Gérard de Nerval y su efigie desterrada | Víctor BenUri & Salvador Gutiérrez

 

En la contemporaneidad si buscamos en la red el nombre “Gérard Labrunie” encontraremos; datos biográficos, pasajes, historias, cartas, curiosidades y diferentes estudios psicológicos que giran en torno a su figura como poeta y dramaturgo francés. Pero en la literatura universal es conocido como Gérard de Nerval
En el retrato de Félix Nadar, se distingue una prominente división sobre el rostro del cual no existe mayor representación, que todas las sumas de la decrepitud, reflejada en sus extravíos ojos, como una dualidad. La enfermedad —decimos enfermedad a lo que psicoanalistas de mediados del siglo XIX se atrevieron a llamar Teomanía o Demoniomanía—sólo aproxima el desarreglo de sus sentidos sobre su apariencia deschavetada.
Si es verdad que sus amigos (Gautier, Dumas, Balzac, Baudelaire) creyeron tanto en su tragicomedia, nosotros no debemos dejarnos llevar por tal excentricidad. Que, si de un loco se tratara, no se hubiese tenido constatación alguna del estado emocional y mental en el cual se encontraba este amargado, y sobre todo indolente hombre (que dejó secar muchas veces la tinta sobre su escritorio).

Habríamos de hacer justicia al exentarlo de ese mito del “loco delicioso” y reivindicar su efigie, cuya inmortalidad es resultante de lo divino de su mente, su psiquismo. Han pasado ciento sesenta y tres años desde que su cuerpo fue encontrado cubierto de nieve en el callejón de la Vielle-Lanterne en París, como en la litografía de Gustave Doré. No es que no haya gozado reconocimiento en su época, porque sí lo hizo. Sin embargo, tras su muerte, su rastro se consagró a un indolente ostracismo. ¿Quién o quiénes impulsaron deliberadamente su olvido? Ya que podemos encontrar a sus contemporáneos Théophile Gautier y Alexander Dumas en el Diccionario de la Literatura Francesa de Charles Dantzing.

En el banquillo de los acusados sentamos a los psicoanalistas de su tiempo que velaban por su salud mental como al psicoanálisis en general. Nuestra denuncia se debe —tal como lo señaló el poeta mexicano Xavier Villaurrutia— que la concepción del sueño y de toda la vida psíquica en que se fundó el método psicoanalítico se opuso a la esencia del romanticismo. Sobre todo, al estilo místico y mágico de Gérard de Nerval cuya principal influencia proviene del romanticismo alemán. Este movimiento fue considerado por la crítica como metafíco. Basta con leer su poesía y sus obras en prosa para darnos cuenta que estamos ante un verdadero “iluminado”. ¿Quién en su sano juicio podría escribir una prosa tan deliciosa y bien estructurada como él lo hizo?

A pesar de haber muerto a los 47 años, posee un riquísimo y pródigo inventario, tanto en verso como en prosa. Lo más curioso de su quehacer literario fue que lo desarrolló en los últimos cinco años de su vida, alternando, según sus biógrafos, entre intervalos de lucidez y de “supuesta locura”.

Cabe mencionar que hizo un culto sempiterno a Jenny Colón, una mujer ordinaria de su época, a quien le dedicó la mayor parte de su herencia paterna —incitado por Balzac—para fundar una revista donde la consagraba a ella, la cual luego lo llevó a la quiebra. Culpó, de su comportamiento poco escatimado, a las invenciones de los poetas como a sus lecturas.

El amor no correspondido. Agregando los comentarios que hicieron sus amigos en los periódicos sobre él cuando lo internaron en el hospital psiquiátrico de Playel. Todo un polémico suceso, del cual ya se hablaba en Francia y en Alemania; con tanta importancia que hasta uno de sus mejores amigos al saber la noticia se echó a llorar por quien recordaba, con mucha estimación, como la golondrina que entraba por su ventana.

Es preciso reivindicarle ─insistimos─ porque premeditadamente se le despojó de su merecido título como verdadero y único representante del romanticismo francés. Otros lo atribuyen a Víctor Hugo, Lemartine, De Vigny o Musset. No hay más romántico que un soñador que lo hace con los ojos abiertos. Su estilo, estética y belleza crean una poesía pura apareciendo en plena crisis de la poesía francesa rescatándola de una aburrida y pesada oratoria.

Los jóvenes prospectos a poetas en sus primeras clases de literatura escuchan y leen en demasía a otros poetas simbolistas, modernistas, malditos y enfermos que obraron en justa correspondencia con su personalidad. Por otro lado, poco se habla de este poeta de cabeza grande y frente despejada, de ojeras abultadas y rostro desconfigurado. Es su imagen el vivo reflejo de padecer ensoñaciones que solo su tercer ojo podía captar. Hacer ver lo inasible son operaciones mágicas. Su mundo es surreal y solo sesenta y nueve años después de su muerte es su compatriota, el poeta surrealista André Breton, quien lo reconoce debidamente a través del manifiesto surrealista como precursor de dicho movimiento en boga del siglo veinte.

Así mismo, poco encontramos de su poesía y narrativa en las revistas literarias virtuales de nuestros tiempos. Es hora de sustraerlo de ese ostracismo, desmitificarlo y disfrutar de sus quimeras. Adentrarnos en su mundo y conocerle íntimamente, reconocerle como un laborioso escriba que transcribió lo inimaginable cuando penetraba las puertas de marfil o de cuerno que lo separaba del mundo invisible.

Gérard de Nerval fue, un poeta místico y sobre todo visionario.