Una vida en una noche de Albeiro Montoya Guiral | prólogo de Juan Manuel Roca

Prólogo de Juan Manuel Roca a Una vida en una noche de Albeiro Montoya Guiral (Colección Pippa Passes, Buenos Aires Poetry, 2018)

Suscitador, sugerente, me resulta el título de esta ópera prima de Albeiro Montoya Guiral. Hace pensar, antes que nada en Cicerón cuando afirma que “cada mes la luna ejecuta la misma carrera que el sol en un año”, con lo que dotaba a ese símbolo de la nocturnidad de una vida más intensa que la solar.

Uno imagina el tiempo agolpado durante la última noche de un condenado a “ya no ser”, después del alba. Y es algo que sin duda sobrecoge. Hay una secreta analogía entre el reo y el poeta que quiere atrapar en una noche toda una vida, como si fuera la última, como si siempre mirara el mundo como una víspera. Los poemas de Montoya Guiral tienen esa raigambre. Despegan de un acto violento fijado en su memoria, del saqueo cruento de su casa paterna. Desde entonces, desde que vivió o escuchó en el ámbito familiar del desalojo, se ha dedicado, en versos que juntan dos raros extremos, desenfado y sofisticación al mismo tiempo, a saquear, esta vez de manera amorosa, los recuerdos vividos o escuchados desde su infancia rural.

En un escrito que el poeta realizó en la búsqueda de construir una suerte de poética, el autor de este libro señala que la súbita desaparición de un tío del que no volvieron a tener noticias y que fue alguien que lo inició en las leyendas y en los oficios del campo, lo movió hacia la ensoñación y hacia la fábula, a escribirle unas cartas sin destino preciso. La ausencia de su tío de “profesión andariego”, se sumó a la lectura de los primeros poemas de otro nómada, de otro transterrado, una suerte de Ahasverus americano llamado Porfirio Barba Jacob.

Así que esas constantes menciones que hay en sus poemas en torno al tema del campo y de los ritos agrarios, no puede ser más auténtica. Es el suyo –y no es una extrañeza en un país como Colombia–, un campo dolido y espoliado, en cualquier caso menos balsámico e idílico que el de nuestro poeta Aurelio Arturo, pero igualmente bello.

En el poema que le da título al libro se oye la algarabía del mudo: “soy el poeta mudo que no ha nacido”. “Cruzo un camino que lleva a una casa que ya no existe”, nos dice, y es como si en el silencio creciera un poeta que quisiera regresar a la casona perdida de la infancia. Dotado como está para la sensorialidad campesina, siente un olor de perros en la memoria y, más aún, un olor de ladridos de perros, como esa jauría melancólica que seguía a O.W. De Lubicz Milosz, un poeta al que lee con verdadera unción Montoya Guiral.

No siempre la poesía es sanadora, ni lo pretende, ni nos trae buenas noticias de otra parte. A veces, como en su poema “Es invensible el insomnio”, un poema dramático sobre la ejecución de un perro, “tal vez la infancia”, como en un verso de Arturo, nos hiere la mirada. Y es que a veces la poesía insumisa y nada redentorista, nos busca como víctimas, como si ella misma fuera un perro de presa que husmea nuestro camino.

Pero de la misma manera hay mucha delicadeza y mucho amor y ninguna impostada ternura en estos versos. Una bicicleta está entredormida como esperando el niño que la dirija por los caminos como un ladrón del paisaje. Pero a su vez arroja al aire una petición: “no despiertes, niñez mía”, porque en ella “aún cantan los recolectores en las montañas lejanas”. En ese mismo poema hay un árbol que madura silencios y se siente sin ser explícito el prodigio del paisaje de la zona cafetera colombiana. Cómo querer cerrar la puerta de un mundo donde “los niños arrean los peces”. Donde se puede visitar un huerto de palabras, de almácigos con voces crecidas en el campo.

Hay en su palabra una especie de repulsa a la madurez, ese fruto a punto de caer, de fermentarse y podrirse, pero no es una suerte de “peterpanismo”, de no querer crecer como el niño del tambor de hojalata, sino de no matar a la infancia.

Este parece un mandamiento para los poetas: “no matarás tu infancia aunque ella envejezca en la memoria”. Hay también una palabra que funciona por ensalmo, un exorcismo para evadir a la muerte: “No nos encontró la muerte/ cuando nos buscaba en los cafetales/ porque nos distrajimos escuchando la música del agua”.

Pero también está registrada la ciudad. La ciudad del poeta nocturno que murió de sí mismo. En ese ciclo, “Ciudad Silva”, se mezclan el amor y la aspereza, pero no en un duelo porque en esos dos ámbitos su mirada amorosa se pasea con un respeto casi religioso. Allí nos habla de un balazo sonoro en la misma Bogotá de un lejano mayo y por supuesto que sabemos de qué disparo habla, el de su poeta cosmopolita en una aldea de bahareque y pisos de tierra.

Sabremos del dolor de saber de la muerte del que amaba la noche, pero no que “todos los perros del país dejarán de mirar hacia La Candelaria”, el barrio que tantas veces vio cruzar su sombra larga.

Creo que me gastaré más de una noche leyendo el libro de Albeiro Montoya Guiral. Por su belleza formal, porque no es un poeta de temporada como tantos ansiosos del aplauso y la figuración, y porque coincide con el aserto del viejo Ezra Pound: “su tema es el hombre”.

Juan Manuel Roca – Bogotá, abril 20 de 2015.


Toda una vida en una noche

A lifetime in a night.
Joyce

I

La noche me azuza los perros.
Huelo sus ladridos desde este rincón
en que el miedo me empuja en un columpio.

II

Toda mi vida ha sucedido en esta noche.
Aquí me escondo niño, todavía.
Ya no temo las brujas que torturan en la noche
a los caballos con caricias en sus belfos.

III

Toda mi vida ha sucedido en esta noche.
Temo a los pájaros,
temo a los pájaros que me hicieron llorar
en una madrugada de febrero,
andando solitario los caminos.

IV

Toda mi vida ha sucedido en esta noche.
Una ciudad espera que se haga añicos mi cuerpo
sobre sus lenguas intermitentes,
sobre una jauría de perros ciegos que ladran dentro de mí.
Soy el poeta mudo que no ha nacido:
el sepulcro encantado en el monte.
Cruzo un camino que lleva a una casa que ya no existe.

El verano

La tierra es un perro amarillo
que duerme a la sombra de un naranjo.
Las mujeres le llevan agua robada
en la noche de un secreto yacimiento,
pero él, indiferente, duerme el sueño del sopor.

Un pájaro de luto vuela en círculo
mientras lo espera ver morir.

Si yo no fuera niño
saldría de esta humedad donde me enterraron
para espantarle las moscas,
para espantarle la muerte al verano.

Naturaleza Muerta

La muerte puede ser un sombrero blanco
sobre nuestros mejores libros,
un vestido sin estrenar,
un par de camisas a rayas que huelen a café,
una mujer venteando un fogón para encender la tarde.

Pero no,
soy yo
tan solo,
barriendo imágenes
en la oquedad de este instante.


Albeiro Montoya Guiral,
UNA VIDA EN UNA NOCHE
Buenos Aires Poetry, 2018.
64p. ; 20×13 cm.
ISBN 978-987-4197-26-9
1. Poesía colombiana.
©Albeiro Montoya Guiral. Reservados todos los derechos.
Primera edición.
Editorial ©Buenos Aires Poetry