Prólogo a “Rimas de Guido Cavalcanti” | por Jorge Aulicino

El interés de los poetas contemporáneos por Guido Cavalcanti (nacido alrededor de 1250, muerto en 1300) se debe, como es sabido, a Ezra Pound. Y, sin embargo, algunos lograron ir más allá de la pieza que Pound eligió para su encomio: “Donna me prega”, y salir al encuentro de la fascinante escena de la batalla del amor con el corazón y una serie de espíritus no identificados, en la que Cavalcanti construye unos poemas extraños, casi sobrenaturales, aun para el gusto moderno.
Los estudios sobre il dolce stil nuovo contienen muchas especulaciones sobre Cavalcanti. Ocurre que es el poeta de aquella escuela que mejor se presta a especulaciones, porque fue especulativo. Si la especulación manejaba su pluma -menos visiblemente que su melancolía teatral-, resulta a simple vista más interesante el modo en que la condujo que la base filosófica que dio origen a sus poesías extrañas. Espíritus -y no uno solo, sino varios en el mismo cuerpo- y amor son seres físicos que se enfrentan en esos versos. El hombre es un escenario casi siempre destruido por la batalla. Y la visión de la lucha que se lleva a cabo, una sucesión de sombrías imágenes visuales. Este modo de dar carnadura a lo que se supone simbólico es, en primer lugar, un logro poético. Y, en segundo término, una fuerte apuesta filosófica. Dante Alighieri avanzó más por el primer camino que por el segundo. Cavalcanti fue poéticamente tan audaz como Dante, con su puñadito de sonetos y canciones, pero quizá más audaz en la filosofía que de ellos se deduce.
La cuestión de los espíritus cordiales, físicos y palpables, que recorren una trayectoria de doble mano, desde el corazón a las cosas y desde las cosas al corazón, pasando por los ojos, es de raíz averroísta. El espiritualismo panteísta de Cavalcanti era, en su época, un asunto médico. Los científicos de entonces creían en espíritus que sostienen la salud y la pierden. Y la idea de una materia animada estaba más cerca de la intuición popular que cualquier otra teología.
El aspecto enigmático de la poesía de Cavalcanti se debe, quizá, a la voluntad de representar directamente la percepción de un amor intolerable, como parece que fue, para él, cualquier amor. Antes que una respuesta cordial de la amada, lo que el alma desea en Cavalcanti es la inminencia del amor. Esa “tercera flecha” que está siempre a punto de llegar. El corazón herido por lo que ama aparece, en cambio, como el estado habitual del amante.
Sobre la intención filosófica no hay dudas, históricamente hablando. Lorenzo de Medici describe a Cavalcanti como “delicado florentino, sutilísimo dialéctico y filósofo de su siglo excelentísimo” en una carta a Federico de Aragón. Y su exposición sobre la naturaleza del amor en “Donna me prega” tiene declarada intención didáctica filosófica. En cuanto al logro poético: sobre las consideraciones más difusas se impuso la percepción de una puesta en escena y objetivación de lo espiritual, a la manera de fotogramas de una misma escena tomada desde distintos ángulos, como describe Corrado Calenda, citado por María Corti en Rime (Rizzoli, 1987).
Político además de filósofo y hombre de letras, Cavalcanti fue un rico personaje envuelto en las peleas de las dos facciones en que se dividía la poderosa burguesía de Florencia: los famosos güelfos (papistas) y gibelinos (partidarios del emperador germano). Fue güelfo, y güelfo “negro” cuando el partido se dividió en Florencia, poco antes que el Papa y Carlos de Valois tomaran la ciudad. Era taciturno, de respuestas herméticas y más o menos hábil con la espada como cualquiera de los de su clase, apariencia que se ceñía al tono pesimista de sus poemas. “La gentil naturaleza”, que entonces ya venía con el alma, no con los títulos nobiliarios, fue quebrada en él por la enfermedad, durante su destierro. Volvió a Florencia para morir después de haber escrito un presagio, una canción donde se combina -agudamente, por decirlo de alguna manera-, cierta puerilidad con poesía “excelentísima”. “Pues no espero volver jamás, / baladita, a Toscana” comienza el canto. Tenía cincuenta años o un poco menos.
Sobre estas versiones: se ha optado por construir un equivalente lejano, en el castellano, del ritmo inimitable de Cavalcanti y en general de los poetas italianos del siglo XIII. Se trata de “rimas” de una rústica nobleza, semejantes a la que en nuestro idioma tienen los antiguos romances. Fue imposible mantener el sistema de rimas y metros del soneto cavalcantiano. Se intentó construir una musicalidad distinta a la del original, porque el verso blanco hubiese convertido estos poemas en simple exposición de ideas, sin esa resonancia hipnótica que caracteriza a la poesía clásica y que es en gran medida componente de su ideología.

Jorge Aulicino