Coleridge y el opio | Alejandro Oliveros

Durante mucho tiempo existió la creencia de que lo mejor de la poesía de Coleridge, aquella escrita durante lo que se ha llamado el Annus Mirabilis, habría sido “catalizada” por la repetida ingesta de opio. Varias fechas, sin embargo, contradicen esta teoría romántica; quizás la más importante sea la de 1800, en la cual Coleridge se convierte en un adicto, es decir, más de dos años después del Annus Mirabilis. De las obras escritas en este período, que va de 1797 a 1798, sólo Kubla Khan puede, en su concepción, haber recibido la influencia de los efectos causados por el opio, todas las demás, Christabel, La Balada del Viejo Marinero, Tempestad a Medianoche, etc., hay que atribuirlas a la capacidad visionaria y al inmenso genio poético de Coleridge.

Todo parece indicar que fue hacia 1791, en la ocasión de un fuerte ataque de reumatismo, cuando Colerigde, a los diecinueve años, tomó opio por primera vez. Empero, no es hasta 1796 que lo utiliza para aprovechar sus efectos como sedante del sistema nervioso central; la publicación de su primera colección de versos, Poems on Various Subjects, y una seria enfermedad de su mujer, amenazaban con romper su delicado equilibrio psíquico. De nuevo, a fines de 1797 o principios de 1798 lo emplea contra una disentería; en esta oportunidad le ocurre la “visión memorable” que dió origen a Kubla Khan. Para 1800 su experiencia es suficiente como para hablar de “las delicias del opio” y, de 1801 en adelante, ya nunca dejará de tomarlo. Hacia 1803 es consciente de que nada podría hacer sin la droga, admite que es su esclavo y que debe tratar de abandonarla: “O dear God give me strength of Soul”. En 1808 realiza un desesperado intento por alejarse de ella violentamente; el resultado es el intenso sufrimiento que ocasiona la abstinencia repentina. Mas, no siempre la culpa atormentó a Coleridge con la misma fuerza, en no pocas ocasiones se burló de los consejos de sus amigos, los cuales advierten la severa transformación operada en el exquisito poeta de Christabel; Thomas de Quincey, otro explorador excepcional de esos “paraísos artificiales”, observa en él “una simple perplejidad y una dificultad evidente para hallar su posición entre las realidades del día”; Wordsworth, su compañero de las Lyrical Ballads y a quien dedicara su celebrada Biographia Literaria, lo halla incapaz de concluir cualquier obra de gran envergadura y, no sin tristeza, concluye afirmando que no cree que pueda abandonar la droga definitivamente. A principios de 1816 Coleridge accede a ir a vivir con un médico, el Dr. Gillman (“Es el ser más educado y de más amables maneras que jamás hubiese conocido”, confesaría éste más tarde); siguiendo sus indicaciones logra reducir las dosis, aunque nunca pudo dejarla por completo. Para 1834, año de su muerte, es ese “arcángel un poco estropeado” que impresionara a Charles Lamb. Por lo demás, Coleridge nunca tuvo la honestidad de reconocer, como lo hiciera De Quincey, la poderosa influencia ejercida por el opio en el desarrollo de su personalidad y actividad creadora; el opio fue la gran preocupación en la vida de De Quincey, en Coleridge, por el contrario, sólo fue un aspecto más de su complejísima personalidad. Tenazmente insistió en que nunca había utilizado la droga para proporcionarse algún placer sino, exclusivamente, para aliviar sus dolencias orgánicas. Un siglo después, como para desmentirlo, Artaud afirmaba: “No creo que haya sido para calmar un dolor de muelas que Samuel Taylor Coleridge tomó un día opio”).

Durante mucho tiempo existió la creencia de que lo mejor de la poesía de Coleridge, aquella escrita durante lo que se ha llamado el Annus Mirabilis, habría sido “catalizada” por la repetida ingesta de opio. Varias fechas, sin embargo, contradicen esta teoría romántica; quizás la más importante sea la de 1800, en la cual Coleridge se convierte en un adicto, es decir, más de dos años después del Annus Mirabilis. De las obras escritas en este período, que va de 1797 a 1798, sólo Kubla Khan puede, en su concepción, haber recibido la influencia de los efectos causados por el opio, todas las demás, Christabel, La Balada del Viejo Marinero, Tempestad a Medianoche, etc., hay que atribuirlas a la capacidad visionaria y al inmenso genio poético de Coleridge.

Kubla Kban, según declaración del propio poeta, le fue revelado en un sueño producido por la ingestión de cierta dosis de opio (“This fragment with a good deal more, not recoverable, composed in a sort of Reverie brought on by two grains of Opium … “); lo que en principio, en el sueño, fue un poema de 200 a 300 líneas, se vió, por infaustas circunstancias, reducido a los 54 versos de “composición admirable”) que se conservan. Si, como sostienen algunos, entre ellos J. L. Lowes en su Road of Xanadu, el poema, tal como lo conocemos se le ocurrió a Coleridge en el sueño, en un “tercer estado de inconsciencia” (Alerhea Hayter ) o, como concluye, luego de una implacable disección de todas las declaraciones de Coleridge al respecto, Norman Fruman en su reciente Coleridge, the damaged archangel, la redacción del texto es posterior a la experiencia de 1797 esto sería lo menos importante; Kubla Khan, inasible a las investigaciones de la crítica profesional, es, sin lugar a dudas, uno de los fragmentos más extraños y fascinantes de la poesía universal.

Así, más que estimular su capacidad creadora, el opio, en Coleridge, fue factor de abandono y disolución; tal vez debamos atribuirle la causa de su incapacidad para acabar muchas de sus obras esa “degradación e impotencia en el trabajo” que confesaba, amargamente, al Dr. Gillman. Queda, al final, La Balada del Viejo Marinero como una profética metáfora de su terrible destino, “ese viejo marino con la pipa agotada que recuerda un viejo crimen”, como señala Artaud.


Extraído de POESIA
No. 12 mayo-junio 1973

POESIA, revista bimestral de poesía y teoría poética editada por el
Departamento de Literatura de la U.C. Valencia / Venezuela