Una vuelta por Londres | Paul Verlaine

UNA VUELTA POR LONDRES (1)

Paul Verlaine – Traducción de Christian Kupchik

Soy goloso, y debo confesar mi absoluta sorpresa cuando al volver a comer en Londres después de veintiséis años (2), encontré que algunos prestigiosos restaurantes, otrora y hasta no hace mucho casi británicos –porque todo es relativo– hoy estaban completamente afrancesados, o mejor, resultaban más parisinos que londinenses. Era posible tropezar con panes que parecían recién llegados de la rue Vivienne, pero nada de ese excelente paté seco utilizado para los tartines del breakfast y del five o´clock tea (aunque decididamente mediocre en otras ocasiones, salvo cuando, blando, hervido o ungido en médula de buey, se utiliza para el pudding). Las papas paille sabían algo exageradas, y hasta el café se convirtió en un clásico de aquí en más.

Debido a mi miopía, amo la luz nocturna luego de que mi vista ha estado présbita a lo largo del día; y en lugar de la vergonzosa iluminación que hubiese podido imaginarme en medio de una huelga de gas hacia 1872, asistí al espectáculo de la luz literal, la luz eléctrica de los grandes barrios, la claridad archiparisina de los suburbios.

Adoro en las mujeres la toilette que las idealiza y, en lugar de esos desagradables contrastes entre el verde-puerro y ese rojo de “sangre nasal” al que hacía referencia con cierta severidad Jules Vallès un poco después de la Comuna (3), yo admiraba, en el último noviembre, el gris perla y el rosa té matizando la distinción –en otro tiempo un tanto raída– y embelleciendo aún más los tintes delicados y los trazos angelicales de estas damas.

Soy parisino, y cuando esperaba los recelos de antaño, encontré una camaradería propia de los boulevares, que me condujo hasta aquellos hermosos días –infelizmente lejanos y por fortuna tan próximos– del Riche, el Anglais y lo de Tortoni. Hasta el barrio Latino tiene ahora en Londres su reflejo y su eco, al menos en los jóvenes y en toda esa gente linda que no puede menos que hacer recordar a un francés novicio todavía (o siempre…) a aquellas otras amigas conocidas entre Saint-Michel y el Observatoire.

En modo alguno me considero un loco del teatro (4), pero de no haberme convertido (un poco forzosamente, por enfermedades y otras causas) en este lobo solitario que soy, en este salvaje, seguiría idolatrando los café concerts, los music-anglice halls. O bien, hubiese podido, hubiese debido incluso, ir a divertirme con los magníficos espectáculos de esas grandes orquestas wagnerianas o aún otras, de psicologías intensas. Y sin embargo, no, cedí a la tentación de mi antigua pasión por la canción cómica, por las proezas en los imprevistos cambios de rumbo, por los ballets numerosos y traviesos, de un gusto y una variedad sin duda indignos de las tablas respetables, pero tan graciosos, tan divertidos en verdad, que dudo mucho que París pueda ofrecer mejores. Y Dios bien sabe que si estos lugares, verdaderas delicias, abundan hoy sobre el sombrío Londres de hace veinte o incluso diez años atrás (5), podemos concluir que estamos en presencia de una ciudad mucho más cosmopolita, aunque particularmente parisina, si bien en su desarrollo supo, no obstante, preservar su aspecto tan inglés y tan tradicional, entre todos los demás fenómenos sociales, buenos y malos, de nuestra época. Más malos que buenos en realidad.

En fin, no me siento de ninguna manera partidario de la pedantería, y que el diablo me lleve si es posible encontrar hoy en Albión esas gentes rellenas de Johnson y trufadas de Addison (6) que florecían por la época en que yo tenía unos treinta y poco años, a menos que alguien tenga la penosa idea de sumergirse en las inverosímiles catacumbas académicas y parlamentarias.

Definitivamente, soy un poeta. Y no por ello más rico ni menos orgulloso. Y no hay más que pensar que no solamente la poesía inglesa –la rival pintoresca y soñadora de nuestra poesía, tan precisa como bella y claramente psicológica– se ha reconciliado con ésta, sino que los poetas, genios irritables por lo general, acogen y quieren a sus colegas de este lado del agua. Estimo que este favor encontraría su correspondencia aquí, con mi presencia, insignificante, a la cabeza.

En suma, Londres es galofilo como París anglómano. He pasado algunos días allí y traje conmigo una estima sin límites y la simpatía siempre palpitante por esa gente buena y cordial que, bajo su aire frío –defecto nacional– y excéntrico, traen de sus largos viajes por mar y tierra (y también de sus lecturas), no sólo el renovado amor por su madre patria, sino también el gusto por las buenas letras continentales y la lección bien aprendida de los usos y costumbres de sus vecinos, con ese matiz placentero y tan orgullosamente preferido por nosotros, french ladies and gentlemen.

NOTAS

1 El manuscrito, de dos páginas, fue publicado en el suplemento literario de Le Figaro el 20 de enero de 1894. Este artículo estuvo precedido por una nota del periódico en el que se afirmaba lo siguiente: “Paul Verlaine visitó recientemente Inglaterra a fin de dictar allí una serie de conferencias. Hemos pensado que resultaría interesante para nuestros lectores conocer las impresiones del poeta sobre el Londres actual. Aquí están, entonces, las curiosas páginas que nos ha enviado”. Este tour de conferencias tuvo lugar entre noviembre y diciembre de 1893. Verlaine dejó Dieppe para desembarcar en Newhaven el 19 de noviembre. Fue recibido el día siguiente en Londres por Arthur Symons y el 21 dictó una conferencia en Barnard´s Inn sobre poesía contemporánea. Luego habló el 23 en Oxford, el 1ro. de diciembre en Manchester y retornó a Londres el día 5. El presente artículo fue incorporado, aunque con importantes modificaciones, en las Oeuvres Posthumes.

2 El último viaje de Verlaine a Londres había sido en diciembre de 1879, en compañía de Lucien Létinois, uno de sus alumnos, a quien conoció en 1878 en la Institución Notre-Dame de Rethel. Como éste enseña en Stickney, Verlaine logra trabajar en el Solent Collegiate School de la isla de Wight.

3 De orígenes modestos, Jules Vallès (1832-1885) se hará periodista luego de haber terminado sus estudios en París. Célebre panfletista, fundará Le Cri du Peuple en 1871 y será elegido miembro de la Comuna. También publicará el periódico La Rue y el ensayo L´Art Populaire. Luego de los sucesos de la Comuna, deberá exiliarse en Londres, donde vive hasta 1883 y escribe su trilogía Jacques Vingtras (L’Enfant, 1876 – Le Bachelier, 1881 – L’Insurgé, 1882), a la vez autobiográfica y social. Al mismo tiempo, Vallès realiza una descripción feroz de Londres y los ingleses en La Rue à Londres (1884).

4 En las Oeuvres Posthumes, este fragmento del texto aparece ubicado hacia el final del mismo. No es posible explicar dicha alteración, que sólo contribuye a hacer más difícil la comprensión de su significado.

5 Esta alusión no significa que Verlaine haya retornado a Londres hacia 1883 o 1884, ya que por entonces se encontraba en París, más concretamente en Coulommes. Su última visita a Londres, recordémoslo, se remonta al invierno de 1879.

6 En el original publicado por Le Figaro, Verlaine afirma: “…ces gens en us et ès, qui florissant…”, en tanto que en las Obras Póstumas la frase fue modificada por “…ces gens farsis de Johnson et truffés d´Addison qui…” En ambos casos resulta complicado aproximarse a una traducción aproximada, dado que juegan con expresiones coloquiales de la época que refieren en forma despectiva a esnobs, miembros de la burguesía en general o funcionarios.