Poesía Ecuatoriana Contemporánea | Sandra De la Torre Guarderas (ed.) | Parte 1

La poeta Sandra De la Torre Guarderas (Quito, 1971) preparó esta selección de Poesía Ecuatoriana Contemporánea para Buenos Aires Poetry. En esta primera parte, se incluyen poemas de Freddy Ayala Plazarte (Aláquez, 1983), Gabriela Vargas Aguirre (Guayaquil, 1984), Adolfo Macías Huerta (Guayaquil, 1960) y Marialuz Albuja Bayas (Quito, 1972). La próxima semana se completará la muestra total con los trabajos de los poetas Luis Carlos Mussó (Guayaquil, 1970), María Auxiliadora Balladares (Guayaquil, 1980), César Eduardo Carrión (Quito, 1976) y Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988).

Freddy Ayala Plazarte (Aláquez, Ecuador, 1983)

Ha publicado siete libros de poesía, dos ensayos sobre literatura y cultura latinoamericana, y una recopilación sobre poesía joven ecuatoriana. Ha obtenido el Segundo Premio en la Bienal Nacional de Poesía (Ambato, 2011), el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade (2015) y fue finalista del XVI Concurso de Poesía de la Universidad Autónoma de Madrid en 2016. Ha presentado su poesía en La Habana, Madrid, Zaragoza y Buenos Aires. Es musicólogo y profesor en la Universidad Central del Ecuador. Doctor (c) en Historia y Ciencias de la Música por la Universidad Autónoma de Madrid, España; Magíster en Artes y Estudios Visuales por la Universidad Andina Simón Bolívar y Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador. Actualmente, investiga la fenomenología del cuerpo en el metal extremo nórdico y latinoamericano.

Fragmentos del libro Instrumentos para medir el viento, Último Round – Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, Cuenca, 2018, pp. 57.

El día era una figura de yeso en las embajadas del océano. Los ojos de un artesano partían la historia: ahí solo cabían el silencio y las bóvedas. Lentamente, la tierra envolvía en un poncho el mapa de las constelaciones: era la época de trazar bajo la lira el sonido de un cuerpo, aquel buscador de estrellas que daba acordes en las cicatrices de un pergamino. Era tan solo de bajar los ojos y desenterrar la sombra que recogía el arcaico oído de un niño. Y la palabra era el imposible retorno a las voces: la oxidación que cubría la impronta serenidad del agua.

Mientras tanto, los navegantes hacían flotar en el madero sus cuerpos; se habían dedicado a recoger palabras en el mar:

(…y tan solo en latín abrieron las bocas de un lápiz,
y tan solo en árabe descifraron la palabra del sufí,
y tan solo en arameo quemaron páginas en una caverna,
y tan solo en maaya t’aan revelaron amaneceres en la sangre de los códices,
y tan solo los emisarios del kichwa,
y tan solo la resonancia de plumas en los yutonahuas,
y tan solo en aymara tejieron una ciudad para el istalla,
y tan solo en yoruba cantaron con el agua,
y tan solo en portuñol rompieron el mundo con los tambores,
y tan solo en mapuche nombraron a las piedras,
y tan solo en guaraní grabaron jaguares en el cuerpo…)

***

El mundo solo escuchaba la música de los dedos que dibujaron la historia en un laúd, la música de un vetusto instrumento que regresó los siglos del mar, la música de los que abrazaron la piedra y el gregario aroma del agua en una vasija, la música que inventaron los que abandonaron las enseñanzas de un carpintero, la música que incendió las esquinas de un prisma.

El mundo solo escuchaba el óxido de las ideas
……………………….la música
……………………….que los arquitectos trazaban en el viento

***

El agua era un polvo escrito
…………………………………..un agitado himno en el alabastro
oxidación
…………..de dibujos en los relieves de la piedra
……………………………………………………………..un trébol sellaba el pacto

Traficantes escrituras que sufrían los ataques del viento
embarcaciones de memorias
cuando el sol se alejaba de la historia

El viento soplaba por el agujero de los portones
……………………..desgarraba fonemas a las voces
…………………………..que invocaban la llovizna en el ciprés

Los que navegaban en un cayuco
llevaban en sus espaldas las marcas de una herramienta
que fue golpeada por un grito
………Y en el hemisferio de luz la revelación de los artesanos:
………………sacro-sombra sacro-sombra sacro-sombra

……………………………..y los secretos del círculo propagándose en las caracolas

……………………………..y las mutaciones de una escuadra recogidas en la arcilla

………………………..y la anatomía renunciando al rompimiento de los músculos

……………………………..y el sonido que se desprendía de los instrumentos:
……………………………………..la música ya alcanzaba un presentimiento

Y la disfonía de una flauta
…………………………………..daba comienzo al capítulo de un libro

…..El viento y los trastornos de la lengua:

…...evoka evoka evoka evoka evoka evoka evoka evoka evoka evoka evoka
………………………………………………………evoka
………..arcano anciano anticuario-antípoda arquitecto apoteósico

ancestro
……aritmético
………..Almagesto
………………….donde el mundo interpretó las notas
……………………………………..del océano y la tierra

***

El rondador y la gaita
………………abuelos de la armonía
………………descendientes de los carpinteros
…………………………..le pedían al viento
…………………….la voz y la escritura
………la ceniza y la página
la terracota y la arcilla
…………….la angustia y la angustia

Gabriela Vargas Aguirre (Guayaquil, 1984).

Mención en el V Premio Nacional de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño. Ganadora de los Fondos Concursables del Ministerio de Cultura y Patrimonio 2016 – 2017 por su primer poemario La Ruta de la Ceniza, editorial La Caída. Participaciones: Feria Internacional de Quito en los años 2012, 2015 y 2017, Festival Desembarco Poético (Guayaquil 2013, 2014, 2015), VI Festival de Poesía de Lima, Festival Latinoamericano de Poesía Tea Party en Chile, Festival Otra Orilla (Guayaquil; 2015 y 2017), Primer Feria del Libro Independiente de la Universidad San Francisco de Quito (2017) y el festival Kanibal Urbano (Quito; 2018). Publicaciones: Memorias del Festival Internacional Desembarco Poético (Rastro de la Iguana; 2012, 2013, 2014), Bandada: Actualidad de la Poesía Ecuatoriana (Campaña de Lectura Eugenio Espejo; 2014), Mujeres que Hablan (Dirección de Cultura de Pichincha; 2015), Antología del Tea Party, Muestra Dinámica de Poesía Latinoamericana (Cinosargo; Chile 2016). Otros textos suyos aparecen en editoriales cartoneras de Bolivia, Perú, Ecuador y México y revistas digitales e impresas.

Viaje al centro

Debajo de, arriba sin, por encima con, girando hacia, desde el centro hasta, el vacío se arremolina hasta parar la noche. Escondidos contra, esnifando siempre, se piensa que en la roca pueden deshacerse las carnes, disparos de color al alba que se escapa de tus ojos de serpiente, magia blanca, diosa blanca, caras grises, ventanas que disfrazan las fachadas de jornadas sin tiempo y sin permiso.
Caminemos, no nos miremos los tajos, podrido en, dañado por, culpable de, tengo un remache en la frente en forma de cruz que es una vértebra y luego mi columna torcida y agachada. Dejar correr las piernas, descansar el fuste. Hay un lugar que no tiene sur, ni tampoco norte pero se alarga como la espera del enfermo que dibuja líneas, que decapita flores, que bravea con el reflejo de la vitrina pero es dueño de todos los portales.
Pare aquí, reencarné lejos, cuerpos de alambre como disfuncionales edificios por los que me pierdo. Entre aquí, suba para… cuerpos de agua como el río chantado de un viejo baño de azulejos y moho, busque la calle, salga a las esquinas que nos enseñaron a amar y armar la noche cuando de la ropa se desprenden los colores y todos somos pardos y todos escondemos lo mismo.
Retornando al centro, desvistiendo al centro y su decencia.

Mi habitación fue una cuerda de violín

a R. Murillo

Gipsy boy con un violín dibuja un vaso de leche azul estrella,
ahoga una canción, la sumerge, líquido exprimido de un párpado recién nacido:
no vuelvas a llorar que los barcos de papel se derriten y se convierte en compases mudos
no vuelvas a llorar que soy un cementerio de portal,
claves rotas de sol y fa cosiendo el aullido de un puente inclinado.

Entonces un eco dice:
• Si Gipsy boy conquista su habitación, dejaremos una cuerda bucal que siempre dirá tu nombre: “Blanco” se volverá un acorde.
• Si Gypsy boy conquista una escalera caracol, dejaremos una cuerda para sostener erguida la puerta para protegerlo de un huracán de papel-cuchilla.
• Si Gypsy boy conquista la mitad de la cama, dejaremos que Heidegger se convierta en una cosa, caja campana cosa, que lo despierte abrazado al hueso que escribe este poema.

Entonces el violín patina y el joystick controla las ventanas, las cierra dejando un muro repleto de cigarras para que no entre la luz, para que no se acabe el decir:

“es la noche y la noche destruirá el reloj”.

Entonces, el sol quema las cigarras, entonces, entonces, suena manecilla-movimiento y ya fue mañana.
Gipsy boy está triste, Gipsy boy ahora toca un blues.

Sentencia

Todo el que pelea contra DIOS pierde. Un día dije no le temo a la muerte y mi boca fue cientos de clavos y mi espalda cientos de torres, marfil incrustado, rodillas como cruces sobre el asfalto. Todo el que pelea contra DIOS pierde, no debí perforar la tierra, no debí traerte de vuelta, juntar tus dientes, tus huesos, hacerte nuevamente un cuenco donde guardarme de la niebla que desde aquel día ha sido mi cabeza.
No aprendí a irme, a retirarme, tener en la memoria el mar, es tener la poesía infinitamente como animal desahuciado, demasiado grande, demasiado azul demasiado dios, no debí porque me arrastra, crujen las manecillas porque mi tiempo me grita detente, no ganarás, no, tampoco grites porque su nombre te vuelve de piedra, su nombre te vuelve de cal.
………………………………………………..Hora de muerte: EL TIEMPO DE DIOS

Adolfo Macías Huerta (Guayaquil, 1960)

Ganador del Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara por su libro de cuentos El Examinador (año 1995). En el género novela, ha publicado Laberinto junto al mar (Editorial Planeta, 2001); El dios que ríe (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2007); La vida oculta (El Conejo, 2009); El grito del hada (Eskeletra, 2010), Premio Joaquín Gallegos Lara; Pensión Babilonia, galardonada en el 2013 como mejor novela por el Sistema Nacional de Fondos Concursables del Ministerio de Cultura del Ecuador; Precipicio portátil para damas (Seix Barral, 2014), Las niñas (Seix Barral, 2016). Su segundo libro de cuentos, Cabeza de Turco, fue publicado en el año 2011 por Editorial El Antropófago.

Filosofía barata y zapatos de cuero:
¿Así que la suma del tiempo —mi tiempo— es igual
a esta cantidad de zapatos?
Me pregunto esto bajo la luna.
Sobre el patio está el montículo de todos los zapatos
que fueron míos:
algunos, más recientes, los reconozco de inmediato.
Otros no.
Los hay retorcidos y extraños,
de moda pasada, que me avergüenzan,
y otros que muestran una época de mi vida
que logré olvidar.
Entre todos ellos,
algunos de infancia me conmueven.
Absurdamente abrazo un par de zapatos de niño:
de cuero, pulidos y sin usar,
esos que solo servían para las ceremonias cívicas remotas,
donde se enjaulaban almas en la luz del día.
Todo inútil, me digo: todo este tiempo perdido.
Y, sin embargo,
defiendo cada aliento de mi pecho,
y quiero postergar mi muerte,
hasta resolver la pregunta.
(Ya no recuerdo la pregunta).
Cuando defiendo mi vida,
no defiendo causa alguna, ni propósito,
sino la posibilidad de usar más zapatos,
algunos pares más, pienso.
Entonces corro hacia mi armario y los veo:
callados, encerrados en su quimérica servidumbre.
perfectamente resentidos,
como yo.

Otro día más en Cuculandia:
Me levanto en mi cuarto,
pero no es un cuarto.
¿Qué significa mío?
Me baño sin ser “yo” el que se baña.
El agua es un río de manos blandas,
y no puede asir.
Mi boca es un animal extraño
perfumado por el abismo de las vísceras.
Mastico a otras criaturas con estúpida elegancia
y luego las defeco
en un sillón de cerámica,
conectado a las arterias del penal.
(¿Dije penal?).
Por las líneas de la estructura fluye
el mismo fantasma telepático.
(Las pantallas reproducen lo que deseamos ver).
Voy por la calle y saludo a los demás
ciudadanos,
pero no les digo “angheos”.
Se llaman cosas como “Patricio”, “Antonia”, “Celeste”.
Los nombres antiguos se perdieron:
la colonia se llama ahora “planeta”.
Preferiría volver a los días de los vigilantes
(¡magníficos, ellos, con sus tentáculos eléctricos!)
cuando éramos criados
para alimentar a las bellísimas señoras de Orión.
Pero no estoy solo:
el otro día vi a un mendigo
meterse el brazo por la garganta buscando
al hombrecito que habla desde dentro.
Lo sacó de los pelos y lo sacudió sobre una alcantarilla
mientras los autos pasaban veloces
por el túnel.

Canción para el final:
Una vez que la maquinaria hunde sus sueños
en la tierra ensangrentada,
no nos queda más remedio que
vagar entre hologramas
de Shakespeare, Dalai Lama y Lady Gaga.
Calavera de titanio entre los dedos de un lunático.
Hamlet anciano en el último acto,
cuando la serpiente es
un laúd enmascarado
y los cementerios
despiden a sus huestes sin contrato.
Este es el ansiado día del juicio
y es político.
Arrojo mi malhumor en una bandada de palabras
indisciplinadas,
turbias,
congeladas,
para que las recojan los niños del futuro.
Ellos sabrán jugar con
el inventario tardío de la creación.
Con sus fauces eléctricas
y su deseo rojo,
rojo,
violarán a la muerte hasta saciarse
y sacarán de sus entrañas
el diamante enfermo de la madrugada.
Piedra sin alquimia,
pájaro vertical.
Echémonos un puñado de ceniza en el cráneo
y continuemos.
Somos la procesión eterna de lo mismo.
Un idiota baila detrás nuestro
con el pene ensangrentado
y un gorro de avispas sobre la cabeza.
(Sus deseos serán nuestra última bendición
cuando el último bosque cierre
sus manos largas
largas
sobre nuestras pobres ánimas).
This is the end, beautiful friend, the end…
El fin de las iglesias,
el fin de las revoluciones
y los cantantes
que agitaban la imprudente pandereta.
Este es el fin, querido hermano.
Este es el fin, coleccionista de latidos.
Sólo es hermosa la serenidad de los frigoríficos.

Está escrito:
Mis ojos son dos rosas que dirigen
el crecimiento de las nubes.
Transfusión de polen a mi aliento
para las bodas químicas que unen
el corazón de una niña
a las arterias de un androide.
Palabra, abre tu armonio
y usa como fuelle
mis pulmones limpios.
Quiero ponerme por guante a la mañana
y entre mis dedos sujetar
el tallo del discurso
(que era lo que se trataba de demostrar).
Tornillo de titanio en el miembro segmentado.
Metástasis de la mirada.
Cirugía menor del texto,
donde se corta, se arroja y se sutura.
Pueden tomarse un selfie:
Aquí está el cuerpo de un siglo enfermo
que olvidó el canto profundo
que me nombra.
Adán desmemoriado y triste con huesos de platino.
Levántate y tropieza,
luego córtanos a todos la garganta y sal.
No consideres nada cuando nos entregues
al sagrado holocausto.
Porque estaba escrito lo que vendría
cuando el profeta de aluminio
vio este cine con butacas de hueso y nervio.
(La soledad de las multitudes, los disturbios,
la geometría del vértigo).
Estaba escrito:
Negro.
Blanco.
Uno.
Dos.
Uno.
Estaba escrito:
Serafín pólvora de la madrugada aliento.
Espacio en blanco.
Estaba escrito:
Basilisco uno dos ola transmisión.
Estaba escrito.
Y no lo vimos venir.

Marialuz Albuja Bayas (Quito, 1972)

Magíster en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha publicado los poemarios Las naranjas y el mar (1997), Llevo de la luna un rayo (1999) , Paisaje de sal (2004), La pendiente imposible (2008), obra premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador, Detrás de la brisa (2013), colección premio César Dávila Andrade, Cristales invisibles (Gammar, Colombia, 2014) antología personal, y El último peldaño (2015). En novela ha publicado En caso de emergencia (no) rompa el vidrio (Editorial SM, 2017), premio Darío Guevara Mayorga en categoría novela. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, italiano, francés, euskera y árabe. Forma parte de antologías y publicaciones en el Ecuador, América Latina y Europa. En literatura infantil ha publicado libros de relato y poesía: Cuando cierro mis ojos, Cuando duerme el sol, Aunque no sea cuento de hadas esta historia y De viento y sol. Es traductora, cofundadora del sello editorial Rascacielos y catedrática de la Universidad de los Hemisferios.

Poemas del libro Detrás de la Brisa, Colección Premio César Dávila Andrade, Universidad de Cuenca, 2013, pp. 44.

No sé si será la sangre galopándome en la espalda
o el latido de la muerte
que no encuentra una salida y se despeña frente a mí.

Cómo quisiera distinguir
pero son tantas las pastillas en mi cuerpo
que no sé.

Si el bisabuelo aún viviera, escondería en su cajón la última pizca de morfina
-en confidencia de celoso boticario-
“para la nena”, pensaría en su sordera taciturna
y las estrellas sobre el domo escaparían al mirar mi levedad.

Mas quién me iba a comprender ese dolor
si en la niñez la vida es algo irrefutable.

La bisabuela en su ataúd bajo la cama
vino a tocar oscuridades compartidas.
Ahora no sé si fue buena idea comprometerme.
El espanto sacude palabras.
Si las dejo de lado
me olvidan.

Semejante orfandad no otra vez.

Como una perra que ha perdido el rumbo
salgo a explorar los restos de mi casa.
Siento su olor desde la lejanía.
En los retazos del jardín
miro la sombra del esposo
y me descubro
igual que siempre
tras la higuera.

Donde una vez se levantaba el parque
hay un tropel de oscuridad.
Recapitulo las esquinas
mas no puedo
adivinar dónde los muros, los cerrojos
o aquella reja blanca, que al abrirse,
hacía entrar la tierra en un respiro.

No encuentro el camino a la escuela
y esto, en particular, me mata.
Comienzo a hurgar en los escombros
sin esconder mi desnudez, sin un temor a que se note
escarbo, llamo.

Entonces logro vislumbrar la cafetera
junto al tiesto de flores
y cada cosa, donde estaba, reaparece.

Veo correr a mis pequeños.
Desde un sillón
el padre ríe y los observa
pero un sablazo me traspone punta a punta.
Huí del agua del hogar.
Despedacé, sin darme cuenta,
el universo.

Concédeme la liviandad de la neblina
la luz de la abeja
el invisible despertar del páramo

y mi alma cantará tus alabanzas.

Desde la lengua más dichosa
la más libre
surgirán voces que hasta ahora no han hablado.

Concédeme el fluir de la palmera
su danza siempre abierta al resplandor
y extenderé todo mi ser sobre las aguas
para que impregnes por completo tus señales.

Descenderá la poesía con que tú me guiarás
en el estrecho precipicio de la duda.
Será banquete en mis entrañas
el vocablo pronunciado
con el soplo que le diste cuando nada estaba hecho
y podré reconciliar en mi balcón
al colibrí que juguetea con su sombra

No temeré por el destino de la araña
que teje y teje
a la intemperie
su modesta perfección
sin importarle la belleza
o su contrario.

Ya nunca más preguntaré dónde mi casa.
El infinito acunará mis titubeos.
Galoparé, en pos de tu nombre,
a reencontrarme con la nube
con el pasto
con la ola
sin olvidar que en el dintel estará ella
esa muchacha que jugaba con el barro
aquella tarde en que perdió la liviandad de la neblina
la luz de la abeja
el invisible despertar del páramo…

Y entonces mi alma cantará tus alabanzas.

Más allá del páramo
donde los gallinazos entretienen la mirada
antes de anclar su soledad

una no sabe si podrán cerrar los ojos
para verse
si un sonido de campana los lastima
si acaso su sangre en remolino se agolpa
cada vez que la garúa desdibuja la montaña

y si entonces morirán de pena

si el picoteo de la ruina
algo de pulcro dejará en sus paladares
algo de triste
de insaciable
de sombrío
cuando la luz se desmorona entre las nubes
y ellos atrapan, consumada, la belleza.

Oscuros ángeles que marcan el sendero
si por el filo de la muerte me encamino.
Con sus señales he logrado desandar la destrucción
volver intacta.
Pero esta noche no será.
Llevo una soga entre las manos
y me esperan.