Rimas de Guido Cavalcanti | Colección Abracadabra | Trad. Jorge Aulicino

El interés de los poetas contemporáneos por Guido Cavalcanti (nacido alrededor de 1250, muerto en 1300) se debe, como es sabido, a Ezra Pound. Y sin embargo, algunos lograron ir más allá de la pieza que Pound eligió para su encomio: Donna me prega: salir al encuentro de la fascinante escena de la batalla del amor con el corazón y una serie de espíritus no identificados, en la que Cavalcanti construye unos poemas extraños, casi sobrenaturales, aun para el gusto moderno.

  Cavalcanti  tal vez estuvo leal o inconscientemente ligado al hermetismo por más de un motivo. Entre ellos, su libertad espiritual. De cualquier manera, como indica María Corti  (introducción a Rimas, Rizzoli, 1978) hay dos entradas posibles a su obra: se la supone neoplatónica o bien averroísta. O bien, incluso, hermética: aunque el interés más vivo entre los intelectuales italianos por la obra del improbable Hermes Trimegisto sólo se registra después de la fecha –1463– en que Cosme de Médici encargó su traducción a Ficino, la Iglesia combatía con la supuestamente antigua sabiduría desde la  época de San Agustín. Sin embargo, con Averroes ya había bastante tela para cortar. Averroes –el filósofo y médico árabe-español de fuerte gravitación en el siglo XIII– puede haber influido en Cavalcanti del modo en que lo menciona Corti: cimentando la creencia en un amor-pasión del alma “en el sentido averroístico” (esto es animado por los espíritus cordiales) y sujeto al “influjo nefasto proveniente de Marte”. Pero también promoviendo una religiosidad abierta a un mundo de revelaciones menores, con una presencia de la divinidad, o las divinidades, cercana y natural.

  Los estudios sobre il dolce stil nuovo  contienen muchas especulaciones sobre Cavalcanti. Ocurre que es el poeta de aquella escuela que mejor se presta a especulaciones, porque fue especulativo. Si la especulación manejaba su pluma –menos visiblemente que su melancolía teatral–, resulta a simple vista más interesante el modo en que la condujo que la base filosófica que dio origen a sus poesías extrañas. Espíritus –y no uno solo, sino varios en el mismo cuerpo– y amor son seres físicos que se enfrentan en esos versos. El hombre, un escenario, casi siempre destruido por la batalla. Y la visión de la lucha que se lleva a cabo, una sucesión de sombrías imágenes visuales. Este modo de dar carnadura a lo que se supone simbólico, es en primer lugar un logro poético. Y en segundo término, una fuerte apuesta filosófica. Dante Alighieri avanzó más por el primer camino que por el segundo. Cavalcanti fue poéticamente tan audaz como Dante, con su puñadito de sonetos y canciones, pero mucho más audaz en la filosofía que de ellos se deduce.

  La cuestión de los espíritus cordiales, físicos y palpables, que recorren una trayectoria de doble mano, desde el corazón a las cosas y desde las cosas al corazón, pasando por los ojos, es de raíz averroísta. El espiritualismo panteísta de Cavalcanti era, en su época, un asunto médico. Los científicos de entonces creían en espíritus que sostienen la salud y la pierden. Y la idea de una materia animada  estaba más cerca de la intuición popular que cualquier otra teología.

  El aspecto enigmático de la poesía de Cavalcanti se debe, quizá, a la voluntad de representar directamente la percepción de un amor intolerable, como parece que fue, para él, cualquier amor. Antes que una respuesta cordial de la amada, lo que el alma desea en Cavalcanti es la inminencia del amor. Esa “tercera flecha” que está siempre a punto de llegar. El corazón herido por lo que ama aparece, en cambio, como el estado habitual del amante.

  Sobre la intención filosófica no hay dudas, históricamente hablando. Lorenzo de Medici describe a Cavalcanti como “delicado florentino, sutilísimo dialéctico y filósofo de su siglo excelentísimo” en una carta a Federico de Aragón. En cuanto al logro poético: sobre las consideraciones más difusas se impuso la percepción de una puesta en escena y objetivación de lo espiritual, a la manera de fotogramas de una misma escena tomada desde distintos ángulos, como describe Corrado Calenda, citado por Corti.

  Político además de filósofo y hombre de letras, Cavalcanti fue un rico personaje envuelto en las peleas de las dos facciones en que se dividía la poderosa burguesía de Florencia: los famosos güelfos y gibelinos. Era taciturno, de respuestas herméticas y más o menos hábil con la espada como cualquiera de los de su clase. Una apariencia que se ceñía al tono pesimista de sus poemas. “La gentil naturaleza”, que  entonces ya venía con el alma, no con los títulos nobiliarios, fue quebrada en él por la enfermedad, durante un destierro. Volvió a Florencia para morir después de haber escrito un presagio, una canción donde se combina –agudamente, por decirlo de alguna manera–, cierta puerilidad con poesía “excelentísima” . “Pues no espero volver jamás,/  baladita, a Toscana” comienza el canto. Tenía cincuenta años o un poco menos.

   Sobre estas versiones: se ha optado por construir un equivalente lejano, en el castellano, del ritmo inimitable de Cavalcanti y en general de los poetas italianos del siglo XIII. Se trata de “rimas” de una rústica nobleza, semejantes a la que en nuestro idioma tienen los antiguos romances. Fue imposible mantener el sistema de rimas y metros del soneto cavalcantiano. Se intentó construir una musicalidad distinta a la del original, porque el verso blanco hubiese convertido estos poemas en simple exposición de ideas, sin esa busca de resonancia hipnótica que caracteriza a la poesía clásica y que es en gran medida componente de su ideología.

Jorge Aulicino


_

*

1

Ver pudiste cuando lo encontraste,
el pavoroso espíritu de amor
que aparece cuando el hombre muere,
y de otra guisa nunca se lo ve.
Yo lo tuve tan cercano que pensé
que matase el doliente corazón:
entonces se mezcló al color muerto
el alma triste por huir de él;
pero pudo sostenerse cuando vio salir
de vuestros ojos un rayo de merced
con el que entró al corazón dulzura nueva.
Y aquel sutil espíritu que ve
ayudó a los otros que creían morir,
cargados de angustioso abatimiento.

*

2

Por qué no me fueron los ojos dispensados,
o arrancados, de modo que aquella a la que vi
no llegase para decir hasta mi mente:
“Escucha si en el corazón me sientes”.
Que una pavura de tormentos nuevos
me atraviese entonces, cruel y aguda;
que el alma llame: “Señora, ayuda,
que ojos y yo dejemos de doler”.
Tú los dejaste así, que viene Amor
a llorar sobre ellos piadosamente,
mientras se oye una profunda voz,
que dice: “Aquel que una gran pena siente
mire y vea el corazón que Muerte
marcado con una cruz lleva en la  mano”.

*

3

Porque color de duelo conviene que yo lleve
y sienta del  placer ardiente fuego,
y porque la virtud me trajo a vil lugar,
diré cómo perdí todo valor.
Y digo que mis espíritus han muerto
y el corazón que guerreó está en agonía
y si no fuera que morir me da alegría
haría de piedad llorar a Amor.
Pero, por el loco tiempo en que me veo,
cambio mis cerradas opiniones
en otras condiciones,
tales que ya no muestro mi deseo.
He recibido solo engaño
cuando por el corazón pasó la Amada.
Ella se llevó la fuerza que tenía.



 

1 [XX]

Veder poteste, quando v’inscontrai,
quel pauroso spirito d’amore
lo qual sol apparir quand’om si more
e ‘n altra guisa non si vede mai.

Elli mi fu sì presso, ch’i’ pensai
ch’ ell’ uccidesse lo dolente core:
allor si mise nel morto colore
l’anima trista per voler trar guai;

ma po’ sostenne, quando vide uscire
degli occhi vostri un lume di merzede,
che porse dentr’ al cor nova dolcezza;

e quel sottile spirito che vede
soccorse gli altri, che credean morire,
gravati d’angosciosa debolezza.

2 [XIII]

Perché non fuoro a me gli occhi dispenti
o tolti, sì che de la lor venduta
non fosse nella mente mia ventua
a dir: « Ascolta se nel cor mi senti » ?

E una paura di novi tormenti
m’aparve allor, sì crudel’ e aguta,
che l’anima chiamò: « Donna, or ci aiuta
che gli occhi ed i’ non rimagnàn dolenti! »

Tu gli ha’ lasciati sì, che venne Amore
a pianger sovra lor pietosamente,
tanto che s’ode una profonda voce

la quale dice: « Chi gran pena sente
guardi costui, e vedrà lo su’ core
che Morte ‘l porta ‘n man tagliato in croce ».

3 [IX]

Poi che di doglia cor convèn ch’i’ porti
e senta di piacere ardente foco
e di virtù mi traggi’ a sì vil loco,
dirò com’ho perduto ogni valore.
E dico che’ miei spiriti son morti
e ‘l cor che tanto ha guerra e vita pocco;
e, se non fosse che ‘l morir m’è gioco,
fare’ ne di pietà pianger Amore.
Ma, per lo folle tempo che m’ha giunto,
mi cangio di mia ferma oppinïone
in altrui condizione,
sì ch’io non mostro quant’io sento affanno:
là ‘nd’ eo ricevo inganno,
chè dentro da lo cor mi pass’ amanza,
che se ne porta tutta mia possanza.


Rimas de Guido Cavalcanti. Versiones de J. R. Aulicino. Ed. Buenos Aires Poetry, Colección Abracadabra, 2018.