo y otro (1955).

No hay Narciso que valga

A los cincuenta y dos años el espejo es el otro
No hay Narciso que valga ni pasión de mirarse
en el otro a sí mismo. La luna del estaque
es despiadada, finalmente dura
como una mala foto que él rompe en mil pedazos
Se liquida el espejo: vuelve a su liquidez
y licuado ese ojo de vidrio que llorara
es, por fin, una poza de agua verde y sin fin:
estanque del que fluye, envuelta en sus cabellos
y bajo los nenúfares, una ninfa, una ninfa…

En Al bello aparecer de este Lucero, 1983.