Obervaciones sobre Ezra Pound | Truman Capote

A partir de los retratos de otro fotógrafo, Richard Avedon, Truman Capote escribió una serie de  perfiles, empezando por el del propio Avedon, y luego sobre John Houston, Chaplin, Coco Chanel y Ezra Pound, entre otros. Magistralmente, podría decirse, Capote resume la coyuntura experiencial del poeta norteamericano: “Unos meses después, en la víspera de su juicio por traición, fue declarado loco, cosa que puede ocurrirle a cualquier poeta en su sano juicio artístico”.

Obervaciones sobre Ezra Pound / 1 de Septiembre, 1959

 

Nacido en 1885, era un chico de Idaho. Fue maestro de escuela. Le echaron por ser «demasiado del estilo del Barrio Latino». Pronto buscó solaz entre almas gemelas en el extranjero. A los veintitrés años, mientras pasaba hambre en Venecia, donde sólo comía patatas, publicó A Lume Spento, su primer poemario, que fue el inicio de una intensa amistad con Yeats, que escribió de él: «Tiene una naturaleza áspera y testaruda, y siempre está hiriendo los sentimientos de las personas, pero creo que tiene genio y una gran buena voluntad». ¡Decir que tenía buena voluntad es poco!: entre 1909 y 1920 en Londres, donde vivió primero, y luego en París, promovió continuamente las carreras de los demás (fue a Pound a quien Eliot dedicó The Wasteland; fue Pound quien reunió el dinero que permitió a Joyce completar el Ulysses). Su generosidad en ese sentido es tan grande que incluso Hemingway, que no siempre está dispuesto a celebrar la bondad de los demás, lo reconoció: «Así que, hasta ahora», escribió en 1925, «resulta que Pound, el gran poeta, dedica, digamos, una quinta parte de su tiempo a su poesía. Emplea el resto en tratar de mejorar la suerte, tanto material como artística, de sus amigos. Los defiende cuando son atacados, hace que las revistas publiquen obras suyas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Vende sus cuadros. Les organiza conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores acepten sus libros. Los acompaña toda la noche cuando aseguran que se están muriendo y firma como testigo sus testamentos. Les adelanta los gastos de hospital y los disuade de suicidarse. Y al final algunos de ellos se contienen para no acuchillarse a la primera oportunidad».

No obstante, se las arregló para publicar opúsculos de un modo regular, para lanzar sus sonoros Cantos («la epopeya de las andanzas de una mente literaria», como los definió Marianne Moore dando muestras de su acostumbrada exactitud) y para intentar, con seriedad, aunque infructuosamente, experimentar con la escultura y la pintura. Pero fue el estudio de la economía lo que llegó a acaparar todo su interés («La historia que omite la economía es palabrería inútil»). Fue adquiriendo ideas muy extrañas acerca de este tema, y fueron algunas de ellas las que provocaron su ruina: en 1939, cuando ya llevaba mucho tiempo siendo italianófilo y admirador de Mussolini, empezó a transmitir por radio Roma una serie de discursos de corte fascista que culminaron en su acusación y procesamiento como traidor a los Estados Unidos. Las unidades del ejército norteamericano que invadía Italia le apresaron en 1945. Durante varias semanas, como si hubiera sido una bestia sarnosa y rabiosa digna de un zoológico, le tuvieron encerrado en una jaula al aire libre en Pisa. Unos meses después, en la víspera de su juicio por traición, fue declarado loco, cosa que puede ocurrirle a cualquier poeta en su sano juicio artístico. Y por ello pasó los siguientes doce años encerrado en el Hospital St. Elizabeth, en Washington. Durante su encierro publicó The Pisan Cantos y ganó el premio Bollingen, recompensa severamente criticada en los ambientes reaccionarios.

Sin embargo, un lluvioso día de abril de 1958, Pound, ya un viejo de setenta y dos años, con su otrora centelleante barba de color ceniza y su rostro de santo y sátiro marcado por arrugas que narraban una historia de pesadumbres, se puso de pie en Washington frente a un juez, un tal Bolitha J. Laws, y oyó que se le declaraba «loco incurable». Incurable, pero lo suficientemente «inofensivo» para quedar en libertad. Y entonces Pound anunció: «Cualquier hombre que soporte vivir en Estados Unidos está loco», y se preparó para irse a Italia.

Unos días antes de partir le hicieron fotografías. Mantenía cerrados los ojos arrogantes y burlones mientras cantaba trozos de canciones sin sentido y se paseaba como si todavía estuviera encerrado en su jaula pisana; o, más bien, en una jaula que había llegado a ser la propia vida.


 

 

Extraído de Retratos (2004) de Truman CAPOTE, Anagrama, Barcelona, 1995. Traducción de Benito Gómez Ibáñez, Francesc Roca y Mauricio Bach. 

 


 

Observations on Ezra Pound / SEPTEMBER 1, 1959*

Born 1885, an Idaho boy. Taught school: was tossed out for being “too much the Latin Quarter type.” Soon sought solace amid similar souls abroad. Aged twenty-three, while starving himself fat on a potato diet in Venice, he published A Lume Spento, a first book of poems which instigated a fierce friendship with Yeats, who wrote of him: “A rugged and headstrong nature and he is always hurting people’s feelings, but he has I think some genius and great goodwill.” Goodwill: to say it slightly!—between 1909 and 1920, while living first in London, then Paris, he steadily championed the careers of others (it was to Pound that Eliot dedicated The Wasteland; it was Pound who raised the money that enabled Joyce to complete Ulysses). His generosity in this sphere is a matter on which even Hemingway, who does not often celebrate the kindness of others, has offered testimony: “So then, so far,” he wrote, writing in 1925, “we have Pound the major poet devoting say one-fifth of his time to his poetry. With the rest of his time he tries to advance the fortunes, both material and artistic, of his friends. He defends them when they are attacked, he gets them into magazines and out of jail. He loans them money. He sells their pictures. He arranges concerts for them. He writes articles about them. He introduces them to wealthy women. He gets publishers to take their books. He sits up all night with them when they claim to be dying, and witnesses their wills. He advances them hospital expenses and dissuades them from suicide. And in the end a few of them refrain from knifing at the first opportunity.” Nevertheless, he managed to regularly issue pamphlets, roar out his Cantos (“the epic of the farings of a literary mind,” so Marianne Moore, evidencing her customary exactness, defined them) and to give both sculpture and painting a serious if unavailing try. But it was the study of economics that became increasingly his intensest interest (“History that omits economics is sheer bunk”); he developed odd notions on the subject, and some of them led to his ruin: in 1939, by now a long-term mussolinized Italophile, he began broadcasting via Rome radio a sequence of fascist-tempered discourses which culminated in his being indicted as an American traitor: units of the American Army advancing into Italy caught up with him in 1945. For several weeks, like a zoo-beast mangy and rabid, he was imprisoned in an open-air cage at Pisa. Some months later, on the eve of his treason trial, he was declared insane, as might be any poet in his right artistic mind; and so he spent the next twelve years sealed away in the District of Columbia’s St. Elizabeth Hospital. While there, he published The Pisan Cantos and won the Bollingen Prize, an award excessively censured in dough-headed circles. However—one rainy Washington April day in 1958, Pound, an old man of seventy-two, his once flaming beard gone ashen and his satyr-saint’s face scribbled with lines that spelled out a disconsolate tale, stood before a certain Judge Bolitha J. Laws and heard himself declared “incurably insane.” Incurable; but “harmless” enough to go free. Whereupon Pound announced, “Any man who could live in America is insane”: and prepared to depart for Italy.

These pictures were made a few days before he sailed. Arrogant, mocking, his eyes squeezed shut as he burst into snatches of senseless song, he strode back and forth, as though still pacing a Pisan cage; or, rather, a cage that had become life itself.

 


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.*From the forthcoming book, Observations, by Richard Avedon and Truman Capote, to be published in October by Simon & Schuster, Inc.